09 junio 2024

El “científico loco” en los orígenes de la CF latinoamericana. ¡Ahora sé lo que se siente ser Dios!


 

La temprana ciencia ficción se encuentra atravesada por tópicos que se repiten a lo largo y ancho de todo el subcontinente. Uno de ellos es la figura del científico experimentador, el científico-brujo o loco que se mueve a sus anchas entre las ciencias formales de la época y las ocultas.

 


             i. Introducción. Conceptualizando al “mad doctor”.

            Uno de los temas recurrentes en este cambio de siglo, hablo del s. XIX al s. XX, es la figura del científico loco, el científico experimentador,  el científico-brujo o loco, quizás un tanto extraño, el “mad doctor”, que juega con –entre- las ciencias ocultas como con las ciencias formales de la época. Forma parte del arquetipo literario de la época en la que este científico posee un conocimiento que no está en sintonía con el estado del arte para el momento en que se desarrolla la historia.

            En la antigüedad la mirada estaba puesta en los chamanes o curanderos que, merced a sus conocimientos ocultos, tenían un poder capaz de crear demonios, bestias u otros seres y se caracterizaban por su comportamiento un tanto excéntrico para el canon de la época.

            En la edad media asistimos al surgimiento del alquimista, una nueva disciplina científica, cuya principal capacidad era manipular la naturaleza para crear elementos como el oro. Acá también uno de los principales objetivos fue la creación de la vida.

Con la llegada del positivismo a las ciencias en el s. XIX y consecuentemente el advenimiento del método científico, su validación a través de pares y la epistemología, el campo de acción de los científicos-locos, los científicos-brujos se centró en la ciencia formal que vendría a ser la que desvelaría los secretos de la naturaleza, pero sin dejar de mirar hacia un costado, hacia las pseudo-ciencias, en una época en la que la delimitación entre ambas comenzaba a ser manifiesta pero que todavía tenía y gozaba de límites que eran un tanto difusos.

            Entonces surge el científico que tras los tubos de probeta, su delantal blanco, gruesas gafas y cabellos desordenados descubre algo que rompe con el estado de la ciencia al momento de desarrollarse la historia.

            La mejor forma de descubrir a este científico es a través de un identikit muy característico: gruesas gafas, falto de relaciones sociales, en particular no sabe relacionarse con el sexo opuesto, se cree por encima de los colegas que no lo comprenden, desmemoriado, distraído e introvertido, en definitiva, exageraciones de las características propias de cualquier científico. Asimismo suele gozar de la compañía de un asistente que lo acompaña en sus alocados proyectos sin oponer resistencias y que es poco favorecido por la naturaleza.

 

            ii. Como temática de la literatura.

             En definitiva, la temprana ciencia ficción no hizo más que tomar lo que tenía a mano y con todo este trasfondo histórico tenemos el caldo de cultivo para una incipiente literatura fantástica, una ciencia ficción tímida, que comienza a meter en sus historias la figura del científico que experimenta, que juega a caballo de las dos ciencias, la materialista, oficial, seria, que se enseña en las universidades y las ciencias ocultas o pseudo-científicas, la que se adquiere por medios non santos, ocultos y que conectan con otras dimensiones, tiempos o realidades.

            En ese entrecruzarse de ciencias veremos el uso, como herramienta para la construcción y sostén de los relatos, teorías de químicos, físicos, naturistas o fisiólogos como también psíquicos y ocultistas, astrólogos, telépatas, etc.

           

            La creación de vida.

Uno de los temas principales dentro de este tópico es el científico que crea vida. Dice Holmberg en “Horacio Kalibang o los autómatas”, uno de sus cuentos:

 


“¿Qué es el cerebro, sino una máquina, cuyos exquisitos resortes se mueven en virtud de impulsos mil y mil veces transformados? ¿Qué es el alma, sino el conjunto de esas funciones mecánicas?

           

Dentro de la literatura fantástica encontramos algunos autores como Holmberg,  Juana Gorritti, José Ingenieros, Justo López de Gomara, Carlos Monsalve y Horacio Quiroga, entre otros, que amalgaman ambos mundos en la figura del científico-brujo o el sabio-transgresor esotérico que busca transgredir los límites de la vida y la muerte.

            En ella el científico busca trascender los misterios de la vida y de la muerte para crear vida, ya sea humana o mecánica, mostrando lo monstruoso de la experimentación con la vida humana, aunque, por ejemplo, en Holmberg se busca poner de manifiesto la simulación como crítica social y la automatización de la vida cotidiana.

            La creación de vida, en particular la de autómatas y humanos artificiales, también fue una moda en este último cuarto de siglo, no siendo Horacio Kalibang el único autómata que dio la literatura. También tenemos, por  citar, las obras de Ricardo Rojas: “La psiquina” (1917), “Thanatopia”, de Rubén Darío (1893), “El Dr. Whuntz”, de Luis Varela (1880), “Dos cuerpos para un alma” de Eduarda Mansilla (1883), “La vida cerebral” de Justo López de Gomara (1886) o “El hombre artificial” de Quiroga, de 1910.

            En estas obras los científicos transgreden los límites de la física para erigirse en creadores de vida, como en Frankenstein. En todos estos relatos se nota el esfuerzo por poner de manifiesto lo macabro de la experimentación propiamente dicha en busca de esa “esencia” que nos da vida.

            En “Thanatopia”, de Rubén Darío, escrito hacia 1893, pero publicado póstumamente hacia 1925, el miedo a la muerte, la impotencia que se siente hacia ella o no saber qué hay después de ella es la temática para un cuento de vampiros en el que el personaje principal descubre que su padre es un nigromante que despierta a los muertos de su tumba y su madrastra un vampiro.

(Rubén Darío)



En “La psiquina”, de Ricardo Rojas, escrito en 1917, encontramos a un médico que busca la inmortalidad. El método es un tanto siniestro ya que se adelanta medio siglo al descubrir la “psiquina”, una droga química que altera la experiencia sensorial y que provoca la separación del cuerpo y del espíritu de quien la consume, logrando despertar brevemente a una persona que ha fallecido.

En “El homunculus”, del ítalo-argentino Pedro Angelici, de 1918, encontramos a un médico que, en búsqueda de la creación de la vida utilizando la radioactividad, halla una siniestra conclusión.

            En “El doctor Whüntz” de Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Varela), de 1880, nos topamos con un científico que, recluido en su gabinete y teniendo como único compañero al verdugo del pueblo que lo nutre de material, pasa su tiempo entre cadáveres y sus cerebros en busca de la huella del alma en el cuerpo humano.

            En “Mandinga”, de 1895, del autor Enrique E. Rivarola encontramos una extraña nouvelle donde el personaje principal es un científico, el Dr. Calderón, que se enamora de una muchacha que recibe en su residencia. Al tiempo y dudando de la fidelidad de su amada decide organizar una sesión espiritista, nada más oportuno. Lo cierto es que al cabo de un tiempo llega a la conclusión que su amada está poseída y que ha perdido el alma. Ciencia y religión terminan entrecruzándose.

          En “La vida cerebral”, de Justo López de Gomara (español que residió casi toda su vida en Argentina) y escrita en 1886. Justo López de Gomara formé parte de un grupo de telépatas porteños que se presentaban en hoteles y teatros haciendo demostraciones de sus poderes. Sin dudas un personaje extraño.



      En este relato, que data de 1886, nos presenta al Dr. Charcot, un  científico que es considerado como un brujo en la localidad en que reside. Este Dr. consigue hacerse con el cuerpo, mejor dicho, con la cabeza de un delincuente asesino que ha sido ejecutado. A  través de sus experimentos con la cabeza y una ingeniosa manera de hacer circular la sangre permite que esta cabeza decapitada siga viva. Los que llegaron hasta acá dirán: ¿Esto no lo leí en Lovecraft? ¿“Re-Animator” no es un film con esta temática?

En “El hombre artificial” de Horacio Quiroga, de 1910, en la que el hombre es una pila que almacena energía y esa energía la general el dolor. Dolor que experimentamos a lo largo de la vida. Argumento similar se encuentra en “Viola Scheronthia” de Leopoldo Lugones de 1898, sobre quien me explayaré más adelante.

           

Un viaje en el tiempo psíquico.

En este caso tenemos a un científico y su ayudante que tienen una experiencia temporal. Es la obra de Carlos Monsalve, de 1898, titulada: “De un mundo a otro”.

En este relato Monsalve fantasea con la idea de un contacto extraterrestre a través de un mensaje cifrado en sánscrito. El personaje principal, un científico algo loco, llamado Dr. Pánax, encuentra durante sus investigaciones en la India un objeto misterioso que guarda dentro de una urna. Junto con su ayudante, quien en primera persona relata lo acontecido, realizan un “banquete antediluviano” en donde comen carne prehistórica y vino de miles de años, todo enmarcado en un viaje en el tiempo un tanto metafísico.

 

El descubrimiento de otros mundos.

            Augusto  Emilio Zaluar, portugués nacionalizado brasileño, publica en 1875 una novela, quizás la primera obra de ciencia ficción del Brasil, titulada: “O Doutor Benignus”.



Esta novela va en sintonía con la temática ya que trabaja la idea o hipótesis científica de que coexisten otros mundos habitados. Zaluar narra las peripecias, inspirado en Julio Verne, del Dr. Benignus, un médico y científico amateur, y una comitiva, también de científicos, que recorre los montes de Minas Gerais y de Goiás en busca de indicios de extraterrestres. Asimismo observan y describen el cielo y los planetas. Al observar Marte, a través de su telescopio, Benignus identifica selvas y llega a la conclusión de que el planeta estaría habitado. Luego reconoce las manchas de la superficie del Sol y dice que su núcleo también podría estar habitado, pues no tendría la misma consistencia que su superficie.

           

Darwinismo y racismo.

    Dentro de la temática racista el darwinismo y las teorías raciales dieron bastante tema para tratar. A principios del s. XX aparecieron obras en las que el mono, entre otros animales, pariente ancestral del ser humano, es objeto de estudio y tortura por parte de pseudocientíficos que creen hallar un rasgo humano en unos pobres monos que sufrirán lo indecible.

    Esto se debe a que el discurso científico de la época, europeizante, positivista, biologicista, vino a desarrollar las ciencias biológicas y sociales con un proceso de de-subjetivación de la vida (humana y no humana) y su transformación en un objeto biológico. Me refiero a humanos y no humanos porque tanto monos como indígenas gozaban casi del mismo status biológico en base a índices cefálicos y otras comparaciones psicológicas y antropométricas, y en donde el indígena es una transición evolutiva entre el hombre y el mono.

     Así algunos autores, en especial argentinos, supieron retratar este pensamiento con obras de distinto valor. A saber:

    En “Yzur”, de 1906. La temática: El mono como sub-humano. Leopoldo Lugones relata cómo una persona compra un mono y arrogándose saberes cuasi científicos intenta enseñarle a hablar, obviamente con gran sufrimiento para la bestia, en la idea de que entiende el castellano pero no habla para que no lo hagan trabajar, otra de las características de los aborígenes, la haraganería.

     Este pseudo-científico lo somete a terribles vejaciones hasta que el mono muere diciendo en forma muy tosca: “AMO AGUA”.

    En “Historia del Estilcón”, de 1904. Horacio Quiroga nos trae un relato embarcado en la temática de la naturaleza melancólica, y por ende inutilidad, del aborigen.

    Un aficionado a la zoología, otra vez un científico amateur, compra un mono que en cautiverio se muestra melancólico y por ello lo compara con su sirviente, humano, que cuanto menos cumple las órdenes que le imparte, dándole valor a esta característica en función de la lógica productiva. Finalmente el mono torna en un ser violento y posteriormente muere en cautiverio.

    Unos años después el mismo autor publica “El mono ahorcado”, más precisamente en 1907. Allí Quiroga relata la vida del hijo de Estilcón, quien hereda las características del padre: melancólico y degenerado sexual. En definitiva, otro pervertido con título de científico amateur que hace sufrir a una bestia.

   Finalmente el mismo autor publica hacia 1909 “El mono que asesinó” en donde el mono termina asesinando a su amo profesor.



 Otro autor, Manuel María Oliver, en 1907 publica “La teoría de Darwin” en donde un filósofo merced a sus conocimientos en frenología comienza a estudiar un mono, o lo que cree que es un ser que se encuentra en la transición entre un humano y un simio.

      Eduardo Holmberg en “Dos partidos en lucha”, una de sus novelas, relata una disputa científica en donde critica abiertamente las aberraciones de los experimentos científicos con indígenas.

        

     

Algunas Conclusiones.

    La literatura, como cualquier rama de las artes, toma de la realidad circundante los elementos de los que se habrá de nutrir para la creación de las obras. En este caso el cambio de siglo trajo consigo el amasijo de ciencias formales y ocultas operadas por un actor que en tiempos venideros se consolidaría como un personaje de manual para la ciencia ficción.

   Como toda clasificación o descripción, esta es una muestra de lo que acontecía por aquella época en esta temática, pueden faltar, y de seguro será así, textos que no han entrado y pueden ser más importantes, sin embargo es sólo una aproximación a la temática.


Bibliografía.

Para un mejor conocimiento sobre la relación entre las ciencias formales y no formales: “Saberes desbordados Historias de diálogos entre conocimientos científicos y sentido común (Argentina, siglos XIX y XX)”, en:

https://publicaciones.ides.org.ar/sites/default/files/docs/2020/librosdelides-2018-caravaca-et-al_0.pdf.

La imaginación científica: Ciencias ocultas y literatura fantástica en el Buenos Aires de entre-siglos (1875-1910). Quereilhac, Soledad, en: 

http://repositorio.filo.uba.ar/handle/filodigital/1604.

Sobre el darwinismo y el racismo: “La periferia de lo humano: vínculos entre la producción científica del indígena y las representaciones literarias de monos antropoides, criminales, parlanchines y melancólicos”, de Nieva, Michel Emiliano. En: https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/123187.

Texto originalmente publicado el 5 de agosto de 2002 en: 

https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op02962.htm


02 abril 2024

Los remotos orígenes de la ciencia ficción en Latinoamérica. Por Felipe Bochatay


América tiene muchas peculiaridades, una de ellas es que en algún momento de la historia hubo un choque de civilizaciones. Antes de la colonización europea hubo una cultura indígena, con una cosmovisión propia y con una vasta tradición oral, fueron entre otros los Incas, Aztecas y Mayas las civilizaciones más representativas.

    Por ello antes nos referimos a los relatos de tradición oral, y con ello conocimos el cuento EL JOVEN QUE SUBIÓ AL CIELO de la cultura inca.



Ahora toca hacer un raconto con las primeras obras de ficción que se produjeron en la América latina post descubrimiento formal en 1492. Me refiero a esas obras teñidas de religiosidad, hechas por hombres y mujeres religiosos y que a algunos le valió la hoguera o cuanto menos un largo proceso inquisitorial.

Para ubicarnos cronológicamente al hablar de proto ciencia-ficción latinoamericana debemos tener presente que estamos haciendo referencia a todas las obras previas o contemporáneas al FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO que Mary Shelley publicó en 1818. Tomo arbitrariamente esta fecha dado que algunos expertos en la materia ubican a esta obra como la fundadora de la ciencia-ficción.

Por tanto entendiendo que por proto ciencia-ficción encuadran todas las obras de ficción primitivas con algún atisbo de estilo narrativo de anticipación o ficción científica o de la ciencia de la época.

No debemos olvidar que Hugo Gernsback, fue quien acuñó el término science-fiction recién en 1926 en su revista Amazing Stories, refiriéndose al tipo de historia de que iniciaron Julio VerneH. G. Wells y Edgar Allan Poe, a un relato romántico que aúna hechos científicos y una visión profética.

Sin embargo no olvidemos que la línea entre fantasía y ciencia-ficción siempre ha sido muy difusa y delgada y como toda clasificación goza de sesgos, es subjetiva y genera controversias. En este trabajo sólo la utilizamos por cuestiones expositivas, por ello no podemos establecer etapas claramente definidas.

Por tanto, al no tener una obra fundante clara y unánime, menos podemos hacer un corte para la Proto ciencia-ficción latinoamericana. Lo que sí podemos hacer es agrupar una serie de obras que por distintos criterios o características podríamos ubicar como proto ciencia-ficción y a otras, por su estructura, sus características narrativas, etc., ubicarlas dentro de una segunda etapa, la de los principios u orígenes propiamente dicha, desde mediados del S. XIX en adelante.

Así podemos definir o clasificar tres etapas relativamente marcadas que serían:

Una primera etapa, denominada proto ciencia-ficción, que ocupa los siglos XVI a principios del S. XIX.

Una segunda etapa, denominada inicios de la ciencia-ficción, que transcurre desde mediados del S. XIX a mediados del S. XX. Esta etapa contiene dos momentos, entre mediados del S. XIX y principios del S. XX ubicamos los orígenes y de ahí en adelante y hasta mediados del S. XX la etapa de consolidación del género.

Y finalmente una tercera, la llamada edad de oro de la ciencia-ficción desde 1960 en adelante.

Estaríamos haciendo referencia a una literatura situada más cercana a lo místico y religioso por sobre lo científico: en donde los textos se ubican más cerca de lo maravilloso (haciendo referencia a la magia, ángeles y demonios, fin del mundo y surgimiento del nuevo en América, etc.) que por sobre la ficción especulativa propiamente dicha (donde todo tiene una explicación racional, verosímil, lógica), pero que reúnen ciertos elementos.

Asimismo no se puede hablar de una tradición local propiamente dicha dado que los autores siguieron en gran parte a los escritores y convenciones literarias europeas, pese a desarrollarlas en escenarios locales.

Las primeras estuvieron teñidas de misticismo religioso y las más tardías, ya hacia el S. XVIII, ya fueron más empapadas de los modismos y nuevas ciencias europeas, como por ejemplo el desarrollo del telescopio, etc.

Y acá podemos abrir un paréntesis dado que las discusiones acerca del surgimiento de la ciencia-ficción latinoamericana está teñida por algunas discusiones acerca de cómo puede hacer ciencia-ficción si no hay ciencia, tengamos en cuenta que si se acepta que el método científico caracteriza al género y se supone que este método se consolida entre fines del S. XVIII e inicios del S. XX, tendremos un marco temporal muy restringido.

Con Rivas, en 1773, se produce el divorcio del pensamiento escolástico y al uso de la fábula. Dado que en América, básicamente la cultura o el pensamiento estaba en los conventos, en los claustros conventuales en donde se escribía y leía (el resto de la sociedad no lo hacía), y esta es una diferencia con Europa en donde el pensamiento liberal por así llamarlo se encontraba en VoltaireKepler, los pensadores políticos, contractualistas, moralistas y/o filósofos que si bien recibían protección de los monarcas, iban libres de ir de reino en reino.

En América el pensamiento pasaba por la Iglesia y era la Iglesia misma la que censuraba. Como ejemplo podemos citar a sor Juana Ines de la CruzVieira, entre otros, en donde encontramos todos textos bañados por las reflexiones utópicas-filosóficas, más intimistas y relacionadas directamente con la religión, aunque en contacto con los intelectuales de Europa y sus obras.

La leyenda negra sostiene que el imperio español mantuvo en la ignorancia a sus colonias americanas, permitiendo solamente el tráfico de libros religiosos, sin embargo esto es fácilmente contrastable con los registros de libros, de todos los temas, incluso de los prohibidos por la Iglesia, que llevaban los mercaderes al Nuevo Mundo desde el siglo XVI. Por lo tanto no es casualidad que, pese a la creencia popular, los contactos entre América y Europa en materia cultural eran fluidos.

Por otro lado la proto ciencia-ficción latinoamericana no bebió exclusivamente de la tradición literaria anglosajona, sino que observa la revolución industrial y científica de la Ilustración, como así también la religión en un primer término pero como objeto de crítica.

A modo de ejemplo podemos mencionar algunas obras de esta época que denominamos proto ciencia-ficción:

En 1575. DECLARACIÓN DEL APOCALÍPSIS de Francisco de la Cruz. El género Apologético merece un artículo para sí solo, cosa que haré en breve. Acá solo podemos adelantar que la obra de Francisco de la Cruz es un texto que escribió mientras estuvo encarcelado. El tema: la caída de la Iglesia de Roma y el surgimiento de una nueva Iglesia en América.

De 1604. EL SERMÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE LIMA de Francisco Solano.

De 1659. HISTORIA DO FUTURO: PROFETISMO MILENARISTA del jesuita Antonio Viera. Este es un libro que fue iniciado en 1649, y estaba proyectada para ocupar siete libros y tratar de 59 cuestiones. Sin embargo, nunca llegó a acabarse. De temática utópica, revive el mito sebastianino en plena Guerra de Restauración Portuguesa, poniendo en línea sucesoria de los asirios, persas, griegos y romanos en la hegemonía del mundo. Así Vieira ve a Portugal como futuro líder mundial, y pronostica la futura conversión universal de herejes e infieles. La obra fue publicada hacia 1718 y bien podría decirse que es la primera obra de ficción o ciencia-ficción escrita en portugués.

En 1680 se conoce el poema LA OCTAVA MARAVILLA de Francisco de Castro, cuya obra se encarga de celebrar el milagro de la aparición de la virgen para poner de manifiesto la grandeza de la rosa mexicana, de la virgen morena, es decir, la octava Maravilla. Puede ser que esta sea la primera obra que reconoce la belleza de la raza indígena mediante la expresión de un profundo amor hacia su protectora.

En 1685 tenemos PRIMERO SUEÑO, de Sor Juana Inés de la Cruz. Se trata de un texto filosófico que aborda el tópico del viaje del alma durante el sueño, en una estructura tripartita: el dormir, el viaje y el despertar.

En 1774 conocemos LA CALIFORNIADA, un poema de José Mariano de Iturriaga. En 1740 la Compañía de Jesús celebró el Segundo Centenario de su constitución. Para la ocasión, los superiores del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de la Ciudad de México encargaron al padre José Mariano de Iturriaga, conocedor de la lengua latina, componer un poema latino que se representaría en los patios del Colegio. Fiel a la política de propaganda de la Compañía, Iturriaga escoge como tema central de su poema la evangelización de la Baja California.

En 1816 se conoce DELIRIO del cubano radicado en Argentina Antonio José Valdes, quien narra la llegada a Buenos Aires de dos gigantes con poderes mágicos, al estilo del MICROMEGAS de Voltaire, que transforman la ciudad hasta volverla superior a París o Londres.

Juan Egaña produce sus OFICIOS FILOSÓFICOS Y POÉTICOS EN LA QUINTA DE LAS DELICIAS en 1829, aunque fue publicado en Londres, reúne tres escritos diferentes: los diálogos, CONVERSACIONES FILOSÓFICAS; el melodrama, AL AMOR VENCE EL DEBERY los poemas, POESÍAS FUGITIVAS. Lo novedoso es que en las CONVERSACIONES FILOSÓFICAS analiza los problemas de su tiempo usando un futuro imaginado como una crítica social al presente.

Hacia 1839, el BOSQUEJO DE LA EUROPA Y DE LA AMÉRICA EN 1900, de fray Vicente Solano. En esta obra describe que Europa será absorbida por Rusia, y América por los Estados Unidos del Norte.

Sin embargo, la obra de mayor envergadura y que por sus características se puede considerar la primera obra realmente literaria y ficcional, es la de SIZIGIAS Y CUADRATURAS LUNARES del fraile Manuel Antonio de Rivas, redactado hacia el año 1773, en lo que hoy es México y que gracias al proceso que le lleva adelante la Santa Inquisición ahora lo conocemos puesto que el único manuscrito que se conserva de la obra es un cuadernillo que se encontró glosado al expediente que le llevara adelante La Santa Inquisición en territorio americano dos años después de su creación.

Artículo originalmente publicado en: https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op02918.htm


31 marzo 2024

Hacia los orígenes de la Ciencia Ficción en Latinoamerica (Siglos XIX y XX). Felipe Bochatay.


 

Introducción.

En la entrada anterior nos quedamos en los albores del s. XIX. Pues bien, ahora vamos a adentrarnos de pleno en el s. XIX, el siglo de las grandes revoluciones, pero antes de comenzar a desarrollar las obras que traigo, tenemos que hacer referencia acerca de la evolución histórica del subcontinente para ponernos un tanto en contexto:

En América, hacia comienzos del s. XIX y hasta el año 1825, aproximadamente, se producen las luchas de independencia con la metrópoli y, a posteriori, el sangriento proceso de organización interna que tuvo luchas internas y un largo devenir que concluyó, hacia el último cuarto del siglo XIX, con la  constitución de los Estado naciones medianamente constituidas hacia adentro, cada una con su propia realidad. Tenemos lo que en ciencia política se denomina la “Formación de los estados nacionales”. Esto vamos a ver que va a influir en los distintos procesos de creación ficcional dado que las luchas fratricidas impidieron el normal desarrollo de las artes y de la vida productiva en general.

Si recordamos en la entrada anterior habíamos hecho una separación, arbitraria, aunque más o menos aceptada por la literatura especializada y a los solos fines expositivos, en donde ubicamos:

            Una proto-Ciencia Ficción, entre los siglos XVI y XVIII.

            A posteriori los inicios de la Ciencia Ficción propiamente dicha, en donde podemos subdividirla en dos etapas, a saber, los principios, o inicios, entre Mediados del s. XIX y el año 1900, etapa que se emparenta con los tiempos europeos: desde 1818 con “Frankenstein” hasta el año 1898 con “La Guerra de los mundos” de H. G. Wells y, dentro de estos inicios, una segunda etapa de consolidación de la Ciencia Ficción como género, entre 1900 y 1940, en donde podemos marcar acá un hito, el de Borges y su prólogo a Adolfo Bioy Casares en “La invención de Morel”, en que comienza una época de Transición hacia la tercera etapa denominada “Edad de oro de la Ciencia Ficción latinoamericana”, y que se extendería hasta bien entrados los '70 del siglo pasado.

Cubrir la proliferación de autores a lo largo de toda latinoamericana es imposible, por lo que en sucesivas entregas se irán presentando a los mayores exponentes de esta época.

En resumen, con esto quiero decir que la Ciencia Ficción llegó a todos los puntos de América Latina, algunos más antes que otros, pero en todas las regiones se desarrollaron con su propia impronta.

 

Algunos de los mayores exponentes.

A mero título ejemplificador: En 1816 se publica el cuento “Delirio” de Antonio José Valdes, cubano radicado en Argentina.

En 1829 Juan Egaña publica en Londres los “Oficios filosóficos y poéticos  en la Quinta de las Delicias, una obra que reúne tres escritos, entre ellos los diálogos “Conversaciones Filosóficas” en donde analiza los problemas de su tiempo usando el futuro imaginado como una crítica social de su presente.

Del año 1839 es la obra “Bosquejos de la Europa y de la América en 1900” de Fray Vicente Solano, Teólogo, orador, polemista y escritor ecuatoriano nacido en 1791. Además de escritor ficcional, también fue un prolífico escritor en periódicos donde publico interesantes artículos relacionados con la Entomología, Botánica, Geología, Meteorología y otras ciencias naturales. En su célebre opúsculo “Bosquejo de la Europa y de la América en 1900”, opina que la Europa será absorvida por la Rusia, y la América por los Estados Unidos del Norte.

En 1861, el venezolano Juan Vicente Camacho publica “Confesión auténtica de un ahorcado resucitado” en donde un grupo de cirujanos y filósofos traen a la vida a un hombre muerto para que cuente un secreto del pasado.

En 1872 Alejandro Tapia y Rivera publica en Puerto Rico la novela: “Póstumo el transmigrado”, en donde se relata la historia de un hombre que resucitó en el cuerpo de su enemigo. Dueño de una prosa simple, humorística e ingeniosa nos presenta al personaje principal, Póstumo  y la doctrina que sustenta la historia, la metempsicosis. La muerte y la vida y el transcurrir del tiempo llevarán el hilo de la historia en la que se presenta con toda certeza el mito de la reencarnación y las leyes naturales que gobiernan ese universo desarrollado con soltura a través de la acción de la novela y de los diálogos de los personajes, sobre todo de Póstumo.

En 1875 se publica “Historia de un muerto” del cubano Francisco Calcagno, este autor hispano-cubano fue hijo de médico, y aunque él se dedicó a la literatura y el periodismo, fue siempre un materialista convencido que utilizó la imprenta para divulgar sus ideas. Nació en 1827, cuando la isla era una provincia española, y murió cuando ya era una república independiente. A raíz de la posibilidad de que Cuba terminara siendo invadida por Estados Unidos, se exilió en Barcelona, donde publicó una segunda edición en el año 1898. Esta es una extraña obra literaria donde, desde la perspectiva del cadáver, nos va contando todo el proceso de descomposición post-mortem, propio de un tanatólogo, con todo lujo de detalles: "La religión pretende decirnos á donde va el alma; la química, hasta donde puede, nos revela en su árido lenguaje lo que se hace de la materia; el asunto es digno de pluma más idónea, y por eso nos sorprende que antes no se haya tratado de vulgarizarlo...". La característica particular del texto es que combina la prosa con el verso rimado.

Asimismo, del mismo autor tenemos “En busca del eslabón. Historia de monos”, novela publicada en el año 1888, que relata una expedición muy al estilo Julio Verne, donde un grupo científicos inicia la búsqueda del famoso “eslabón perdido darwiniano”. La obra a través de sus personajes refleja los problemas raciales de la época. Lo importante de esta obra es que Calcagcano deja atrás la novela cubana el quitrín y el abanico y sale a recorrer el mundo en busca de la ciencia y del origen del hombre.

En el año 1876,  Bernardino Torres Torrente publica “El ángel del bosque”.

Desde Chile nos llega en el año 1877 la obra “Desde Jupiter”, de Francisco Millares, novela en la que un chileno viaja a Júpiter y descubre los adelantos científicos y sociales en relación a la Tierra, todo desde una perspectiva positivista.

            El afamado escritor nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) publica, hacia el año 1896, en el diario “La Nación” de Buenos Aires, Argentina, su poco conocido relato fantástico “Verónica. Declarado admirador del norteamericano E. A. Poe, “Verónica”, o “La extraña muerte de fray Pedro”, como se conocería en la publicación en Mundial Magazine de París en 1913,  se narra la vida de un fraile que, curioso e insaciable por saber, se obsesiona con la cámara fotográfica proporcionada por un misterioso ser, y trata de retratar el espíritu de Dios dado que, de acuerdo a los cánones románticos, es el religioso invadido por el espíritu demoníaco de la ciencia y la curiosidad que incurre en la herejía como culmen moralizante de sus pecados.

            El fraile ofrece desde el comienzo el aspecto físico propio del científico loco, como veremos más adelante en posterior entrega: Flaco, anguloso, nervioso, pálido, dividía sus horas del convento entre la oración, la disciplina y el laboratorio.

            Sin embargo no debemos considerar agotada la lista con este breve repaso. Dejamos para posteriores entregas las obras de los argentinos Eduardo Holmberg, Horacio Quiroga, Lugones, Juana Manuela Gorriti; el venezolano Garmendia, también Nuñez; de Ecuador a Pablo Palacio, de México a Amado Nervo, de Uruguay a Filisberto Hernandez, de Perú a Hector Velarde y Clemente Palma, de Colombia a José A. Silva y Bernardino Torres, y así podríamos seguir...

             Temáticas y sub-géneros.

            Dentro de las temáticas tratadas en esta época encontramos una explosión de ideas que abarca prácticamente todos los géneros y temáticas. Como una muestra podemos mencionar:

Dentro de las Distopías: el poema Futura”, de 1896, de José Asunción Silva. Una distopía política: “El problema” de 1899 del guatemalteco Soto Hall, una distopía ecológica: “La corriente del golfo”, cuento ucrónico de Juan Manuel Planas (1920) o “El fin de la raza” de Eduardo Herrera, de 1910.

También más adelante encontraremos Distopías Nucleares: “Lima en Picada” de Hector Velarde o “La rebelión de los átomos” de W. Llorens.

Apocalípticas: de Julio Garmendia, “La realidad circundante”, de 1927, o Felisberto Hernandez con “Acunamiento” de 1929, también “La caja fiscal en 1986”, publicada en 1886 de Acisclo Villarán.

Al poner en tela de juicio la idea de la existencia de Dios y lo trascendental, el Darwinismo hizo mella en algunos autores que se tradujeron en teorías racistas: “El porvenir de los gorilas”, de Javier Aubuet o “En busca del eslabón. Historia de monos” ya comentada. En Perú: “La última rubia”, de Clemente Palma. En Argentina caló hondo con “Viaje a través de la estirpe”, “Izur”, ambas de Leopoldo Lugones  y “El mono que asesinó”, de Horacio Quiroga.

Asimismo cuestiones relacionadas con el control de la natalidad y la reproducción  sexual, de la mano de ideas eugenesicas y del maltusianismo, surgieron  “Eugenia: Esbozo novelesco de costumbres futuras”, una novela del  escritor mexicano Eduardo Urzaiz, publicada en 1919. También encontramos “El regreso de Eva” del venezolano Federico León Madriz de 1933.

La creación de vida está presente con “El hombre artificial” de Horacio Quiroga, o con Eduardo Holmberg y quizás su obra más famosa: “Horacio Kalibang o los autómatas”, que trataré en posterior entrega.

La transculturación y el transhumanismo están también presentes dado que la representación del mundo aborigen se entrecruza con la modernidad, así tenemos “El monedero” de 1861 del mexicano Nicolás Pizarro Suarez. O “Neocentauro” o “Confidencias de un automovilista refinado” de 1929, donde se pone en evidencia la simbiosis de lo artificial con lo biológico.

Los mundos paralelos o interplanetarios también están presentes como en la afamada obraLa trama celeste” de Adolfo Bioy Casares o “Pesadilla drolática (impresiones de veinticuatro horas de fiebre)” de Carlos Bunge, de 1906.

Un caso particular es el paso del cometa Halley visitando nuestro planeta en 1910 como fenómeno en sí mismo. Este acontecimiento, que generó mucho miedo e inquietudes en todo el mundo sirvió como piedra de toque para que se produjeran algunas obras de valor en torno a este temática: “Apocaliptica” de 1883 y “El día trágico”, de 1910, ambas de Ricardo Palma. También “Febri-Morbo”, de 1898 de Enrique Albújar.

Semejanzas y diferencias con otros géneros. (¿una pura cuestión terminológica?)

Este siglo XIX que comienza con una explosión de obras y que termina con una cantidad de trabajos imposibles de documentar contienen una combinación de diferentes clasificaciones y/o definiciones que van desde la fantasía, la fanta-ciencia y el “realismo mágico”, la prima latinoamericana de la Ciencia Ficción.



El realismo mágico es un movimiento literario surgido en América Latina a mediados del siglo XX (entre las décadas del '60 y '70). En sus obras se representó lo fantástico, lo irreal y lo extraño de la manera más común y cotidiana posible. Puede catalogarse como un proceso dentro de las literaturas poscoloniales intentando conciliar la realidad de los colonizadores con la de los colonizados. Sin embargo es más que eso. El realismo mágico fue un estilo narrativo sumamente popular, de la mano de autores como Gabriel García Márquez y su “Cien años de soledad” (1967).

Características del realismo mágico

Son relatos contados con las estrategias del realismo, pero abordando anécdotas fantásticas, irreales o maravillosas, que se maneja con plena cotidianidad, sin sorprender a nadie, ni proveer explicaciones.

Sus relatos prefieren los escenarios pobres, marginales. Se utilizan mayormente descripciones sensoriales de la realidad. Abundan las rupturas de planos temporales. Ejemplos de ellos son: “La casa de los espíritus” de Isabel Allende, “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo o “Doña Flor y sus dos maridos”, de Jorge Amado.

 Peculiaridades de la Ciencia Ficción latinoamericana:

La Ciencia Ficción latinoamericana presenta algunas peculiaridades que la identifican y caracterizan con relación a la producción de la época norteamericana o europea:

* Publicaciones de cuentos en revistas y diarios con escasa publicación en formato de libro.

* Los autores publican con otros pseudónimos o con iniciales.

* Se considera todavía una actividad menor, de evasión, algo lúdico.

* Una de las características más importante es que entre estas obras está patente la ausencia significativa de datos empíricos científicos que sustenten la trama. Esto se debe, en definitiva el desapego a la validación científica de los hechos narrados, al contexto socio-económico en el que surgen las obras, marcados por la ausencia de un desarrollo económico equiparable al de las naciones centrales.

* Algunos teóricos le atribuyen un carácter “literario” a la Ciencia Ficción latinoamericana en contraposición a la Ciencia Ficción dura norteamericana en que predomina la parte científica, esta es autoreferencial, es decir, realista, porque refiere a una sociedad particular y específica ficcional que se propone la tarea de explicar el mundo. Los latinoamericanos, en cambio, se volcaron por el lado de lo fantástico, la imaginativa e inventiva en donde la oposición entre la realidad y la ficción desaparece, porque precisamente la categoría “fantástico” es hacer literatura, pero marginal, e influenciada por E.T.A. Hoffmann, Shelley o Poe; como es el caso de Holmberg, Quiroga y Pablo Palacio.

 


Aunque América Latina no se ha caracterizado por generar una ciencia ficción dura en un sentido clásico (es decir, en el sentido en que se lo entiende en el mundo de habla inglesa), aunque la reflexión en torno a las ciencias y a la tecnología ha estado presente desde sus inicios. Si en un primer momento fueron las ciencias médicas y un fuerte biologicismo lo que dominó la reflexión en consonancia con las búsquedas filosóficas del positivismo, la llegada del s. XX marcará un abandono del racionalismo en favor de las pseudociencias en el momento en que éstas se convierten objetos de consumo de la cultura de masas al perder su basamento epistemológico y experimental, como veremos más adelante. 

Finalmente podemos decir que el máximo exponente de esta primera época que se encabalga entre los dos siglos, a la luz de los estudios literarios, fue el argentino Eduardo Holmberg. Si bien puede ser posterior a otros autores, la importancia y fama que tuvo entre sus contemporáneos fue mayúscula comparada con otros de la época. 

Continuará... 

Texto original publicado en: https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op02943.htm


30 enero 2024

CUCARACHAS. Felipe Bochatay.

 


 


La vida en pareja suele ser, como en el mito de Sísifo, un largo y penoso peregrinar diario que, como si de una maldición se tratara, debe repetirse una y otra vez. Desconozco sobre la mitología griega, no sé si Sísifo lo hizo por toda la eternidad. En mi caso, no estoy dispuesta a tolerarlo. ¿Cómo luchar contra algo indeseable? Los cambios comienzan cuando se superan los miedos y los obstáculos, por eso hoy me vine con los chicos a lo de mamá.

Todo comenzó hace unos meses con algunos comentarios maliciosos que parecían conjurar malos augurios o aguardar el arribo de la miseria y la desesperación a mi vida. Por ejemplo, una compañera de la oficina dijo algo, que se ha perdido en las brumas del pasado, pero sé que logró hacerme sentir un ser sucio que se arrastra entre la basura.

Lo cierto es que comencé a sospechar que una tormenta, de esas negras, se estaba gestando a mí alrededor. Algo oscuro nacía, mientras me mantenía ignorante en los límites del ojo del huracán. Todos dejaron que haga el papel de la tonta.

Nuestro hogar se había llenado de malas energías. Podían captarse con solo oler el aire embotado al transponer el umbral de la puerta. Los vellos de la nuca se me erizaban, un estado de alerta latente se apoderaba de mí por algunos segundos que eran dolorosos y eternos.

La situación con mi marido ya venía mal. Desde hacía unos meses apenas nos dirigíamos la palabra y casi siempre dormíamos en camas separadas. Él, en el cuarto de los huéspedes y yo, en el nuestro. No puedo negar que aquello me generó más dolor que odio o resentimiento. Todo me recordaba a esa persona que creí, durante años, que era un ser amoroso y sensible. La persona que me acompañó durante los últimos quince años. Hoy lo pienso y no puedo creer haber dormido junto a él tanto tiempo. Supongo que fueron sus labios. Un néctar. Eso fue lo que me mantuvo ciega e incrédula, como protegida por un duro caparazón. Soy de las personas que, si no ven, no creen, y eso me suele jugar en contra. Esta situación es desesperante pues no puedo hacer nada contra mi cabeza, que juzga todo desde lo racional y tangible. Y yo creía en tantas cosas que parecían pertenecer a ese mundo racional y tangible. Quizás por eso los últimos acontecimientos parecen salidos de una pesadilla, no de mi realidad.

Él, por su parte, había tendido un manto de silencio sobre todas las cosas. Hace dos meses dejó de dirigirme la palabra, ni siquiera un “hola” o un “no”. Si bien estaba acostumbrada a esa forma de vivir, a sus prolongados silencios a la hora de la comida o cuando viajábamos en coche, la situación se había tornado absolutamente distinta. Y la noche en que tomé conocimiento de la denuncia que pesaba en su contra y la posterior demora en la Fiscalía, apenas atiné a soltar, a escupir, un “por qué” un tanto retórico.

Mi breve interrogatorio transcurrió en ese tono que da el saber que todo está perdido, que las respuestas son casi innecesarias, que se navegan los océanos de las grandes desilusiones. Él guardó silencio, agachó la cabeza y se encerró en el baño. Cuando salió, se dirigió al cuarto de huéspedes y allí se instaló. No volvió a nuestro cuarto. El beneficio de la duda había muerto en mí.

Como en una obra teatral mal montada, en ese momento comenzaron a llegar los mensajes a mi teléfono. “Al degenerado de tu marido le vamos a cortar las bolas, que atienda su celular”.

Estallé en una ira incontenible. Lo golpeé, arañé, escupí. Él se mantuvo imperturbable, duro, como el caparazón que supo contenerme y que ahora era su fortaleza. Eso me sacó de quicio, y grité más incoherencias. Él farfulló algo, pero no recuerdo qué.

Cuando alcé la mirada para volver a atacar me vi obligada a retroceder como en una película puesta en retroceso ante los ojos acechantes, cubiertos por llamas tan frías que me estremecieron. Esos ojos, poseedores de un frío de acero, pero a la vez de un fuego siniestro y desconcertante, se posaron en mí. Y sentí miedo. Un miedo que jamás había sentido correr por mí. Un miedo que caló en mis venas, mis músculos y tendones. Sentí flaquear mis piernas y convulsionar mi cuerpo. Ese, eso, no era mi marido. Con el aliento contenido, retrocedí uno y luego dos pasos, y acabé corriendo hasta mi dormitorio donde me encerré con llave. Gracias a Dios los niños estaban en la casa de mi mamá.

Con el paso de los días llegué a la conclusión de que su capacidad de abstracción era soberbia. Nunca vi nada igual. Deambulaba por el interior de nuestra casa y yo sentía que él era un ser siniestro, ajeno, lejano, vil, un desconocido a mis ojos. Él no parecía percatarse de mi presencia, lo que me resultaba sumamente irritante y, para él, una batalla ganada.

La situación comenzó a complicarse cuando surgió, un par de semanas luego de la denuncia penal, un problema doméstico que me acobardó y me superó, quizás por mi estado mental en crisis. Cucarachas. Cucarachas en la casa. Un enjambre se apoderó de cada uno de los ambientes. Sin previo aviso comenzaron a rondar de un lado para otro, llevando y trayendo su inmundicia. Tuve que hacer frente en soledad al acontecimiento, pues él, entre sus apariciones esporádicas y su mutismo, me obligó a tomar control de muchas cosas que antes le delegaba.

Dirán por qué no te fuiste en ese momento o lo echaste a patadas el mismo día que lo demoraron en la comisaría. Parece fácil. Creen que soy testaruda, ¿no? Es que son muchos años en pareja, tengo un trabajo de media jornada, mis ingresos no me permiten vivir sola y… sé que él me va a hacer la vida imposible. Hasta verme destruida no parará. Por otro lado, la rutina diaria no me dejaba pensar demasiado. En fin, soy una estúpida.

Volviendo al momento de la aparición del tema “cucarachas”, como por arte de magia, una enorme mancha de humedad hizo caer parte del cielorraso del comedor. Todavía no comprendo cómo pudo caerse el yeso del techo de un día para el otro. Pero sé que fueron ellas.

No, no estoy loca. Las cucarachas son bichos odiosos, me dan un asco indescriptible. Y más asco me da el crujido que hacen cuando las piso. Sin embargo, la satisfacción superó al asco, al acabar de a una con ellas. Seres sucios del demonio.

Por más que busqué y di vueltas la casa, no podía atinar a descubrir de dónde emergían, cuál era su guarida. Eché veneno dentro de la cámara séptica, que no tenía ni un habitante de esa especie, ni otra. No las había detrás de la alacena, ni dentro de los viejos muebles de fórmica que, sobra decir, hace años deberían estar en la calle aguardando por algún carro que se los lleve. El aserrín que contiene ese tipo de muebles suele ser un lugar propicio para ellas, pero no venían de allí. Con la llegada de la mañana parecía que el sol las espantaba, se escurrían por cualquier espacio que pudiera cobijarlas y desaparecían de este universo.

Una noche, caminando entre sueños hacia la cocina para beber un vaso de agua, pisé unas con el pie desnudo. De inmediato una sensación de bochorno y parálisis se apoderó de mi cuerpo. Se deslizaban por el pasillo que conecta los dormitorios. Mi marido, a quien escuchaba roncar desde su habitación pese a estar la puerta cerrada, nunca se percató de la invasión. Al momento de comenzar mi faena, corrieron de un lado a otro, como asustadas, tal vez lograban percibir mi odio visceral o mis ansias asesinas. Sus antenitas se movían y hasta parecía que con las patas delanteras se comunicaban en un idioma que desconozco. Quizás este último detalle se debía a mi mente adormilada y a mi desesperación fóbica.

Como ese hijo de puta seguía durmiendo pese a mis gritos, acabé sola con las mal nacidas. Todas murieron por mis pisotones. Luego me bañé, pues el asco se apoderó de mí como un escozor que subió desde las plantas de mis pies hasta las caderas y desde allí hasta los hombros, el cuello y lo más alto de mi cráneo. Al darme cuenta de la hazaña que había realizado, lloré bajo la ducha, no sé si por la rabia, la impotencia o todo junto.

Anoche volvió a ocurrir. Y exploté en un estado de ira incontenible. Fue un odio mucho más manifiesto que las noches anteriores. En vez de enfrentarme al enjambre de pestilencia, abrí la puerta del cuarto de huéspedes.

Tendido en su lecho, y en un profundo sueño, se encontraba mi marido, tan blanco como la nieve. De su boca abierta brotaban a borbotones miles y miles de cucarachas que abandonaban su cuerpo para tomar posiciones en la casa.

El hombre que ya no puede estar solo y consigo mismo. Felipe Bochatay.

  «Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo, solos, en una habitación».  Blaise Pascal. H...