11 octubre 2026

Tres mesas hacia lo desconocido: una visita a RecoRol

 

Desde aproximadamente 2016, RecoRol convoca mensualmente en la Biblioteca Popular General Manuel Obligado de Reconquista a una comunidad de aficionados a los juegos de rol. En su edición especial de Halloween, la ciencia ficción, el horror lovecraftiano y la fantasía volvieron a encontrarse alrededor de una mesa.

El sábado 10 de octubre, la Biblioteca Popular General Manuel Obligado de Reconquista fue escenario de una nueva edición de RecoRol, el encuentro lúdico que reúne a aficionados a los juegos de rol, de mesa y de cartas coleccionables durante una tarde gris, ideal para pasar unas horas en un evento al que llegué cargado de interrogantes.

La convocatoria, ambientada esta vez en el espíritu de Halloween, ofrecía una oportunidad para acercarse a una comunidad que, aunque quizá no siempre ocupe el centro de la escena cultural, tiene mucho para contar.


Había por lo menos veinticinco jóvenes, de entre dieciséis y veinticinco años aproximadamente. De un lado de la sala, tres mesas de rol concentraban buena parte de la actividad, cada una con su propio universo y sus particulares invitaciones a la aventura. Del otro, varias mesas repletas de cartas completaban la escena.

Una de las mesas de rol se orientaba hacia la ciencia ficción y la locura: Mothership. Otra se internaba en los territorios del horror lovecraftiano: Cthulhu Dark, donde la razón humana se enfrenta a fuerzas que la exceden. La tercera se inclinaba hacia la fantasía: Numenera, ese territorio poblado de criaturas, hazañas y mundos que obedecen a leyes diferentes de las nuestras. En definitiva, tres mesas, tres maneras de imaginar lo desconocido.

La distribución tenía algo de pequeña cartografía de la ficción especulativa. La ciencia ficción proponía mirar hacia otros futuros; el universo lovecraftiano, asomarse a los abismos de lo incomprensible; la fantasía, habitar realidades donde lo imposible forma parte de lo cotidiano. Sin necesidad de grandes escenarios ni efectos especiales, cada mesa constituía una puerta de entrada a otra realidad, poblada de planillas, dados de muchos colores, personajes ensimismados en sus roles, algunos participantes ataviados con disfraces, mates, galletitas y lápices de colores. Todos, además, tenían la mejor predisposición para despejar mis dudas cuando me acercaba a interrumpirlos.

Pero RecoRol tiene una historia que excede esta convocatoria particular. En conversación con Nicolás Quarín, uno de los responsables de la organización, me enteré de que el encuentro se realiza mensualmente en la biblioteca desde aproximadamente 2016, con la interrupción de la pandemia. Casi diez años de continuidad constituyen un dato significativo para una iniciativa cultural de estas características, sostenida en el tiempo alrededor de una afición que todavía suele ocupar un lugar marginal en las agendas culturales tradicionales.



Según Nicolás, la respuesta del público sigue siendo positiva. Además, Reconquista cuenta con una particularidad: RecoRol es uno de los pocos espacios del interior donde se organizan encuentros de este tipo. La persistencia de la convocatoria demuestra que existe una comunidad interesada en los juegos de rol y que, cuando se le ofrece un lugar de reunión, esa comunidad responde. También pone de relieve la importancia de la buena predisposición de la biblioteca, que abre sus puertas un sábado para hacer posible el encuentro.

La experiencia más interesante de la visita, sin embargo, no estuvo solamente en las partidas. También apareció en las conversaciones. La predisposición de los jóvenes al diálogo fue excelente. Hubo interés, intercambio de ideas y una disposición genuina a compartir conocimientos y escuchar al interlocutor. No se trataba simplemente de observar desde afuera una afición ajena, sino de acercarse a personas dispuestas a explicar lo que hacen, compartir sus intereses y participar de una conversación abierta.

Ese aspecto merece destacarse. A veces, cuando se habla de las nuevas generaciones, se recurre con demasiada facilidad a los lugares comunes: el aislamiento, la falta de diálogo, el encierro detrás de las pantallas de los celulares. Sin embargo, la experiencia de RecoRol me permitió observar otra escena: jóvenes reunidos alrededor de una actividad compartida, conversando sobre sus intereses y construyendo un espacio en el que el conocimiento circula en ambas direcciones.

Porque jugar al rol exige algo más que conocer reglas. Requiere escuchar, tomar decisiones, negociar con los demás, interpretar situaciones y aceptar que una historia puede desviarse de los planes iniciales. En una de las mesas, justo cuando llegué, uno de los chicos estaba a punto de morir en el vacío del espacio exterior. Sin embargo, todos reíamos.

El azar interviene, por supuesto, pero también lo hacen la imaginación y la capacidad de construir colectivamente. Una partida es, en cierto sentido, una narración que nadie controla por completo.

No es casual que estos géneros encuentren un lugar natural en los juegos de rol. Todos comparten una misma inquietud: ¿qué sucede cuando abandonamos, aunque sea por un rato, las certezas de nuestro mundo?

Quizás por eso estos encuentros tengan un interés que excede el entretenimiento. En ellos hay una dimensión social, una forma de aprendizaje y una experiencia narrativa que se construye entre varias personas. Sentarse a una mesa, escuchar a los demás y participar de una historia común adquiere un valor particular en una época en la que tantas interacciones parecen reducirse a mensajes breves y respuestas automáticas.



RecoRol ofrece precisamente eso: un espacio para encontrarse, compartir una pasión y descubrir que la imaginación no tiene por qué ser una actividad solitaria. Los dados, las cartas y los personajes son los instrumentos visibles; detrás de ellos hay conversaciones, complicidades y una comunidad que se construye partida tras partida.

Me fui con la impresión de que allí había algo más que un grupo de aficionados reunidos para pasar una tarde. Había jóvenes con intereses definidos, ganas de compartirlos y una disposición al diálogo que desarma algunos prejuicios demasiado extendidos. Y había también una iniciativa que, después de años de encuentros mensuales, sigue convocando a quienes encuentran en el juego una forma de reunirse y crear.

Al final, quizá toda buena partida de rol comience de la misma manera: alguien propone un mundo, los demás aceptan la invitación y, a partir de ahí, nadie sabe exactamente qué va a suceder. En RecoRol, al menos por unas horas, esa incertidumbre se convierte en una virtud. Y los mundos imaginarios, lejos de alejarnos de los demás, pueden ser justamente aquello que nos reúne.

07 octubre 2026

La séptima víctima, o la deportivización de la violencia.

 


A esta altura de la vida ya estamos todos de acuerdo, más o menos, acerca de que podemos entender por distopía básicamente como a una sociedad ficticia indeseable que ocasiona la alienación del ser humano. De inmediato nos vienen a la mente obras fundantes del género como 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz o Nosotros, entre muchas otras.

Estas obras, clásicas hoy, no han hecho otra cosa que reflejar los miedos que las sociedades, a partir del siglo XX, han sabido sufrir en nuestra cada vez más compleja sociedad. En términos generales han reflejado el miedo a los totalitarismos extremos, el dominio total del ser humano, el desarrollo de tecnologías difíciles de controlar, las catástrofes nucleares, los colapsos civilizatorios, sean biológicos o cibernéticos, o en definitiva, de la manera que prefiramos matarnos.

Sin embargo, un elemento rector de estas obras de la ciencia-ficción distópica es la reiterada idea de que el totalitarismo de turno debe controlar a su grupo humano por los medios que tenga a su alcance y uno de esos medios es la regulación de la violencia humana ya sea a través del control de la mente, el direccionamiento del pensamiento, los deportes o las falsas noticias.

La ciencia-ficción puesta a opinar sobre el deporte ha tenido una visión más bien negativa. Así podemos ver en 1984 cómo el personaje principal debe hacer ejercicio obligadamente frente al televisor, que controla su vida privada, cada vez que despierta o, en Rollerball, donde vemos cómo una sociedad híper violenta canaliza ese estado a través de disputas a muerte televisadas para las grandes masas reprimidas.

Es decir, la violencia es reglada para canalizarla y, en ese sentido, es la deportivización de la violencia que podemos ubicar casi como un subgénero literario. Ejemplos abundan, algo similar vamos a encontrar en La carrera de la muerte del año 2000, o Los juegos del hambre, por solo mencionar algunas obras al azar.

En abril de 1953, en la revista Galaxy Science Fiction, se publica el cuento La séptima víctima, de Robert Sheckley (Estados Unidos. 1928-2005). Este escritor apareció en la escena literaria norteamericana allá por el año 1952 en la revista Imagination y desde sus comienzos se caracterizó por el tono inteligente e imaginativo de sus relatos, a la par que cargados de un humor muy peculiar.

Esta obra se ubica entre lo que los críticos consideran su mejor etapa, la que corre de 1952 a finales de la década. Por ello parece ser un experto en estas lides de correr por tu vida, ya que por otro lado también ha participado en filmes de la talla de Freejack, de 1992 o Dead Run, de 1967.

En este breve relato nos encontramos con una sociedad capitalista que ha sobrevivido a la cuarta o sexta guerra mundial, no lo saben bien, pero lo que sí saben es que el control de la violencia de los hombres fue canalizada por la MCE, el Ministerio de la Catarsis Emocional.

A través de esta oficina han encontrado la manera de acabar con las guerras, dada la imperiosa necesidad de una paz duradera, permanente, y a la par obedecía a una razón puramente práctica, pues el mundo estaba al borde de la aniquilación. Una de las sentencias más interesantes en el relato es el que hace referencia a que:


“...aquellos que establecieron la paz se vieron obligados... a tener en cuenta el postulado según el cual una fracción importante de la humanidad es movida por la violencia. Los hombres no son seres celestiales. Tampoco son monstruos infernales. Sencillamente, son seres humanos que manifiestan un elevado grado de agresividad, de combatividad…”

La trama del relato es sencilla, para canalizar la violencia se crea este Ministerio que será el encargado de gestionar la violencia humana desde un punto de vista casi deportivo, una cacería humana urbana que solo acaba con la muerte de los participantes dejado a solo uno con vida.

Quien resulta sorteado como asesino debe matar a quien ha sido asignado como su víctima, pero esta víctima puede defenderse y asesinar a su perseguidor. Quien sobreviva debe invertir su rol en la próxima contienda. Así quien se cargue a diez víctimas, y por consiguiente a diez victimarios, podrá ingresar en el selecto grupo de El club de los diez.

Este grupo está rodeado de lujos y privilegios que los coloca en la cima de la sociedad y por ende es esta cacería una forma de ascenso social para los menos beneficiados. Capitalismo puro y duro que considera que la competencia, el amor a la lucha, el valor frente al adversario, son valores positivos y una idea que deja pasmado:


“...el gusto por la violencia estaba unido a la ingeniosidad, a la adaptabilidad, al dinamismo humano...”

El relato fue llevado al cine, aunque no de una forma tan cruda, en 1965 por Elio Petri y protagonizado por Marcello Mastroianni y Ursula Andress. Si bien el film tiene algunas diferencias con el cuento, esta mantiene su espíritu.

El filme transcurre en un hoy no tan lejano año 2079 después de la Tercera Guerra Mundial. La trama se mantiene en líneas generales con el relato de Robert Sheckley, es decir, las personas deben luchar por su vida en una cacería humana urbana.


The 10th Victim no deja de ser una obra distópica que critica abiertamente la política de los años 60 del siglo pasado.

Por otro lado, cabe acotar que el relato tiene un giro inesperado pero previsible que lo cierra dignamente en lo que podría ser una influencia en Sheckley del creciente rol de la mujer en la sociedad de segunda mitad del siglo XX, aunque para el personaje principal el hecho de que una mujer participe en estas competencias era algo ya de por sí muy poco femenino.

Unas pequeñas obras de la distopía sesentera que nos dice que la guerra había dejado de ser un problema colectivo para serlo ahora individual y, si es televisado, como en el caso del film, mucho mejor.

Artículo originalmente publicado en:

👉 https://www.ciencia-ficcion.com/varios/firmas/f20240114m.htm

17 agosto 2026

El hombre que ya no puede estar solo y consigo mismo. Felipe Bochatay.

 



«Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo, solos, en una habitación». 
Blaise Pascal.


Hace unos años tomé la decisión de desayunar sin ver tele ni escuchar radio. Sin embargo, de un tiempo a la fecha esos momentos de la mañana me enfrentan a una dura prueba: qué hacer mientras bebo un café. ¿Solo beber el café? Es imposible. Durante esos minutos me enfrento a una carencia de distracción que mi cuerpo pide constantemente. Mis dedos tamborilean sobre el pocillo sin saber bien qué hacer.

Blaise Pascal, autor de la frase que encabeza este ensayo, fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XVII. Supo combinar la investigación científica con una profunda reflexión acerca de la condición humana. Eran épocas en las que, intuyo, la gente disponía de tiempo para sentarse a solas a mirar el techo y meditar, posiblemente porque en ese tiempo las obligaciones diarias de las redes sociales y el scroll infinito no los perjudicaban.

En su obra Pensamientos, a la que pertenece la frase, Pascal abordó, desde un punto de vista filosófico, algunas cuestiones esenciales tales como la fragilidad del ser humano, el sufrimiento o la búsqueda permanente y constante de distracción que lo aleje de un pensamiento profundo.

Por cierto, pocas frases de la historia de la filosofía han envejecido tan bien como esta observación. Escrita hace cuatrocientos años, mucho antes de la electricidad, que Internet y los smartphones, parece describir con precisión una escena cotidiana de nuestro tiempo: alguien que espera unos segundos en una fila, viaja en un ascensor o permanece sentado en un banco. Antes de que el silencio alcance a desplegarse colosal y ominoso, la mano busca automáticamente el teléfono. A menudo lo percibo, concedan diez segundos de silencio a dos personas que conversan y vean qué sucede. Surge una especie de horror vacui, no a los espacios vacíos sino al silencio o al reposo prolongado; un miedo atroz y la necesidad de escapar de la urgencia por unos minutos y, en definitiva, a quedarse a solas con uno mismo. Piénsese también en los niños, que se declaran en perpetuo estado de aburrimiento al minuto exacto de verse despojados de una pantalla.

Quizá el mayor acierto de Pascal consista en haber comprendido que el problema era interior, que es el ruido que nace de dentro del hombre el que nos da terror. Por eso buscamos incesantemente distracciones, el ruido de afuera, supongo que para escapar de nosotros mismos. Y es que hay una pregunta que atraviesa la historia del pensamiento occidental y que, sin embargo, parece haber adquirido una urgencia particular en nuestro tiempo: ¿qué sucede con el ser humano cuando pierde la capacidad de habitar su propia interioridad, de encontrarse a solas consigo mismo y sus pensamientos?

            No se trata de una cuestión psicológica de manual ni de una invitación mística a la introspección. Se trata mejor de la sospecha de que la civilización moderna, en su incesante impulso hacia la acción, la técnica y la productividad, ha ido vaciando ese espacio interior desde el cual el hombre piensa, duda, contempla y otorga sentido a su existencia.

A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI tuvimos, y tenemos, pensadores que, separados en todo caso por tradiciones filosóficas muy diferentes, convergen con sorpresa en este diagnóstico.

Emil Cioran, Ernesto Sábato y Byung-Chul Han, solo por citar algunos que he leído, describen, cada uno desde su propio horizonte, el mismo proceso que podríamos resumir en «empobrecimiento espiritual». Sus respuestas difieren porque ubican sus causas en remotos páramos. Sin embargo, estos tres parecen advertir que el hombre contemporáneo vive cada vez más hacia afuera y menos hacia adentro. Quizá ese sea el verdadero drama de la modernidad.

   Por ejemplo, en La caída en el tiempo, ensayo publicado en 1964, Emil Cioran construye, desde lo más potente del nihilismo, una de las críticas más penetrantes y demoledoras de la condición moderna. El hombre civilizado ha caído en el tiempo, dice. Esta es la tragedia de nuestra existencia. El ser humano, incapaz de detenerse y sometido al deseo, tanto como al tiempo y a la acción, aparece como un ser gobernado por una hiperactividad manifiesta. De esta forma trabaja, organiza, transforma el mundo, produce ideas, tecnologías, revoluciones y sistemas filosóficos con tal de no soportar el vacío. Toda su existencia parece orientada hacia la acción frente a la incapacidad para soportar el vacío.

Cioran sospecha que esa actividad permanente expresa un puro miedo al silencio, pues de ese modo el hombre moderno se enfrenta consigo mismo; de hecho, necesita hacer porque no soporta ser. La acción constituye una forma de evasión y en última instancia, su anestesia. El trabajo, la política, la historia e incluso el progreso son estrategias para evitar el encuentro con una conciencia que descubre su propia fragilidad.

Esta idea posee una profundidad que excede cualquier crítica social. Para Cioran, el problema no nace con la Revolución Industrial, ni con el capitalismo. Es mucho más antiguo. Comienza con aquello que interpreta como la verdadera caída del hombre: el surgimiento de la conciencia cuando fuimos expulsados del Paraíso.

Pero esta elección de la conciencia Cioran la ubica en un plano metafísico, en un hipotético estado de naturaleza, más precisamente al reinterpretar el relato bíblico del Génesis y la expulsión del paraíso.

Mientras el animal vive reconciliado con el instante, el hombre habita el tiempo dado que recordamos, proyectamos y tememos. Desde ese momento quedamos condenados a buscar fuera de nosotros lo que ya no encontramos dentro. La hiperactividad de nuestra era acaba siendo el síntoma de esa herida antigua y metafísica.

Una década antes que Cioran formulara esta idea, el argentino Ernesto Sábato, en Hombres y engranajes (1951), advierte que la civilización técnica ha comenzado a transformar al hombre según el modelo de la máquina dando lugar a que los criterios propios de la técnica —eficiencia, velocidad, rendimiento, utilidad— terminan colonizando la totalidad de la experiencia humana.

Sábato percibió que el individuo comenzaba a definirse por su función antes que por su misterio. Poco a poco desaparecían la contemplación, la lentitud, el ocio creador. Todo debía justificarse por su utilidad y así el hombre dejó de ser un fin para convertirse en un instrumento.

En este punto, Sábato establece un puente extraordinario entre Cioran y Han. Comparte con el primero la preocupación por la pérdida del mundo interior y anticipa en el segundo la crítica a una civilización organizada alrededor del rendimiento y el tecnologicismo. Sin embargo, introduce un elemento profundamente humanista. A diferencia de Cioran, que contempla la tragedia con un pesimismo casi absoluto y no en vano es el nihilista del siglo XX por excelencia, Sábato todavía cree posible rescatar ciertos espacios de resistencia.

No debemos olvidar que su última obra literaria, publicada a sus 89 años, es precisamente La resistencia (2000), un testamento espiritual y una advertencia urgente sobre los peligros que acechan a la condición humana en esta sociedad moderna, o mejor dicho, posmoderna o de la modernidad tardía, según el sociólogo al que se adhiera. Para Sábato el arte, la literatura, el amor, la solidaridad y la imaginación conservan la capacidad de recordar que el hombre nunca puede reducirse a una función económica.

Más de medio siglo después, Byung-Chul Han parece describir el desenlace de un proceso que Sábato ya comenzaba a vislumbrar y poner de manifiesto, no en vano fue el prototipo de científico candidato al Nobel argentino. En La sociedad del cansancio (2010), el filósofo coreano sostiene que la lógica del neoliberalismo ha transformado radicalmente la relación del individuo consigo mismo. Ya no vivimos bajo una sociedad disciplinaria, organizada alrededor de prohibiciones y órdenes externas. Ahora cada sujeto se convierte en empresario de sí mismo, con ello quiero decir que el individuo cree actuar libremente cuando en realidad reproduce voluntariamente las exigencias del sistema. Estas exigencias le exigen una mejora constante, aprender nuevas habilidades, permanecer disponible, responder inmediatamente, cuidar su imagen, optimizar su cuerpo y convertir cada aspecto de su vida en un proyecto productivo que debe ser sometido al escrutinio fatal del likeo.

Incluso el descanso adquiere una función económica. La consecuencia inmediata no es únicamente el agotamiento físico, se refleja también en una forma inédita de vaciamiento interior, pues, regresando a la breve anécdota del comienzo, el sujeto contemporáneo rara vez permanece consigo mismo. Cada instante libre es inmediatamente ocupado, y debe ser ocupado, por una notificación, una pantalla, una tarea pendiente, un momento productivo, es decir, nuevas oportunidades de optimización.

Resulta tentador pensar que estos autores obedecen a una misma línea de pensamiento. Pueden tener contactos, no hay nada de malo en ello; lo cierto es que los traje porque abordan, desde distintos ángulos, el mismo problema o fenómeno: la pérdida de la interioridad o el miedo al silencio.

Existe una escena cotidiana que probablemente ninguno de los tres filósofos llegó a observar exactamente en la forma actual, pero que todos habrían comprendido de inmediato. A saber: una persona espera el ascensor durante veinte segundos y, en lugar de permanecer simplemente allí, extrae el teléfono móvil y revisa compulsivamente cualquier contenido disponible dentro de lo que es ese scroleo infinito. Lo importante es evitar esos pocos segundos de vacío. Ese gesto resume buena parte de nuestra época. El tiempo sin estímulos produce inquietud y la soledad se experimenta como una carencia, una carencia de productividad.

A esa persona atacada de «ansiedad», el mal del siglo XXI, Pascal le habría advertido que toda la desgracia humana provenía de no saber permanecer tranquilo en una habitación. Cioran habría agregado que esa incapacidad surgió con el nacimiento de la conciencia y Sábato habría observado cómo la técnica la convierte en hábito social y, por su parte, Han hubiera referido que el teléfono inteligente perfeccionó ese mecanismo hasta volverlo casi invisible (y nos hemos pasado de largo por los pensamientos de Foucault y la biopolítica).

Quizá el concepto que mejor une a estos pensadores sea la contemplación. Recuperar una relación distinta con el tiempo más allá de que, si nos apoyamos en Cioran, ya hemos sido expulsados del Paraíso, y sobre la leche derramada no se puede llorar, pero también es cierto que recuperar la demora o el considerar que tenemos derecho a estar aburridos son las formas de resistencia que Han refiere. Lo difícil es decírselo a nuestros hijos.

Vivimos en una época que multiplica las posibilidades de comunicación y, sin embargo, empobrece sigilosamente el diálogo interior, pese a la avalancha de gurúes y nuevas religiones y filosofías de vida que nos bombardean desde las redes. Nunca habíamos tenido tantos medios para expresarnos y quizá nunca habíamos encontrado tan pocas ocasiones para escucharnos.

La productividad se ha convertido en una virtud moral. Estar ocupado equivale a ser importante. En ese contexto, la interioridad aparece casi como un lujo improductivo.

Y acaso la forma más silenciosa de resistencia consista en recuperar aquello que la civilización del rendimiento considera inútil: el tiempo para pensar, para leer sin apuro (leer y no publicar que se ha leído), para contemplar (y no para postear fotos de lo contemplado), para amar (y no para hacer saber al mundo cuánto amamos a tal o cual), para crear (y no para convertirnos en obra de arte en las redes) y, sobre todo, para permanecer a solas con uno mismo sin sentir la necesidad inmediata de escapar o de publicar lo pensado o la transición mental.

Porque es allí, en ese espacio cada vez más raro y más frágil, donde todavía puede comenzar el verdadero conocimiento del hombre, en ese café a solas y sin miedo al silencio.

15 julio 2026

Los backrooms que habitan en nuestras casas. Felipe Bochatay.

 Hace unos días mi hija me mostró unas fotografías que había realizado. Guardó un misterioso silencio mientras esperaba mi reacción. El tono sepia dominaba las imágenes y había en ellas algo sospechosamente conocido, pero que concedían a los espacios fotografiados un aspecto lúgubre, casi ominoso.

                                                      (Imagen: Victoria Bochatay)

Sin esperar mi respuesta, sonrió impaciente y dijo: ¡Vivimos en backrooms!

Tardé unos segundos en comprender a qué se refería. Entonces advertí que no había fotografiado edificios abandonados ni oficinas vacías. Había retratado nuestra propia casa. No pude evitar una mueca de sorpresa. Entonces advertí algo que hasta ese momento me había pasado inadvertido: hay habitaciones de la casa a las que entramos cada vez menos.

Los ejemplos se pueden hallar en cualquier domicilio, a saber: el cuarto donde terminan los objetos que algún día «van a servir», el pasillo que conduce al lavadero, un garaje iluminado por un viejo tubo fluorescente o ese depósito cuya puerta permanece cerrada durante semanas. Son lugares perfectamente normales y, sin embargo, cuando los encontramos vacíos, producen una sensación difícil de explicar, y no es miedo exactamente. Más bien es la impresión de encontrarse ante un espacio extrañamente familiar y, al mismo tiempo, ajeno.

Quizá por eso el fenómeno de los backrooms encontró un terreno tan fértil en Internet. El término apareció en 2019, cuando un usuario de 4chan publicó la fotografía de una anodina oficina vacía y sugirió que, por un error de la realidad —el noclip[1] de los videojuegos—, era posible caer en un laberinto infinito compuesto por habitaciones idénticas. Bastó esa imagen para que miles de personas comenzaran a construir una de las mitologías digitales más interesantes de los últimos años.

Pero sería un error pensar que los backrooms nacieron ese día. Lo que nació fue el nombre. La sensación ya existía. La crítica italiana Valentina Tanni en Estéticas liminales, de Editorial Caja Negra, sostiene que Internet no inventa nuevos imaginarios, sino que reorganiza los que ya habitaban nuestra memoria. En Memestetica[2] explica que la cultura digital funciona como un inmenso archivo donde imágenes olvidadas reaparecen cargadas de significados diferentes. Los backrooms son exactamente eso. No nos inquietan porque sean extraordinarios, sino porque reconocemos esos espacios. Ya estuvimos allí alguna vez.

«… es razonable imaginar que la caída a los Backrooms se produce cuando nuestro vínculo con la realidad se afloja; cuando estamos disociados, fuera de eje, desconectado…»[3]

  (Imagen: Victoria Bochatay)

Todos conservamos el recuerdo de un edificio público casi vacío, como un centro comercial cerrado, de un hotel fuera de temporada, de una escuela durante las vacaciones o de un pasillo de oficinas donde solo se escuchaba el zumbido de los tubos fluorescentes. Son escenarios demasiado comunes para llamar la atención, pero justamente esa normalidad termina volviéndose perturbadora. Como si la arquitectura hubiera sobrevivido a quienes la habitaban.

Marc Augé llamó «no lugares»[4] a esos espacios de tránsito donde la identidad parece diluirse: aeropuertos, estaciones, centros comerciales. Los backrooms podrían entenderse como una versión extrema de esa intuición. Son lugares que perdieron incluso su función de tránsito. Permanecen allí, suspendidos, esperando a nadie.

Quizá la verdadera potencia de este fenómeno consista en habernos obligado a mirar de otra manera los espacios más anodinos de nuestra vida cotidiana. Durante siglos, el terror necesitó castillos, cementerios o casas embrujadas. Hoy alcanza con una habitación demasiado iluminada, un techo de placas acústicas, paredes amarillentas y el zumbido constante de un fluorescente.

Tal vez por eso una fotografía cualquiera termina convirtiéndose en un objeto cultural. No por la imagen en sí misma, sino porque miles de personas comienzan a reconocer en ella una experiencia que creían exclusivamente propia. La comunidad digital hace el resto: la comparte, la transforma y termina por resignificarla.

                                                            (Imagen: Victoria Bochatay)

Pero hay algo más inquietante. El horror contemporáneo ya no nace de lo desconocido, sino cuando descubrimos que lo inquietante siempre estuvo en casa, escondido en esos ambientes donde nunca ocurre nada. Lugares que atravesamos durante años sin prestarles atención hasta que, una tarde cualquiera, gracias a las fotografías de una niña curiosa, comprendemos que también ellos nos estaban observando.



[1] “Noclip”: atravesar paredes sólidas por error, un fallo común en los videojuegos.

[2] Memestetica. Il settembre eterno dell'arte es un ensayo de la crítica de arte italiana Valentina Tanni publicado en 2020. El libro propone una idea muy sugerente: que Internet no es simplemente un nuevo medio de difusión de imágenes, sino un espacio donde las imágenes viven, mutan, se reproducen y adquieren nuevos significados mediante la participación colectiva.

[3] Valentina Tanni. Estéticas liminales. Editorial Caja Negra. Pág. 99. Buenos Aires. Argentina. 2026.

[4] Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad.
(Título original: Non-Lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité, 1992).

08 julio 2026

El doble de Dostoievski y la existencia digital

 

En 1846, Fiódor Dostoievski publicó El doble, una de sus primeras novelas que, paradójicamente, contó con dos versiones, dado que en 1866 decidió reescribirla frente a las críticas negativas que tuvo la versión anterior. En ella se relata la progresiva desintegración psicológica del protagonista, Yákov Goliadkin, un retraído funcionario del Zar Nicolás I que enfrenta la aparición de un hombre idéntico a sí mismo, un doble, que comenzará a ocupar su lugar primero en la jerarquía burocrática y luego en la sociedad.

¿Puede enseñarnos algo un personaje de mediados del siglo XIX respecto a los problemas que enfrentamos con nuestra existencia digital? ¿Es posible jugar con la idea de que algunos de los conflictos que se suscitan entre el «yo real», el Goliadkin mayor, y el «yo digital», el Goliadkin menor, marcan un paralelo familiar para nosotros?

En este sentido, la obra de Dostoievski parece casi profética. Para ello, debemos detenernos en las consecuencias no deseadas de una modernidad que nos ha enfrentado a una existencia digital en la que el ser humano es reducido a mera información y obligado a la producción permanente, al decir de Byung-Chul Han, de tal manera que, tanto en la vida real como en el mundo digital, nos vemos finalmente arrojados a enfrentar un «yo real» en una competencia desigual ante un «yo digital» perfeccionado o más pulido.

En El doble este enfrentamiento lleva a Goliadkin a una espiral descendente de locura, ya que le resulta imposible estar a la altura de su doble. ¿Y no suena esto muy parecido al desdoblamiento de nuestra personalidad en las redes sociales? Veamos. En este primer cuarto del siglo XXI, una de las premisas fundamentales es que cada uno debe crear su imagen «ideal» en los entornos virtuales. En Volverse público, Boris Groys advierte que convertirse o autodiseñarse como una «obra» de esta naturaleza no solo provoca placer, sino también la preocupación de quedar sujeto de una manera radical a la mirada del otro. En ese sentido, hoy todos somos una obra (de arte) en las redes sociales.

Si buscamos otro paralelismo con el pobre Goliadkin, este también va a librar una batalla perdida de antemano contra su doble, mejor adaptado o más cercano a un ideario de perfección. En un pasaje de la novela, por ejemplo, el doble acaba apropiándose de un trabajo realizado por Goliadkin y aquel recibe los elogios frente a todos. Entonces el original cae en el ridículo al intentar explicar la jugada del doble. Sin embargo, este finge inocencia, se ríe y da palmaditas amistosas manipulando así las apariencias. En otra oportunidad, el doble se acerca al original y lo humilla ante sus camaradas, le toca el vientre, le habla en tono burlón, lo trata como a un loco. Así, con esos mínimos pero calculados gestos, va minando la posición social del Goliadkin original.

De esta forma, Dostoievski logra expresar a la perfección que el talento emocional y la capacidad para entender cómo funciona el mundo social del Goliadkin duplicado triunfan ante la rigidez emocional o las escasas armas sociales del Goliadkin original. En consonancia con esto, la construcción del «yo virtual» actual, producto de la exposición mediática, no produce más que personas artificiales pasadas por varios filtros, tanto estéticos como ideológicos, a través de la creación de narrativas públicas que no suelen condecirse con el «yo real».

Ingresar a Instagram, como en otras redes sociales, se transforma así en la experiencia de visitar un «valle inquietante», al decir de Agustín Berti en Imagen comdicional: Cálculo y percepción, dado que, en definitiva, en el mundo digital nuestros dobles aparecen performatizados, cubiertos por una pátina de belleza o pureza, y, en definitiva, más perfectos frente a las fallas y ansiedades del «yo real», que trabaja para su doble en busca de validación en likes y seguidores.

Bajo esta premisa, vamos a ver a Goliadkin sufrir un serio conflicto de identidad, dado que enfrenta un rival mejor que él, lo que a la postre le generará un problema de autojustificación. Frente a su incapacidad para moverse en la sociedad, su doble mostrará una adaptación social plena que va a contradecir al original. Y esto lo arrastrará a una pérdida progresiva de su identidad y del control sobre sí mismo, hasta sentirse «borrado».

Al igual que en nuestra existencia digital, la identidad que enfrenta Goliadkin se presenta bien estilizada y construida a la medida de un «yo virtual» situado en el medio de su jerarquía social. ¿Y acaso no es este el mismo principio de las identidades construidas para una «red social» en busca  de una distinción en la vida pública online? Esto no solamente protege nuestros cuerpos biológicos, al decir de Groys, sino que nos permite dar paso al nacimiento de otro ser que será, básicamente, solo para ser objeto de contemplación. Lo que, según Éric Sadin en La era del individuo tirano, nos lleva a un nuevo estado de naturaleza basado en la subjetividad de cada cual, que conduce a su vez a la autosuficiencia y el alejamiento del prójimo.

El impacto en la psicología individual o colectiva de estos procesos es relevante, por eso Goliadkin enferma cuando su doble se presenta en sociedad haciéndole trapisondas y dejándolo mal parado, de igual manera que, en nuestro caso, un doble en la sociedad digital muestra mejores atributos sociales y adquiere mayor éxito. En la novela, el doble va robando el lugar del original en el mundo, un mundo que todavía es analógico y concreto.

Entre todas las peripecias que sufre Goliadkin trasladadas a nuestro presente, la deshumanización, la ansiedad y la fragilidad psicológica, entre otras, son las consecuencias de la ventaja que da, en algunos casos, el anonimato o la simple y llana suplantación, que en la novela utiliza el doble para obtener ventajas frente al personaje real. Esto no hace otra cosa que redundar en la pérdida de control sobre el «yo virtual» y en la consecuente fragmentación del yo.

Así veremos a un Goliadkin timorato y carente de recursos de adaptabilidad social frente a su doble, un ser que goza de todos ellos para triunfar en su entorno. ¿No se parece demasiado, en nuestro caso, al ejercicio cotidiano de mostramos con una imagen de nosotros mismos «mejorada» para el mundo virtual?

Pero, ¿qué sucede cuando ese «yo real» no puede estar a la altura del «yo virtual»? Es el momento en que comenzamos a generar ansiedades por la búsqueda de esos likes y seguidores: el «yo digital» entra así en una constante re-edición de su vida, en lo que es una producción permanente y sin descanso de una identidad estilizada y que funciona como un segundo yo. En el caso de Goliadkin, este tratará por todos sus medios de ponerse a la altura de su doble, pero como ya lo adelanté, su batalla estará perdida de antemano. Entonces, ¿Cómo enfrentar la perfección de nuestro perfil público y salir indemnes?

Esa similitud insuficiente de seres parecidos a nosotros en las redes no es más que lo que sufre Goliadkin al enfrentar a su doble 2.0 sin los atributos de este. Dostoievski, fiel al psicologismo que confiere a sus personajes, acaba en El doble con la vida de un hombre totalmente desplazado, engullido por ese otro, por su doble victorioso. De esta forma, acabamos todos en lo que podríamos denominar el «valle inquietante», poblado de seres sumamente parecidos a nosotros pero más perfectos, más pulidos, más presentables y destacados que el «yo real».

A modo de conclusión, llegarán preguntas a modo de reflexiones. ¿Y si no somos más que desconocidos para nosotros mismos? ¿Y si al vernos frente a ese espejo que es el mundo digital tampoco logramos reconocernos? ¿No hay un temor a ser quienes realmente somos? Y, quizás mucho peor, ¿Cuánto miedo nos provoca lo que queremos pero no nos atrevemos a ser?

Artículo originalmente publicado en: Revista Tántalo Nro. 2 (https://revistatantalo.com/)


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