08 julio 2026

El doble de Dostoievski y la existencia digital

 

En 1846, Fiódor Dostoievski publicó El doble, una de sus primeras novelas que, paradójicamente, contó con dos versiones, dado que en 1866 decidió reescribirla frente a las críticas negativas que tuvo la versión anterior. En ella se relata la progresiva desintegración psicológica del protagonista, Yákov Goliadkin, un retraído funcionario del Zar Nicolás I que enfrenta la aparición de un hombre idéntico a sí mismo, un doble, que comenzará a ocupar su lugar primero en la jerarquía burocrática y luego en la sociedad.

¿Puede enseñarnos algo un personaje de mediados del siglo XIX respecto a los problemas que enfrentamos con nuestra existencia digital? ¿Es posible jugar con la idea de que algunos de los conflictos que se suscitan entre el «yo real», el Goliadkin mayor, y el «yo digital», el Goliadkin menor, marcan un paralelo familiar para nosotros?

En este sentido, la obra de Dostoievski parece casi profética. Para ello, debemos detenernos en las consecuencias no deseadas de una modernidad que nos ha enfrentado a una existencia digital en la que el ser humano es reducido a mera información y obligado a la producción permanente, al decir de Byung-Chul Han, de tal manera que, tanto en la vida real como en el mundo digital, nos vemos finalmente arrojados a enfrentar un «yo real» en una competencia desigual ante un «yo digital» perfeccionado o más pulido.

En El doble este enfrentamiento lleva a Goliadkin a una espiral descendente de locura, ya que le resulta imposible estar a la altura de su doble. ¿Y no suena esto muy parecido al desdoblamiento de nuestra personalidad en las redes sociales? Veamos. En este primer cuarto del siglo XXI, una de las premisas fundamentales es que cada uno debe crear su imagen «ideal» en los entornos virtuales. En Volverse público, Boris Groys advierte que convertirse o autodiseñarse como una «obra» de esta naturaleza no solo provoca placer, sino también la preocupación de quedar sujeto de una manera radical a la mirada del otro. En ese sentido, hoy todos somos una obra (de arte) en las redes sociales.

Si buscamos otro paralelismo con el pobre Goliadkin, este también va a librar una batalla perdida de antemano contra su doble, mejor adaptado o más cercano a un ideario de perfección. En un pasaje de la novela, por ejemplo, el doble acaba apropiándose de un trabajo realizado por Goliadkin y aquel recibe los elogios frente a todos. Entonces el original cae en el ridículo al intentar explicar la jugada del doble. Sin embargo, este finge inocencia, se ríe y da palmaditas amistosas manipulando así las apariencias. En otra oportunidad, el doble se acerca al original y lo humilla ante sus camaradas, le toca el vientre, le habla en tono burlón, lo trata como a un loco. Así, con esos mínimos pero calculados gestos, va minando la posición social del Goliadkin original.

De esta forma, Dostoievski logra expresar a la perfección que el talento emocional y la capacidad para entender cómo funciona el mundo social del Goliadkin duplicado triunfan ante la rigidez emocional o las escasas armas sociales del Goliadkin original. En consonancia con esto, la construcción del «yo virtual» actual, producto de la exposición mediática, no produce más que personas artificiales pasadas por varios filtros, tanto estéticos como ideológicos, a través de la creación de narrativas públicas que no suelen condecirse con el «yo real».

Ingresar a Instagram, como en otras redes sociales, se transforma así en la experiencia de visitar un «valle inquietante», al decir de Agustín Berti en Imagen comdicional: Cálculo y percepción, dado que, en definitiva, en el mundo digital nuestros dobles aparecen performatizados, cubiertos por una pátina de belleza o pureza, y, en definitiva, más perfectos frente a las fallas y ansiedades del «yo real», que trabaja para su doble en busca de validación en likes y seguidores.

Bajo esta premisa, vamos a ver a Goliadkin sufrir un serio conflicto de identidad, dado que enfrenta un rival mejor que él, lo que a la postre le generará un problema de autojustificación. Frente a su incapacidad para moverse en la sociedad, su doble mostrará una adaptación social plena que va a contradecir al original. Y esto lo arrastrará a una pérdida progresiva de su identidad y del control sobre sí mismo, hasta sentirse «borrado».

Al igual que en nuestra existencia digital, la identidad que enfrenta Goliadkin se presenta bien estilizada y construida a la medida de un «yo virtual» situado en el medio de su jerarquía social. ¿Y acaso no es este el mismo principio de las identidades construidas para una «red social» en busca  de una distinción en la vida pública online? Esto no solamente protege nuestros cuerpos biológicos, al decir de Groys, sino que nos permite dar paso al nacimiento de otro ser que será, básicamente, solo para ser objeto de contemplación. Lo que, según Éric Sadin en La era del individuo tirano, nos lleva a un nuevo estado de naturaleza basado en la subjetividad de cada cual, que conduce a su vez a la autosuficiencia y el alejamiento del prójimo.

El impacto en la psicología individual o colectiva de estos procesos es relevante, por eso Goliadkin enferma cuando su doble se presenta en sociedad haciéndole trapisondas y dejándolo mal parado, de igual manera que, en nuestro caso, un doble en la sociedad digital muestra mejores atributos sociales y adquiere mayor éxito. En la novela, el doble va robando el lugar del original en el mundo, un mundo que todavía es analógico y concreto.

Entre todas las peripecias que sufre Goliadkin trasladadas a nuestro presente, la deshumanización, la ansiedad y la fragilidad psicológica, entre otras, son las consecuencias de la ventaja que da, en algunos casos, el anonimato o la simple y llana suplantación, que en la novela utiliza el doble para obtener ventajas frente al personaje real. Esto no hace otra cosa que redundar en la pérdida de control sobre el «yo virtual» y en la consecuente fragmentación del yo.

Así veremos a un Goliadkin timorato y carente de recursos de adaptabilidad social frente a su doble, un ser que goza de todos ellos para triunfar en su entorno. ¿No se parece demasiado, en nuestro caso, al ejercicio cotidiano de mostramos con una imagen de nosotros mismos «mejorada» para el mundo virtual?

Pero, ¿qué sucede cuando ese «yo real» no puede estar a la altura del «yo virtual»? Es el momento en que comenzamos a generar ansiedades por la búsqueda de esos likes y seguidores: el «yo digital» entra así en una constante re-edición de su vida, en lo que es una producción permanente y sin descanso de una identidad estilizada y que funciona como un segundo yo. En el caso de Goliadkin, este tratará por todos sus medios de ponerse a la altura de su doble, pero como ya lo adelanté, su batalla estará perdida de antemano. Entonces, ¿Cómo enfrentar la perfección de nuestro perfil público y salir indemnes?

Esa similitud insuficiente de seres parecidos a nosotros en las redes no es más que lo que sufre Goliadkin al enfrentar a su doble 2.0 sin los atributos de este. Dostoievski, fiel al psicologismo que confiere a sus personajes, acaba en El doble con la vida de un hombre totalmente desplazado, engullido por ese otro, por su doble victorioso. De esta forma, acabamos todos en lo que podríamos denominar el «valle inquietante», poblado de seres sumamente parecidos a nosotros pero más perfectos, más pulidos, más presentables y destacados que el «yo real».

A modo de conclusión, llegarán preguntas a modo de reflexiones. ¿Y si no somos más que desconocidos para nosotros mismos? ¿Y si al vernos frente a ese espejo que es el mundo digital tampoco logramos reconocernos? ¿No hay un temor a ser quienes realmente somos? Y, quizás mucho peor, ¿Cuánto miedo nos provoca lo que queremos pero no nos atrevemos a ser?

Artículo originalmente publicado en: Revista Tántalo Nro. 2 (https://revistatantalo.com/)


Reseña: Naturaleza muerta, de Emilio Bueso.



No siempre irse a vivir al campo escapando de la locura de la ciudad es una buena idea...

             Emilio Bueso (Castellón, España, 1974) es un escritor contemporáneo que sabe sortear con soltura géneros como el terror, las distopías o la ciencia ficción. Es ampliamente conocido en el medio español por narrar historias que sumergen al lector en ambientes de pesadilla, crear personajes creíbles o historias atrapantes. Cuenta con obras como Extraños eones, de 2014; Ahora intenta dormir, de 2015; o su trilogía de Los Ojos Bizcos del Sol, compuesta por Transcrepuscular (2017), Antisolar (2018) y Subsolar (2020). Reconociendo su filiación lovecraftiana, si así se puede adjetivar, en este caso nos presenta una novela escrita en primera persona de una mujer que ha tocado fondo en su vida y un poco de horrores tentaculares.

            A partir de ahora voy a hacer unos destripes por lo que si es tu intención leer la novela es necesario decir que llegues hasta acá. Hecho el correspondiente disclaimer continúo.

Claudia, una mujer fuerte, pero con serias debilidades y recién divorciada, enfrenta sus cuarenta años con serios problemas debido a la fibromialgia, consumos problemáticos, y algunos desarreglos en su vida. Harta de la vida urbana y todos sus pesares, liquida los ahorros en la compra de una finca en lo que entiendo son las marismas de Valencia, España. Cabe aclarar que no tiene un plan B. De inmediato surge la pregunta: ¿Qué puede salir mal?

            Con una psiquis débil producto del consumo excesivo de psicofármacos y un incipiente proceso de abstinencia, Claudia recurre a la finca, lo que el autor denomina una alquería, razón por la cual, de este lado del océano, tuve que recurrir al diccionario para saber de qué se trata (“Casa de labor, con finca agrícola, típica del Levante peninsular”), para hallar paz y salud, vamos, una cura para todas sus neuras por vía de la vida al aire libre y de forma natural. Sin embargo, a lo largo de la obra vamos a acompañar a esta “Clau”, una ingeniera bastante práctica, pero poco dada a las relaciones públicas, introducirse en un submundo que, al principio, parece idílico, pero que de a poco comienza a conocer a sus vecinos para descubrir que no son tan santos como parecen.

            Para colmo de males el gato que habita en la finca, Mao, el macho alfa de una colonia de gatos casi salvajes, o asilvestrados, destinados a controlar los ratones de campo, comienza a hablarle y a introducirla en las grandes verdades que rodean el lugar. Por otro lado, Alexa, la IA de su teléfono móvil, que a veces se le empaca, y un hermano a la distancia, son sus únicas anclas a la racionalidad.

            Así con su carácter complejo, propio de un sapo de otro pozo y una delibera abstinencia de psicofármacos, comienza a chocar con las reglas preestablecidas de la comunidad. Pese a ello logra hacer una amiga un tanto bizarra, pero eso no va a durar mucho. Lo que sí ganará serán enemigos, en particular un ruso todo tatuado que parece ser el líder de una pandilla de freaks rurales.

           Hablando de freaks, el desfile de raras avis creada por Bueso es más que interesante: por un lado, tenemos a Fermín, que es el típico vecino metido, el chusma. También está el musculoso que produce miel pero que no tiene nada en la cabeza. Mara, una mujer que se mofa de su obesidad mórbida y que sobrevive cuidando de un padre que parece estar senil, atentos a esto, y de la traducción de lenguas eslavas, pero también de la producción de licores y fumando marihuana. Por otro lado, está el conspiracionista, que juega a comparar las marismas y sus fuegos fatuos de las marismas con la explosión de Tunguska, a principios del siglo XX.

            Y por supuesto el antagonista de Clau, el ruso Serguéi, que parece ser un mafioso ruso de poca monta y tatuajes delictivos pero que, entre otras cosas, también se presenta ante la comunidad con aires de místico religioso.

            Este último ha llenado su casa de tecnología para controlar el vecindario, planta extraños espantapájaros en las fincas vecinas y arrea, como ya comenté, a un grupo de freaks de la pequeña comunidad.

            Pronto Claudia va a chocar con este hombre y su troupe, a la vez que comenzará a develar el misterio de la muerte del anterior propietario de la finca. Es en este momento donde el horror lovecraftiano hace su aparición con la presencia de sueños húmedos con un pez barroso, un siluro, que a la postre será el ser todopoderoso que guía a Serguéi en un extraño culto dedicado a un gusano que abre las profundidades de la tierra.

            Con una rapidez trepidante, pasando largamente la mitad de la novela, todo se precipita conjugándose el horror lovecraftiano, fenómenos meteorológicos, eventos físicos, un libro misterioso (que el ruso declama a Claudia) y varios giros impresionantes en los personajes.

            El clímax se alcanza con una gran tormenta, que parece estar escrita en un libro sagrado que Serguéi quiere recuperar de las manos de Clau y que amenaza con hacer estallar la zona merced a la presencia del metano reservado en las marismas.

 

“… hay muchos lugares como este en el mundo, desde siempre; agujeros a los que nos marchamos los juguetes rotos del sistema para vivir una vida de mierda en vez de matarnos compitiendo con los demás”.

 

            Eso no es todo, el ruso ha emplazado a Claudia (“Clau” en valenciano, y catalán, significa llave o clave) para que viva o muerta sea ella quien cierre el gran cambio que se avecina.

            Si bien los capítulos son breves, lo que le da velocidad a la trama relatando un día o noche en particular, a mí me costó, en algunos momentos, llevar adelante la lectura en primera persona de una mujer con bastante léxico local, sin embargo, luego de la presentación de los personajes y el planteamiento del conflicto la novela, como dije, gana velocidad a medida que avanza la obra.

Finalmente Claudia, con la ayuda de una musculosa vigiladora privada, se despacha a buena parte de los acólitos del ruso, y al ruso mismo en un dos por tres y a posteriori, en lo que parece un sueño, algo recurrente en la novela, que se me da bastante anticlimático, se produce un viaje físico a otra región del mundo y un nuevo comenzar, un poco como Serguéi, a conseguir seguidores de la secta del gran pez pese a la renuencia en un primer momento de Clau.

            El epílogo, debo reconocer, me descoloca un poco, pero no por ello debo negar que no pude dejar de leerla de un tirón. Podrá no gustar a algunos, pero si hay algo que conceder a Emilio Bueso es que no te dejará indiferente con esta obra. Muy recomendable.

Reseña originalmente publicada en Revista Tántalo Nro, 1 (https://revistatantalo.com/)




El doble de Dostoievski y la existencia digital

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