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17 agosto 2026

El hombre que ya no puede estar solo y consigo mismo. Felipe Bochatay.

 



«Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo, solos, en una habitación». 
Blaise Pascal.


Hace unos años tomé la decisión de desayunar sin ver tele ni escuchar radio. Sin embargo, de un tiempo a la fecha esos momentos de la mañana me enfrentan a una dura prueba: qué hacer mientras bebo un café. ¿Solo beber el café? Es imposible. Durante esos minutos me enfrento a una carencia de distracción que mi cuerpo pide constantemente. Mis dedos tamborilean sobre el pocillo sin saber bien qué hacer.

Blaise Pascal, autor de la frase que encabeza este ensayo, fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XVII. Supo combinar la investigación científica con una profunda reflexión acerca de la condición humana. Eran épocas en las que, intuyo, la gente disponía de tiempo para sentarse a solas a mirar el techo y meditar, posiblemente porque en ese tiempo las obligaciones diarias de las redes sociales y el scroll infinito no los perjudicaban.

En su obra Pensamientos, a la que pertenece la frase, Pascal abordó, desde un punto de vista filosófico, algunas cuestiones esenciales tales como la fragilidad del ser humano, el sufrimiento o la búsqueda permanente y constante de distracción que lo aleje de un pensamiento profundo.

Por cierto, pocas frases de la historia de la filosofía han envejecido tan bien como esta observación. Escrita hace cuatrocientos años, mucho antes de la electricidad, que Internet y los smartphones, parece describir con precisión una escena cotidiana de nuestro tiempo: alguien que espera unos segundos en una fila, viaja en un ascensor o permanece sentado en un banco. Antes de que el silencio alcance a desplegarse colosal y ominoso, la mano busca automáticamente el teléfono. A menudo lo percibo, concedan diez segundos de silencio a dos personas que conversan y vean qué sucede. Surge una especie de horror vacui, no a los espacios vacíos sino al silencio o al reposo prolongado; un miedo atroz y la necesidad de escapar de la urgencia por unos minutos y, en definitiva, a quedarse a solas con uno mismo. Piénsese también en los niños, que se declaran en perpetuo estado de aburrimiento al minuto exacto de verse despojados de una pantalla.

Quizá el mayor acierto de Pascal consista en haber comprendido que el problema era interior, que es el ruido que nace de dentro del hombre el que nos da terror. Por eso buscamos incesantemente distracciones, el ruido de afuera, supongo que para escapar de nosotros mismos. Y es que hay una pregunta que atraviesa la historia del pensamiento occidental y que, sin embargo, parece haber adquirido una urgencia particular en nuestro tiempo: ¿qué sucede con el ser humano cuando pierde la capacidad de habitar su propia interioridad, de encontrarse a solas consigo mismo y sus pensamientos?

            No se trata de una cuestión psicológica de manual ni de una invitación mística a la introspección. Se trata mejor de la sospecha de que la civilización moderna, en su incesante impulso hacia la acción, la técnica y la productividad, ha ido vaciando ese espacio interior desde el cual el hombre piensa, duda, contempla y otorga sentido a su existencia.

A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI tuvimos, y tenemos, pensadores que, separados en todo caso por tradiciones filosóficas muy diferentes, convergen con sorpresa en este diagnóstico.

Emil Cioran, Ernesto Sábato y Byung-Chul Han, solo por citar algunos que he leído, describen, cada uno desde su propio horizonte, el mismo proceso que podríamos resumir en «empobrecimiento espiritual». Sus respuestas difieren porque ubican sus causas en remotos páramos. Sin embargo, estos tres parecen advertir que el hombre contemporáneo vive cada vez más hacia afuera y menos hacia adentro. Quizá ese sea el verdadero drama de la modernidad.

   Por ejemplo, en La caída en el tiempo, ensayo publicado en 1964, Emil Cioran construye, desde lo más potente del nihilismo, una de las críticas más penetrantes y demoledoras de la condición moderna. El hombre civilizado ha caído en el tiempo, dice. Esta es la tragedia de nuestra existencia. El ser humano, incapaz de detenerse y sometido al deseo, tanto como al tiempo y a la acción, aparece como un ser gobernado por una hiperactividad manifiesta. De esta forma trabaja, organiza, transforma el mundo, produce ideas, tecnologías, revoluciones y sistemas filosóficos con tal de no soportar el vacío. Toda su existencia parece orientada hacia la acción frente a la incapacidad para soportar el vacío.

Cioran sospecha que esa actividad permanente expresa un puro miedo al silencio, pues de ese modo el hombre moderno se enfrenta consigo mismo; de hecho, necesita hacer porque no soporta ser. La acción constituye una forma de evasión y en última instancia, su anestesia. El trabajo, la política, la historia e incluso el progreso son estrategias para evitar el encuentro con una conciencia que descubre su propia fragilidad.

Esta idea posee una profundidad que excede cualquier crítica social. Para Cioran, el problema no nace con la Revolución Industrial, ni con el capitalismo. Es mucho más antiguo. Comienza con aquello que interpreta como la verdadera caída del hombre: el surgimiento de la conciencia cuando fuimos expulsados del Paraíso.

Pero esta elección de la conciencia Cioran la ubica en un plano metafísico, en un hipotético estado de naturaleza, más precisamente al reinterpretar el relato bíblico del Génesis y la expulsión del paraíso.

Mientras el animal vive reconciliado con el instante, el hombre habita el tiempo dado que recordamos, proyectamos y tememos. Desde ese momento quedamos condenados a buscar fuera de nosotros lo que ya no encontramos dentro. La hiperactividad de nuestra era acaba siendo el síntoma de esa herida antigua y metafísica.

Una década antes que Cioran formulara esta idea, el argentino Ernesto Sábato, en Hombres y engranajes (1951), advierte que la civilización técnica ha comenzado a transformar al hombre según el modelo de la máquina dando lugar a que los criterios propios de la técnica —eficiencia, velocidad, rendimiento, utilidad— terminan colonizando la totalidad de la experiencia humana.

Sábato percibió que el individuo comenzaba a definirse por su función antes que por su misterio. Poco a poco desaparecían la contemplación, la lentitud, el ocio creador. Todo debía justificarse por su utilidad y así el hombre dejó de ser un fin para convertirse en un instrumento.

En este punto, Sábato establece un puente extraordinario entre Cioran y Han. Comparte con el primero la preocupación por la pérdida del mundo interior y anticipa en el segundo la crítica a una civilización organizada alrededor del rendimiento y el tecnologicismo. Sin embargo, introduce un elemento profundamente humanista. A diferencia de Cioran, que contempla la tragedia con un pesimismo casi absoluto y no en vano es el nihilista del siglo XX por excelencia, Sábato todavía cree posible rescatar ciertos espacios de resistencia.

No debemos olvidar que su última obra literaria, publicada a sus 89 años, es precisamente La resistencia (2000), un testamento espiritual y una advertencia urgente sobre los peligros que acechan a la condición humana en esta sociedad moderna, o mejor dicho, posmoderna o de la modernidad tardía, según el sociólogo al que se adhiera. Para Sábato el arte, la literatura, el amor, la solidaridad y la imaginación conservan la capacidad de recordar que el hombre nunca puede reducirse a una función económica.

Más de medio siglo después, Byung-Chul Han parece describir el desenlace de un proceso que Sábato ya comenzaba a vislumbrar y poner de manifiesto, no en vano fue el prototipo de científico candidato al Nobel argentino. En La sociedad del cansancio (2010), el filósofo coreano sostiene que la lógica del neoliberalismo ha transformado radicalmente la relación del individuo consigo mismo. Ya no vivimos bajo una sociedad disciplinaria, organizada alrededor de prohibiciones y órdenes externas. Ahora cada sujeto se convierte en empresario de sí mismo, con ello quiero decir que el individuo cree actuar libremente cuando en realidad reproduce voluntariamente las exigencias del sistema. Estas exigencias le exigen una mejora constante, aprender nuevas habilidades, permanecer disponible, responder inmediatamente, cuidar su imagen, optimizar su cuerpo y convertir cada aspecto de su vida en un proyecto productivo que debe ser sometido al escrutinio fatal del likeo.

Incluso el descanso adquiere una función económica. La consecuencia inmediata no es únicamente el agotamiento físico, se refleja también en una forma inédita de vaciamiento interior, pues, regresando a la breve anécdota del comienzo, el sujeto contemporáneo rara vez permanece consigo mismo. Cada instante libre es inmediatamente ocupado, y debe ser ocupado, por una notificación, una pantalla, una tarea pendiente, un momento productivo, es decir, nuevas oportunidades de optimización.

Resulta tentador pensar que estos autores obedecen a una misma línea de pensamiento. Pueden tener contactos, no hay nada de malo en ello; lo cierto es que los traje porque abordan, desde distintos ángulos, el mismo problema o fenómeno: la pérdida de la interioridad o el miedo al silencio.

Existe una escena cotidiana que probablemente ninguno de los tres filósofos llegó a observar exactamente en la forma actual, pero que todos habrían comprendido de inmediato. A saber: una persona espera el ascensor durante veinte segundos y, en lugar de permanecer simplemente allí, extrae el teléfono móvil y revisa compulsivamente cualquier contenido disponible dentro de lo que es ese scroleo infinito. Lo importante es evitar esos pocos segundos de vacío. Ese gesto resume buena parte de nuestra época. El tiempo sin estímulos produce inquietud y la soledad se experimenta como una carencia, una carencia de productividad.

A esa persona atacada de «ansiedad», el mal del siglo XXI, Pascal le habría advertido que toda la desgracia humana provenía de no saber permanecer tranquilo en una habitación. Cioran habría agregado que esa incapacidad surgió con el nacimiento de la conciencia y Sábato habría observado cómo la técnica la convierte en hábito social y, por su parte, Han hubiera referido que el teléfono inteligente perfeccionó ese mecanismo hasta volverlo casi invisible (y nos hemos pasado de largo por los pensamientos de Foucault y la biopolítica).

Quizá el concepto que mejor une a estos pensadores sea la contemplación. Recuperar una relación distinta con el tiempo más allá de que, si nos apoyamos en Cioran, ya hemos sido expulsados del Paraíso, y sobre la leche derramada no se puede llorar, pero también es cierto que recuperar la demora o el considerar que tenemos derecho a estar aburridos son las formas de resistencia que Han refiere. Lo difícil es decírselo a nuestros hijos.

Vivimos en una época que multiplica las posibilidades de comunicación y, sin embargo, empobrece sigilosamente el diálogo interior, pese a la avalancha de gurúes y nuevas religiones y filosofías de vida que nos bombardean desde las redes. Nunca habíamos tenido tantos medios para expresarnos y quizá nunca habíamos encontrado tan pocas ocasiones para escucharnos.

La productividad se ha convertido en una virtud moral. Estar ocupado equivale a ser importante. En ese contexto, la interioridad aparece casi como un lujo improductivo.

Y acaso la forma más silenciosa de resistencia consista en recuperar aquello que la civilización del rendimiento considera inútil: el tiempo para pensar, para leer sin apuro (leer y no publicar que se ha leído), para contemplar (y no para postear fotos de lo contemplado), para amar (y no para hacer saber al mundo cuánto amamos a tal o cual), para crear (y no para convertirnos en obra de arte en las redes) y, sobre todo, para permanecer a solas con uno mismo sin sentir la necesidad inmediata de escapar o de publicar lo pensado o la transición mental.

Porque es allí, en ese espacio cada vez más raro y más frágil, donde todavía puede comenzar el verdadero conocimiento del hombre, en ese café a solas y sin miedo al silencio.

25 febrero 2023

La dictadura de la felicidad. Felipe Bochatay.

 


Últimamente se ha puesto de moda el modo imperativo en la vida cotidiana. Es casi una imposición social. No es un detalle menor que por donde uno vaya se encuentre o se tope con frases pegajosas en almohadones, tasas y pocillos, camisetas y muchas cosas más. Diviértete en tu trabajo, todo saldrá mejor!

 

            A qué me refiero cuando hablo del modo imperativo, pues al modo gramatical empleado para expresar deseos, mandatos y ruegos de cualquier tipo. Es decir, es un modo utilizado para que el receptor actúe de una forma deseada. De allí su nombre, imperativo, que proveniente del latín impero, que se traduce como “mandar o dar órdenes”. Evoluciona, explora, juega, sueña, crece!

 

No sería un detalle menor si la ciudad, o peor, la casa propia, no se vieran rodeadas de esta “dictadura de la felicidad” que al parecer ha encontrado en los decoradores un nuevo fetiche para el psicoanálisis. Vive, ama, ríe.

 

Como lector de E. Cioran tampoco pretendo que la gente deambule por los cementerios declamando a viva voz los silogismos de este peculiar filósofo. Por otro lado sería un tanto desconcertante ver en una camiseta el rostro del filósofo diciendo: “Mereces lo que sueñas”, en especial viniendo de alguien que tiene algunas frases al estilo: “No creo haber perdido una sola ocasión de estar triste. Mi vocación de hombre”.

 

El problema que noto es más profundo, al parecer no hay lugar para la tristeza en nuestra sociedad. Si estoy triste, ergo, soy un fracasado, un perdedor. Todo debe estar regido por los más altos estándares de felicidad, natural o auto-construida impuesta por una penetrante industria de la felicidad con sus recetas de autoayuda para lograr ese estado perpetuo de bienestar y felicidad que en verdad nunca llega. No sueñes con ser algo en la vida, ya eres todo!

 

Lo que es peor es esa imposición de parte de la sociedad, palanqueada por los medios, las redes sociales en particular, que imponen la necesidad de estar siempre bien, y que establece como algo negativo el estar mal. Deja de pensar en la vida, vívela!



 

Esta búsqueda de bienestar y felicidad debe ser permanente, es decir, nos pretende obligar a estar buscando incansablemente los estímulos necesarios para estar felices. Esto, no es necesario ponderarlo mucho, puede llevar a la gente a que se sienta terriblemente presionada por ser feliz. Así puede generarse un bucle en el que más ansias por hallar felicidad generan más presiones y por ende más estrés. Con todo a lo sumo la felicidad no es un estado en sí mismo sino un estado que puede darse o no. Hazlo hoy, hazlo ya.

 

Esto nos lleva a que la construcción de nuestra identidad se vea seriamente atacada ya que el hecho de ser humano incluye la posibilidad de ser infeliz, y eso no me hace menos humano, o eso es lo que desearía. Duerme menos y sueña más.

 

            El mercado impone la obligación de estar feliz. Un humano feliz consume, un humano no feliz posiblemente consuma menos o nada. Para colmo de males, por más que pasemos filtro a nuestras imágenes no dejamos de ser seres imperfectos, “con detalles de fábrica”, que es lo que nos hace humanos. Tú tienes el control.

 

            Por otro lado no hay que tener miedo a estar infelices. Es un estado natural del que se pueden sacar cosas buenas. Estar en el fondo del océano significa que has tocado fondo, pero también que más abajo no puedes ir. Es solo una etapa de nuestra vida en la que el miedo al miedo puede ser muy perjudicial. Sin acción no vas a ninguna parte.

 

            El tema no es inocente, el almohadoncillo tan bonito que reza: ama, ríe, etc, es parte del discurso de felicidad que vende la industria de la felicidad, del goce eterno. Torna así en un discurso individualista en el que “si quieres, puedes” frente al estado de alegría que se podría sentir en ámbitos compartidos, no individualistas. Esto es así porque la felicidad que vende el mercado dice que depende de uno mismo, de que solo tú puedes hacerlo. Persiste!

 

Por otro lado este tema de la felicidad desmesurada y a todo precio es relativamente nuevo. Está muy relacionado al surgimiento de los libros de auto ayuda que comenzaron a circular en EEUU en la segunda mitad del s. XX. En toda la historia de la humanidad no existe antes algo parecido. Continúa creciendo y evoluciona!

 

Ahora bien, hay un problema en el planteo. Estos gurús de la felicidad ofrecen modelos estándar, un solo modelo por libro. Pero por otro lado dicen que la felicidad depende solo de uno mismo, por ende es absolutamente individualista, es decir, entiendo que debe haber tantas recetas como personas compren esos libros. Y como ya dije, si depende de uno mismo, la responsabilidad recae en uno mismo, lo que genera la sensación de culpa si no logramos acceder a los altos estándares de felicidad que se prometen. Confía en tu intuición y en ti.

 

El negocio no para de crecer: se estima que se venden más de 20 millones de libros de autoayuda al año y en época de pandemia se dice que aumentaron las ventas en un 40%. Arriesga para ganar.

 

Una explicación válida para este fenómeno puede verse en las condiciones de vida modernas o mejor dicho de la modernidad líquida o posmoderna en la que al parecer si no te mueres de hambre, una dictadura feroz te masacra o una inundación se lleva puesto todo lo tuyo, el siguiente problema que debes afrontar si tienes techo y comida asegurada, es el de encontrarle un propósito a tu propia existencia. Si a ello le sumamos la crisis de las religiones tradicionales y un poquito de incertidumbre por el encierro pandémico y de angustia vital, la cena está servida. Conoce tus habilidades.

 

Por otro lado junto a estos grandes cambios culturales y socioeconómicos de este posmodernismo, modernidad líquida o modernidad tardía (elija el autor y término que le guste) una de las mayores causales de estrés son la creciente invasión del libre mercado en todos los ámbitos de la vida que provocan este creciente individualismo. Y como ya se ha dicho, la idea del progreso continuo e ininterrumpido del capitalismo llevado al discurso científico hace que se inventen soluciones mágicas envueltas en discursos científicos o seudocientíficos. Comparte y regala. Enamórate!

 

            Ya lo dijo John Stuart Mill, no vale la pena hacer de la felicidad la meta principal de toda nuestra vida porque ni sabíamos qué era la felicidad, ni dónde buscarla y porque cuanto más nos empeñáramos, más nos íbamos a frustrar persiguiéndola. Sin quererlo descubrió así la paradoja hedónica: cuando más uno se empeña en ser feliz, más está boicoteando su propia felicidad. Crea tu realidad.

 

En definitiva, que quise descargarme con la moda del modo imperativo y hasta acá llegué en esta tarde de domingo, demasiado tarde para algunas cosas y demasiado temprano para otras. Como dice la canción: solamente muero los domingos, y los lunes ya me siento bien. Equivocarte es necesario para crecer.

 

Quiero sentirme infeliz por un ratito con mi café dominical, es mi derecho, pero mi tasa me lo impide con su bonita frase… Haz todas las cosas…

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