15 julio 2026

Los backrooms que habitan en nuestras casas. Felipe Bochatay.

 Hace unos días mi hija me mostró unas fotografías que había realizado. Guardó un misterioso silencio mientras esperaba mi reacción. El tono sepia dominaba las imágenes y había en ellas algo sospechosamente conocido, pero que concedían a los espacios fotografiados un aspecto lúgubre, casi ominoso.

                                                      (Imagen: Victoria Bochatay)

Sin esperar mi respuesta, sonrió impaciente y dijo: ¡Vivimos en backrooms!

Tardé unos segundos en comprender a qué se refería. Entonces advertí que no había fotografiado edificios abandonados ni oficinas vacías. Había retratado nuestra propia casa. No pude evitar una mueca de sorpresa. Entonces advertí algo que hasta ese momento me había pasado inadvertido: hay habitaciones de la casa a las que entramos cada vez menos.

Los ejemplos se pueden hallar en cualquier domicilio, a saber: el cuarto donde terminan los objetos que algún día «van a servir», el pasillo que conduce al lavadero, un garaje iluminado por un viejo tubo fluorescente o ese depósito cuya puerta permanece cerrada durante semanas. Son lugares perfectamente normales y, sin embargo, cuando los encontramos vacíos, producen una sensación difícil de explicar, y no es miedo exactamente. Más bien es la impresión de encontrarse ante un espacio extrañamente familiar y, al mismo tiempo, ajeno.

Quizá por eso el fenómeno de los backrooms encontró un terreno tan fértil en Internet. El término apareció en 2019, cuando un usuario de 4chan publicó la fotografía de una anodina oficina vacía y sugirió que, por un error de la realidad —el noclip[1] de los videojuegos—, era posible caer en un laberinto infinito compuesto por habitaciones idénticas. Bastó esa imagen para que miles de personas comenzaran a construir una de las mitologías digitales más interesantes de los últimos años.

Pero sería un error pensar que los backrooms nacieron ese día. Lo que nació fue el nombre. La sensación ya existía. La crítica italiana Valentina Tanni en Estéticas liminales, de Editorial Caja Negra, sostiene que Internet no inventa nuevos imaginarios, sino que reorganiza los que ya habitaban nuestra memoria. En Memestetica[2] explica que la cultura digital funciona como un inmenso archivo donde imágenes olvidadas reaparecen cargadas de significados diferentes. Los backrooms son exactamente eso. No nos inquietan porque sean extraordinarios, sino porque reconocemos esos espacios. Ya estuvimos allí alguna vez.

«… es razonable imaginar que la caída a los Backrooms se produce cuando nuestro vínculo con la realidad se afloja; cuando estamos disociados, fuera de eje, desconectado…»[3]

  (Imagen: Victoria Bochatay)

Todos conservamos el recuerdo de un edificio público casi vacío, como un centro comercial cerrado, de un hotel fuera de temporada, de una escuela durante las vacaciones o de un pasillo de oficinas donde solo se escuchaba el zumbido de los tubos fluorescentes. Son escenarios demasiado comunes para llamar la atención, pero justamente esa normalidad termina volviéndose perturbadora. Como si la arquitectura hubiera sobrevivido a quienes la habitaban.

Marc Augé llamó «no lugares»[4] a esos espacios de tránsito donde la identidad parece diluirse: aeropuertos, estaciones, centros comerciales. Los backrooms podrían entenderse como una versión extrema de esa intuición. Son lugares que perdieron incluso su función de tránsito. Permanecen allí, suspendidos, esperando a nadie.

Quizá la verdadera potencia de este fenómeno consista en habernos obligado a mirar de otra manera los espacios más anodinos de nuestra vida cotidiana. Durante siglos, el terror necesitó castillos, cementerios o casas embrujadas. Hoy alcanza con una habitación demasiado iluminada, un techo de placas acústicas, paredes amarillentas y el zumbido constante de un fluorescente.

Tal vez por eso una fotografía cualquiera termina convirtiéndose en un objeto cultural. No por la imagen en sí misma, sino porque miles de personas comienzan a reconocer en ella una experiencia que creían exclusivamente propia. La comunidad digital hace el resto: la comparte, la transforma y termina por resignificarla.

                                                            (Imagen: Victoria Bochatay)

Pero hay algo más inquietante. El horror contemporáneo ya no nace de lo desconocido, sino cuando descubrimos que lo inquietante siempre estuvo en casa, escondido en esos ambientes donde nunca ocurre nada. Lugares que atravesamos durante años sin prestarles atención hasta que, una tarde cualquiera, gracias a las fotografías de una niña curiosa, comprendemos que también ellos nos estaban observando.



[1] Noclip”: atravesar paredes sólidas por error, un fallo común en los videojuegos.

[2] Memestetica. Il settembre eterno dell'arte es un ensayo de la crítica de arte italiana Valentina Tanni publicado en 2020. El libro propone una idea muy sugerente: que Internet no es simplemente un nuevo medio de difusión de imágenes, sino un espacio donde las imágenes viven, mutan, se reproducen y adquieren nuevos significados mediante la participación colectiva.

[3] Valentina Tanni. Estéticas liminales. Editorial Caja Negra. Pág. 99. Buenos Aires. Argentina. 2026.

[4] Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad.
(Título original: Non-Lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité, 1992).

08 julio 2026

El doble de Dostoievski y la existencia digital

 

En 1846, Fiódor Dostoievski publicó El doble, una de sus primeras novelas que, paradójicamente, contó con dos versiones, dado que en 1866 decidió reescribirla frente a las críticas negativas que tuvo la versión anterior. En ella se relata la progresiva desintegración psicológica del protagonista, Yákov Goliadkin, un retraído funcionario del Zar Nicolás I que enfrenta la aparición de un hombre idéntico a sí mismo, un doble, que comenzará a ocupar su lugar primero en la jerarquía burocrática y luego en la sociedad.

¿Puede enseñarnos algo un personaje de mediados del siglo XIX respecto a los problemas que enfrentamos con nuestra existencia digital? ¿Es posible jugar con la idea de que algunos de los conflictos que se suscitan entre el «yo real», el Goliadkin mayor, y el «yo digital», el Goliadkin menor, marcan un paralelo familiar para nosotros?

En este sentido, la obra de Dostoievski parece casi profética. Para ello, debemos detenernos en las consecuencias no deseadas de una modernidad que nos ha enfrentado a una existencia digital en la que el ser humano es reducido a mera información y obligado a la producción permanente, al decir de Byung-Chul Han, de tal manera que, tanto en la vida real como en el mundo digital, nos vemos finalmente arrojados a enfrentar un «yo real» en una competencia desigual ante un «yo digital» perfeccionado o más pulido.

En El doble este enfrentamiento lleva a Goliadkin a una espiral descendente de locura, ya que le resulta imposible estar a la altura de su doble. ¿Y no suena esto muy parecido al desdoblamiento de nuestra personalidad en las redes sociales? Veamos. En este primer cuarto del siglo XXI, una de las premisas fundamentales es que cada uno debe crear su imagen «ideal» en los entornos virtuales. En Volverse público, Boris Groys advierte que convertirse o autodiseñarse como una «obra» de esta naturaleza no solo provoca placer, sino también la preocupación de quedar sujeto de una manera radical a la mirada del otro. En ese sentido, hoy todos somos una obra (de arte) en las redes sociales.

Si buscamos otro paralelismo con el pobre Goliadkin, este también va a librar una batalla perdida de antemano contra su doble, mejor adaptado o más cercano a un ideario de perfección. En un pasaje de la novela, por ejemplo, el doble acaba apropiándose de un trabajo realizado por Goliadkin y aquel recibe los elogios frente a todos. Entonces el original cae en el ridículo al intentar explicar la jugada del doble. Sin embargo, este finge inocencia, se ríe y da palmaditas amistosas manipulando así las apariencias. En otra oportunidad, el doble se acerca al original y lo humilla ante sus camaradas, le toca el vientre, le habla en tono burlón, lo trata como a un loco. Así, con esos mínimos pero calculados gestos, va minando la posición social del Goliadkin original.

De esta forma, Dostoievski logra expresar a la perfección que el talento emocional y la capacidad para entender cómo funciona el mundo social del Goliadkin duplicado triunfan ante la rigidez emocional o las escasas armas sociales del Goliadkin original. En consonancia con esto, la construcción del «yo virtual» actual, producto de la exposición mediática, no produce más que personas artificiales pasadas por varios filtros, tanto estéticos como ideológicos, a través de la creación de narrativas públicas que no suelen condecirse con el «yo real».

Ingresar a Instagram, como en otras redes sociales, se transforma así en la experiencia de visitar un «valle inquietante», al decir de Agustín Berti en Imagen comdicional: Cálculo y percepción, dado que, en definitiva, en el mundo digital nuestros dobles aparecen performatizados, cubiertos por una pátina de belleza o pureza, y, en definitiva, más perfectos frente a las fallas y ansiedades del «yo real», que trabaja para su doble en busca de validación en likes y seguidores.

Bajo esta premisa, vamos a ver a Goliadkin sufrir un serio conflicto de identidad, dado que enfrenta un rival mejor que él, lo que a la postre le generará un problema de autojustificación. Frente a su incapacidad para moverse en la sociedad, su doble mostrará una adaptación social plena que va a contradecir al original. Y esto lo arrastrará a una pérdida progresiva de su identidad y del control sobre sí mismo, hasta sentirse «borrado».

Al igual que en nuestra existencia digital, la identidad que enfrenta Goliadkin se presenta bien estilizada y construida a la medida de un «yo virtual» situado en el medio de su jerarquía social. ¿Y acaso no es este el mismo principio de las identidades construidas para una «red social» en busca  de una distinción en la vida pública online? Esto no solamente protege nuestros cuerpos biológicos, al decir de Groys, sino que nos permite dar paso al nacimiento de otro ser que será, básicamente, solo para ser objeto de contemplación. Lo que, según Éric Sadin en La era del individuo tirano, nos lleva a un nuevo estado de naturaleza basado en la subjetividad de cada cual, que conduce a su vez a la autosuficiencia y el alejamiento del prójimo.

El impacto en la psicología individual o colectiva de estos procesos es relevante, por eso Goliadkin enferma cuando su doble se presenta en sociedad haciéndole trapisondas y dejándolo mal parado, de igual manera que, en nuestro caso, un doble en la sociedad digital muestra mejores atributos sociales y adquiere mayor éxito. En la novela, el doble va robando el lugar del original en el mundo, un mundo que todavía es analógico y concreto.

Entre todas las peripecias que sufre Goliadkin trasladadas a nuestro presente, la deshumanización, la ansiedad y la fragilidad psicológica, entre otras, son las consecuencias de la ventaja que da, en algunos casos, el anonimato o la simple y llana suplantación, que en la novela utiliza el doble para obtener ventajas frente al personaje real. Esto no hace otra cosa que redundar en la pérdida de control sobre el «yo virtual» y en la consecuente fragmentación del yo.

Así veremos a un Goliadkin timorato y carente de recursos de adaptabilidad social frente a su doble, un ser que goza de todos ellos para triunfar en su entorno. ¿No se parece demasiado, en nuestro caso, al ejercicio cotidiano de mostramos con una imagen de nosotros mismos «mejorada» para el mundo virtual?

Pero, ¿qué sucede cuando ese «yo real» no puede estar a la altura del «yo virtual»? Es el momento en que comenzamos a generar ansiedades por la búsqueda de esos likes y seguidores: el «yo digital» entra así en una constante re-edición de su vida, en lo que es una producción permanente y sin descanso de una identidad estilizada y que funciona como un segundo yo. En el caso de Goliadkin, este tratará por todos sus medios de ponerse a la altura de su doble, pero como ya lo adelanté, su batalla estará perdida de antemano. Entonces, ¿Cómo enfrentar la perfección de nuestro perfil público y salir indemnes?

Esa similitud insuficiente de seres parecidos a nosotros en las redes no es más que lo que sufre Goliadkin al enfrentar a su doble 2.0 sin los atributos de este. Dostoievski, fiel al psicologismo que confiere a sus personajes, acaba en El doble con la vida de un hombre totalmente desplazado, engullido por ese otro, por su doble victorioso. De esta forma, acabamos todos en lo que podríamos denominar el «valle inquietante», poblado de seres sumamente parecidos a nosotros pero más perfectos, más pulidos, más presentables y destacados que el «yo real».

A modo de conclusión, llegarán preguntas a modo de reflexiones. ¿Y si no somos más que desconocidos para nosotros mismos? ¿Y si al vernos frente a ese espejo que es el mundo digital tampoco logramos reconocernos? ¿No hay un temor a ser quienes realmente somos? Y, quizás mucho peor, ¿Cuánto miedo nos provoca lo que queremos pero no nos atrevemos a ser?

Artículo originalmente publicado en: Revista Tántalo Nro. 2 (https://revistatantalo.com/)


Reseña: Naturaleza muerta, de Emilio Bueso.



No siempre irse a vivir al campo escapando de la locura de la ciudad es una buena idea...

             Emilio Bueso (Castellón, España, 1974) es un escritor contemporáneo que sabe sortear con soltura géneros como el terror, las distopías o la ciencia ficción. Es ampliamente conocido en el medio español por narrar historias que sumergen al lector en ambientes de pesadilla, crear personajes creíbles o historias atrapantes. Cuenta con obras como Extraños eones, de 2014; Ahora intenta dormir, de 2015; o su trilogía de Los Ojos Bizcos del Sol, compuesta por Transcrepuscular (2017), Antisolar (2018) y Subsolar (2020). Reconociendo su filiación lovecraftiana, si así se puede adjetivar, en este caso nos presenta una novela escrita en primera persona de una mujer que ha tocado fondo en su vida y un poco de horrores tentaculares.

            A partir de ahora voy a hacer unos destripes por lo que si es tu intención leer la novela es necesario decir que llegues hasta acá. Hecho el correspondiente disclaimer continúo.

Claudia, una mujer fuerte, pero con serias debilidades y recién divorciada, enfrenta sus cuarenta años con serios problemas debido a la fibromialgia, consumos problemáticos, y algunos desarreglos en su vida. Harta de la vida urbana y todos sus pesares, liquida los ahorros en la compra de una finca en lo que entiendo son las marismas de Valencia, España. Cabe aclarar que no tiene un plan B. De inmediato surge la pregunta: ¿Qué puede salir mal?

            Con una psiquis débil producto del consumo excesivo de psicofármacos y un incipiente proceso de abstinencia, Claudia recurre a la finca, lo que el autor denomina una alquería, razón por la cual, de este lado del océano, tuve que recurrir al diccionario para saber de qué se trata (“Casa de labor, con finca agrícola, típica del Levante peninsular”), para hallar paz y salud, vamos, una cura para todas sus neuras por vía de la vida al aire libre y de forma natural. Sin embargo, a lo largo de la obra vamos a acompañar a esta “Clau”, una ingeniera bastante práctica, pero poco dada a las relaciones públicas, introducirse en un submundo que, al principio, parece idílico, pero que de a poco comienza a conocer a sus vecinos para descubrir que no son tan santos como parecen.

            Para colmo de males el gato que habita en la finca, Mao, el macho alfa de una colonia de gatos casi salvajes, o asilvestrados, destinados a controlar los ratones de campo, comienza a hablarle y a introducirla en las grandes verdades que rodean el lugar. Por otro lado, Alexa, la IA de su teléfono móvil, que a veces se le empaca, y un hermano a la distancia, son sus únicas anclas a la racionalidad.

            Así con su carácter complejo, propio de un sapo de otro pozo y una delibera abstinencia de psicofármacos, comienza a chocar con las reglas preestablecidas de la comunidad. Pese a ello logra hacer una amiga un tanto bizarra, pero eso no va a durar mucho. Lo que sí ganará serán enemigos, en particular un ruso todo tatuado que parece ser el líder de una pandilla de freaks rurales.

           Hablando de freaks, el desfile de raras avis creada por Bueso es más que interesante: por un lado, tenemos a Fermín, que es el típico vecino metido, el chusma. También está el musculoso que produce miel pero que no tiene nada en la cabeza. Mara, una mujer que se mofa de su obesidad mórbida y que sobrevive cuidando de un padre que parece estar senil, atentos a esto, y de la traducción de lenguas eslavas, pero también de la producción de licores y fumando marihuana. Por otro lado, está el conspiracionista, que juega a comparar las marismas y sus fuegos fatuos de las marismas con la explosión de Tunguska, a principios del siglo XX.

            Y por supuesto el antagonista de Clau, el ruso Serguéi, que parece ser un mafioso ruso de poca monta y tatuajes delictivos pero que, entre otras cosas, también se presenta ante la comunidad con aires de místico religioso.

            Este último ha llenado su casa de tecnología para controlar el vecindario, planta extraños espantapájaros en las fincas vecinas y arrea, como ya comenté, a un grupo de freaks de la pequeña comunidad.

            Pronto Claudia va a chocar con este hombre y su troupe, a la vez que comenzará a develar el misterio de la muerte del anterior propietario de la finca. Es en este momento donde el horror lovecraftiano hace su aparición con la presencia de sueños húmedos con un pez barroso, un siluro, que a la postre será el ser todopoderoso que guía a Serguéi en un extraño culto dedicado a un gusano que abre las profundidades de la tierra.

            Con una rapidez trepidante, pasando largamente la mitad de la novela, todo se precipita conjugándose el horror lovecraftiano, fenómenos meteorológicos, eventos físicos, un libro misterioso (que el ruso declama a Claudia) y varios giros impresionantes en los personajes.

            El clímax se alcanza con una gran tormenta, que parece estar escrita en un libro sagrado que Serguéi quiere recuperar de las manos de Clau y que amenaza con hacer estallar la zona merced a la presencia del metano reservado en las marismas.

 

“… hay muchos lugares como este en el mundo, desde siempre; agujeros a los que nos marchamos los juguetes rotos del sistema para vivir una vida de mierda en vez de matarnos compitiendo con los demás”.

 

            Eso no es todo, el ruso ha emplazado a Claudia (“Clau” en valenciano, y catalán, significa llave o clave) para que viva o muerta sea ella quien cierre el gran cambio que se avecina.

            Si bien los capítulos son breves, lo que le da velocidad a la trama relatando un día o noche en particular, a mí me costó, en algunos momentos, llevar adelante la lectura en primera persona de una mujer con bastante léxico local, sin embargo, luego de la presentación de los personajes y el planteamiento del conflicto la novela, como dije, gana velocidad a medida que avanza la obra.

Finalmente Claudia, con la ayuda de una musculosa vigiladora privada, se despacha a buena parte de los acólitos del ruso, y al ruso mismo en un dos por tres y a posteriori, en lo que parece un sueño, algo recurrente en la novela, que se me da bastante anticlimático, se produce un viaje físico a otra región del mundo y un nuevo comenzar, un poco como Serguéi, a conseguir seguidores de la secta del gran pez pese a la renuencia en un primer momento de Clau.

            El epílogo, debo reconocer, me descoloca un poco, pero no por ello debo negar que no pude dejar de leerla de un tirón. Podrá no gustar a algunos, pero si hay algo que conceder a Emilio Bueso es que no te dejará indiferente con esta obra. Muy recomendable.

Reseña originalmente publicada en Revista Tántalo Nro, 1 (https://revistatantalo.com/)




25 mayo 2026

El tema del doble en los orígenes de la literatura fantástica latinoamericana

 

            No se puede buscar el «yo» por la mañana, hay que esperar a la noche,

a la hora en que salen los fantasmas.

 

            Uno de los temas a los que los escritores recurrieron con insistencia en los albores de la literatura fantástica y de la ciencia ficción latinoamericana fue el del doble.

            A lo largo del subcontinente aparecieron múltiples variantes de esta figura. Desde la figura sombría que devuelve el espejo o la sombra que cobra vida, pasando por la figura real que roba una identidad, el alter ego que cobra vida, o la idea del sueño como entorno en el que nuestro doble puede presentarse, hasta la posibilidad de que la teoría de las cuerdas sea cierta y que hay tantos universos paralelos con tanta gente como nosotros, por ejemplo escribiendo este artículo con una ínfima diferencia, o no.

            La literatura universal ofrece innumerables antecedentes, basta con mencionar la primera que viene a la mente, la novela de Robert L. Stevenson: «El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde», obra publicada en 1886, donde la escisión de la personalidad adquiere una forma monstruosa que hoy podría leerse desde la perspectiva del trastorno disociativo de la identidad.

             El doble y la única mujer

            Pablo Palacio, abogado y escritor ecuatoriano, que vivió en la primera mitad del siglo XX, mantuvo siempre una preocupación en su obra por la vida urbana y el sufrimiento interior del ser humano. En 1927 publicó el cuento «La doble y única mujer», incluido en el volumen homónimo.

            Allí una mujer relata su particular experiencia en la que se percibe como un ser escindido en dos cuerpos, a los que los denomina «yo primera» y «yo segunda», cada uno con deseos y necesidades independientes y propias que pese a ello son una comunidad con un solo alma.

            Así encontramos en este relato el tema de la dualidad del ser, y el conflicto identitario mediante una fórmula narrativa que permite sortear la suspensión de la credulidad a medida que avanza la historia de la vida de esa mujer, es decir, sostiene lo fantástico sin quebrar del todo la verosimilitud.

             El difunto y yo.

            El venezolano Julio Garmendia publicó en 1927 su primer y más a famado libro de cuentos La tienda de muñecos. En El difunto y yo, un relato de tipo inverosímil, el genial vanguardista venezolano se adentra en el tema del desdoblamiento de la personalidad y del dominio del alter ego.

            En El difunto y yo vamos a ver al personaje principal, Andrés Erre, que ha extraviado a su doble. Cuando su esposa lo descubre buscándolo, él asegura que sólo intenta encontrar su sombrero. Sin embargo, una vez en la calle, comienza a sufrir una serie de peripecias provocadas, aparentemente, por ese otro yo, su doble, su alter ego, que poco a poco ocupa su lugar hasta desplazarlo por completo. En definitiva, al verse desplazado por su doble termina suicidándose pues nadie puede darse cuenta del robo de la identidad.

            Esto es así pues el Sr. Erre, que casualidad que tenga un apellido palíndromo, tiene dos caras, como en la novela de Stevenson. Y es que Andrés Erre posee una doble personalidad, por un lado es un ser respetable, que cumple con la ley y de una conducta intachable, pues que vive ajustado a los valores tradicionales y por el otro lado su alter ego, que es en cierto sentido un ser anómico, un inconformista que se aprovecha de las circunstancias.

            En este relato su alter ego irá ocupando cada vez más espacios en la vida de su otro yo, a quien acaba desplazando y expulsando de su propia existencia. Termina triunfando así la personalidad con mayor capacidad de adaptación frente a aquella que permanece ligada a las leyes y a las buenas costumbres. La crítica social subyacente resulta evidente: en un mundo racional y cotidiano aparece un elemento imposible que desestabiliza el orden y revela la fragilidad de la identidad.

            Las ruinas circulares

            El tema del doble y de la identidad, en Borges, es abundante en recursos pues ocupa un lugar central en su obra. Es famoso por su trabajo relacionado con los sueños y los espejos, abordando la temática tanto desde la narrativa como desde la poesía.

            En Borges y yo, el autor se confunde ante la imposibilidad de distinguir quién escribe y quién vive verdaderamente los acontecimientos. Por su parte en El otro, Borges se encuentra con un segundo yo más joven y lo anómalo en un sueño no del todo riguroso. También aborda el problema del desdoblamiento en El Golem, en donde la creación funciona como una forma de búsqueda de sí mismo.

El miedo a los espejos se presenta en Borges a temprana edad. Desde niño vivió atormentado por las pesadillas que lo asolaban, en particular con los espejos. De hecho sentía pavor por un viejo espejo que había en su casa.

«Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de hombres», dice Borges a través de un relato. Es que sentía temor de que el reflejo del espejo no se correspondiera con exactitud a él.

En Las ruinas circulares Borges describe un universo extraño, por fuera del mundo real y precisamente por ello podemos decir que es un cuento fantástico. El relato se centra en un evento que ya ocurrió, está relatando el pasado, un pasado asombroso en el que el personaje se siente extraño. La culpa la tiene la filosofía de Berkeley, pues el autor toma de este la idea de subordinar la realidad a la idea. De ahí que para el idealismo las cosas no existen por sí mismas, sino como representaciones de una conciencia.

Así veremos a un hombre, un mago, que llega a un lugar, las ruinas circulares, con la idea de soñar un hombre. Fracasa, pero luego de otros intentos lo logra al pactar con un Dios, el Dios del Fuego. Logra animar a su muñeco soñado al que envía a otras ruinas circulares que hay río abajo.

Sin embargo, el desenlace revela que el propio soñador también es el sueño de otro, un mero simulacro. El relato propone así una cadena infinita de simulacros y desdoblamientos donde toda identidad resulta precaria.

Borges volverá sobre esta idea con un poema:

 

Dios mueve al jugador y este, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonías?


 


La trama celeste

Finalmente llegamos al tema del doble en un relato extraordinario que alcanza una de sus formulaciones más sofisticadas, me refiero a La trama celeste de Adolfo Bioy Casares (1914-1999), ese exquisito escritor argentino que durante un tiempo vivió a la sombra de Borges pero que supo ganarse su lugar en la literatura de ciencia ficción aunque él nunca reconozca a su obra, o parte de ella, como de ciencia ficción.

La trama celeste es un libro de cuentos publicado en Argentina en 1948, contiene seis cuentos entre los que se encuentra el que le da título al libro. En este cuento, que inobjetablemente es una obra de ciencia ficción, el tema del espacio y el tiempo son tratados de una manera muy particular, desarrollando la idea de que existen infinitos mundos paralelos que se tocan unos a otros por ¿cuerdas? En estos mundos las variaciones espacio-temporales son tan ligeras que sólo un lector muy atento podrá admirar la construcción de este universo por Bioy Casares. Ello lleva a pensar que esos universos deben ser, y de hecho lo son, infinitos.

Una de las características más importantes en Bioy Casares es que detrás de casi todas sus historias existe un universo contenedor o alguna idea filosófica o científica subyacente que la justifique.

En este caso el autor retoma las ideas de Louis-Auguste Blanqui y su obra La eternidad a través de los astros, de 1872, de donde se nutre, para poblar este cuento de mundos paralelos, de los personajes dobles y triples y del espacio que se curva y se toca con otros espacios.

La historia comienza con un breve epígrafe a título de presentación. Esta, titulada «Las aventuras del Capitán Morris» está escrita en primera persona por quien en verdad no es el personaje principal, sino por Carlos Alberto Servian, quien relata las peripecias de un soldado argentino, Ireneo Morris, piloto de pruebas de la aviación argentina. Durante uno de sus vuelos experimentales Morris sufre un accidente resultando herido. Al despertar es interrogado por sus propios pares, que no lo reconocen. Los militares argentinos sospechan que es un espía, por lo que lo mantienen detenido.

En medio de esa situación aparece una enfermera (debe tenerse en cuenta que las mujeres siempre fueron personajes fuertes en su obra) que lo ayuda a escapar pese al riesgo que ello implica.

En definitiva Bioy Casares nos presenta tres mundos en donde las diferencias son mínimas, muy sutiles, y en las que Ireneo Morris deberá con un sentido casi detectivesco ir descubriendo esos sutiles matices para salir airoso de lo que considera una broma del destino.

Finalmente sabremos que el narrador es un compañero de aventuras de Ireneo Morris que lo acompaña viajando entre los diferentes universos paralelos a la vez que otros casi idénticos Ireneo Morris se entrecruzan en diferentes aventuras.

En cada uno de los mundos los personajes son idénticos pero a poco que se investigue se observan sutiles diferencias de carácter, por lo que el tema del doble, tan trabajado en la literatura también acá se ve reflejado. A saber: los mundos sufren sutiles diferencias, vr. gr., en uno de los mundos Cartago no fue destruida por los romanos, por lo que la cultura cartaginesa está presente en ese universo del s. xx, por ejemplo en las calles o en los nombres de las personas.

Bioy Casares construye así tres realidades paralelas en las que el protagonista debe actuar casi como un detective para advertir las pequeñas variaciones que distinguen a cada universo. Es que al duplicarse los planetas sobre el universo, también lo hacen todas las cosas y seres que viven allí. Blanqui distingue dos tipos de dobles, el que es exactamente igual y el que no, es el que tiene variantes, muy ligeras en este cuento, que son los que le dan riqueza al relato.

Las diferencias más sutiles pero no por ello menos importantes están en las personalidades de los actores de esta trama. Algunos en un mundo son bondadosos y en otro son egoístas. En uno se está enfermo y en el otro no. En otro caso un personaje aparece en la trama pero en otro no. En definitiva, según Blanqui, las múltiples variantes, como si de una compleja partida de ajedrez se tratara, se da con las conductas de los hombres, sus acciones desencadenan tantas posibilidades como mundos hay.

Sutilmente con ello Adolfo Bioy Casares nos trae la tranquilidad existencialista de que no estaríamos confinados a vivir una eternidad de repeticiones sino que esas sutiles diferencias nos pueden hacer vivir infinitas aventuras en una cuasi eternidad física.

El final del relato es tan bello como revelador y resume magistralmente esa concepción:

La explicación es evidente: En varios mundos casi iguales, varios capitanes Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar aeroplanos. Nuestro Morris se fugó al Uruguay o al Brasil. Otro, que salió de otro Buenos Aires, hizo unos «pases» con su aeroplano y se encontró en el Buenos Aires de otro mundo (donde no existía Gales y donde existía Cartago; donde espera Idibal). Ese Ireneo Morris subió después en el Dewotine, volvió a hacer los «pases», y cayó en este Buenos Aires. Como era idéntico al otro Morris, hasta sus compañeros lo confundieron. Pero no era el mismo. El nuestro (el que está en el Brasil) remontó vuelo, el 23 de junio, con el Breguet 304; el otro sabía perfectamente que había probado el Breguet 309. Después, con el doctor Servian de acompañante intenta los pases de nuevo y desaparece. Quizá lleguen a otro mundo; es menos probable que encuentren a la sobrina de Servian y a la cartaginesa. …”


En este relato, en resumen, Bioy Casares introduce una idea profundamente existencial: quizá no estemos condenados a repetir eternamente la misma vida, sino destinados a desplegar infinitas posibilidades de nosotros mismos a través de innumerables mundos, donde el doble deja entonces de ser únicamente un fenómeno psicológico para convertirse en una consecuencia cósmica. Si los mundos se duplican, también se duplican las personas, las conductas y los destinos.

19 mayo 2026

Memorias del subsuelo, de Dosto.

 


“Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado”. 

Así comienza Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski, tal vez la obra más filosófica del autor.

¿Crítica social? ¿Desmantelamiento de la racionalidad moderna?

07 marzo 2026

Kentukis, o la transformación de la intimidad. Felipe Bochatay.

 


 

                          (Imagen: https://www.penguinlibros.com/ar/ciencia-ficcion/165345-libro-kentukis-9789877690248)


Géneros: Ciencia Ficción. Novela Psicológica.

Editorial: Penguin Random House.

Idioma: Español.

Año de publicación: 2018.

Páginas: 221.

 

En tiempos de therians (por lo efímero de las modas tal vez sea más preciso decir «momentos») y otras modernidades desbocadas, Kentukis, que ya tiene unos años, parece tan cercana como antigua a la vez.

Publicada en 2018, se me antoja ubicada en un mundo casi pre IA, pre pandemia COVID, y quizás apenas gobernada por los smartphones y toda esa parafernalia de aplicaciones que hoy manejan a su antojo al ser humano.

           Lo que en un principio se pensaba como una herramienta para acercar a las personas, hoy los smartphones y las redes sociales son vistas como un factor ambiguo, en el mejor de los casos, que alejan a la vez que acercan de una manera mucho más líquida y liviana a las personas. Es que las consecuencias no deseadas de la modernidad, denominadas por sociólogos como Giddens, Bauman, Beck o Luhmann, como «efectos colaterales perversos», incluyen la producción de riesgos incalculables, la destrucción ecológica, la fragmentación social y la incertidumbre existencial. Esta «modernidad desbocada» sustituye la tradición por una vigilancia constante, un desanclaje de las relaciones sociales y la «colonización del futuro».

          Al decir de Giddens, la globalización trajo aparejada procesos de desanclajes y reanclajes en espacios y tiempos concretos que modificaron, y homogeneizaron, las prácticas y relaciones locales con las globales en lo que él denomina la «transformación de la intimidad». Así las relaciones sociales se van a ver reestruturadas en contextos en que los individuos se nutren de mecanismos donde este tipo de relaciones se extienden más allá de los vínculos locales para llevarlas hacia nuevos contextos de presencialidad mediados por el tiempo y en particular por el espacio.

          Precisamente de eso trata la novela de Samantha Schweblin (Buenos Aires, 1978). La escritora argentina, radicada en Berlín, nos trae una obra que considero a la vez luminosa y triste, de una realidad anticipativa en todo caso, de un presente tan desanclado del viejo y sólido mundo pre internet en el que el  tándem voyerismo-exhibicionismo quedaba reducido a cuatro sórdidas paredes.

           En Kentukis la autora nos habla de una sociedad quebrada por la soledad y atravesada por los nuevos dispositivos electrónicos, chupetes que calman la ansiedad de este mundo que no se comprende. Con un poco de esfuerzo podemos decir que es una novela de ciencia ficción, si queremos encajarla en los arbitrarios corsés, los dichosos catálogos de los géneros literarios. Más allá de eso, la novela está ambientada en un presente no tan lejano al nuestro, tal vez un poquito alterno, pero no lo suficiente para pensarla como una ucronía y menos una distopía.

            La estructura de la novela es bastante simple, tan simple como los muñecos Kentukis, en un abanico de historias, que al final de la novela se cierran en forma independiente, pero siempre con un sabor amargo, nos habla de esa fragmentación social que se va a ver reflejada a lo largo de las historias. Vamos, que en definitiva no son otra cosa que la incertidumbre existencial que provoca esta modernidad de riesgos incalculables.


      (Imagen: https://eternacadencia.com.ar/blog/samanta-schweblin-ldquo-siempre-estoy-con-la-cabeza-puesta-en-el-cuento-  rdquo-?srsltid=AfmBOoqXDWvlOTEhe4L8cgfr2bN66siO0cuJ5-dNpqoITx7GjLBQgnB8)


Por este camino escogido por la autora Kentukis es una novela coral. Los personajes no se tocan, cada uno tiene su propia historia que, si bien se entrelazan con personas de otras latitudes, cada una es tan solitaria como su reverso, o como las otras historias paralelas. Hasta en esto se nota la soledad que nos quiere transmitir Schweblin.

           Así podremos seguir distintas líneas argumentales en todo caso, tan tristes como patéticas algunas. A saber: el caso de Alina, una chica argentina que vive en un pueblo de México con su novio Sven, un artista conceptual que la engaña y descuida mientras el Kentuki es disputado por ambos en forma velada; o Emilia, una señora mayor que padece la ausencia de su hijo, pero que le regala un código para que sea un Kentuki conejo derivando a un casa en Alemania con una pareja extraña que llega a acosarla por su negligencia tecnológica bañada de buenas intenciones.

También tenemos las historia de Enzo, un ausente padre italiano que por complacer a su ex mujer, con la que enfrenta una disputa judicial por la tenencia de su hijo, compra un Kentuki topo del cual se obsesiona; o Marvin, un niño que quema los ahorros de la madre y que solo quiere ser libre para así conocer lo que es la nieve; o Grigor, que aprovechándose de un vericueto legal planea ganar dinero lucrando con los códigos de Kentukis al mejor postor, pero que descubre lo más macabro del ser humano a través de uno de esos peluches.

Entonces, bajo qué premisa se sostiene la novela. Las redes sociales gobiernan nuestras vidas y la salida al mercado de un juguete, que más que eso es un dispositivo electrónico, denominado Kentuki, que permite el acceso a la vida de otras personas por dos vías. Se puede ser «amo» o «mascota». De esta forma, al comprar uno de estos muñecos con ruedas y cámaras de video (hay opciones: oso panda, dragón, conejo, topo y cuervo), uno puede ser amo de un Kentuki y por lo tanto tener a ese aparato circulando por la casa, lo que permite que un extraño acceda a la exposición de la vida del «amo» o se puede «vivir», en el sentido de ser mascota de un «amo» y experimentar el sumun del voyerismo, dado que el controlador del peluche es una persona elegida al azar en cualquier parte del mundo.


Con ello se expresa el paroxismo de los extremos de la tecnología: el anonimato, y todos sus peligros relatados con contundencia por Schweblin, de las redes como una consecuencia no deseada de esta modernidad producto de este híper industrialismo de tercera generación que ha creado un entorno artificial generalizado e ha instalado la idea de vivir en «un solo mundo» y cada vez más chico.

Por ello digo que es tan actual la temática, porque tal vez no tomemos dimensión de todo lo que hacemos en las redes sociales y con nuestros teléfonos todos los días de nuestra vida, asesinando nuestra vida privada.

Finalmente veremos un triste final en casi todas las historias pues, como sucede ahora, un Kentuki es un dispositivo electrónico como cualquier otro que termina provocando agobio, desilusión y malestar, porque las relaciones que ayuda a establecer suelen ser tóxicas, mediadas por veladas intenciones gracias al anonimato o a la falta de sensibilidad que nos han provocado la sobreexposición en las redes sociales.

Para colmo de males, y con buenas intenciones, a veces acabamos en la misma retórica: los dispositivos electrónicos son neutros, como siempre nos han hecho creer desde Silicon Valley, y toda la monstruosidad no está dada más que por los seres humanos que actúan como agentes y vehículos de esos peligros. No es otra cosa que nuestra «inseguridad ontológica de usuario» al depositar nuestra confianza en sistemas socio-técnicos de los cuales tenemos, vale decirlo, un conocimiento vago.

En resumen, la novela plantea un «existir para otros», sin que ese otro importe quien es, lo importante es que «sea alguien». Quizás por eso la autora, con una escritura llana y un tanto plana, nos traslada el juicio moral de sus actores hacia el lector, pues ella se encarga de describir los hechos que no son más que la exposición del alma humana, su desesperación por la soledad, la falta de esperanzas o la imposibilidad de mantener relaciones humanas sanas y duraderas; es en definitiva la búsqueda incesante de ese pulgar para arriba que tanto bien nos hace, esa búsqueda permanente de aprobación y de reconocimiento.

Finalmente, a modo de conclusión, podemos decir que Schweblin utiliza los Kentukis, la tecnología en definitiva como sistema experto, como excusa para narrar y explorar temas filosóficos en los que la experiencia humana es mediada por la soledad. Y eso es lo que tiene de inquietante la novela. Más allá de las inseguridades físicas, una anciana que se siente amenazada desde otro continente, un personaje anónimo que llama por teléfono, etc., la autora nos habla de los miedos humanos, los vínculos precarios mediados por las tecnologías, la desesperación o la tristeza de este mundo que se entiende cada vez menos como consecuencia de estas relaciones sociales restructuradas.

Premiada y elogiada por la crítica, Premio Mandarache 2020 (El premio Mandarache de Jóvenes Lectores fue elegido por votación de 6 mil jóvenes de entre 12 y 30 años), la revista The New York Times, en su edición en español, incluyó a Kentukis como una de las 10 mejores novelas del 2018; además fue finalista del Man Booker International Prize, finalista también de los premios Kelvin 505 del año 2019, es una novela de lectura ágil por lo fragmentada, pese a la profundidad de los temas que aborda más allá de los simpáticos e inocentes peluches con ruedas.

Los backrooms que habitan en nuestras casas. Felipe Bochatay.

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