Mucho se ha dicho que la ciencia ficción latinoamericana es más literaria que científica, que no abunda en explicaciones técnicas, como sí lo ha hecho parte de la literatura anglosajona, a la que se ha denominado ciencia ficción dura. Al momento de comenzar con este texto, me vi tentado a titularlo: «¿Es esto seudociencia ficción dura latinoamericana?».
Veamos.
La fotografía y el cine, con sus famosos veinticuatro fotogramas por segundo que crean la ilusión de movimiento en la pantalla, dieron a los escritores que abordaremos material de inspiración para sus creaciones literarias. Estos se permitieron jugar con la imaginación tecnológica que posibilitaba la época, con la imagen tanto fija como en movimiento y, por qué no, con la idea del holograma, así como con la de réplicas cuasiperfectas y espectros robados de la pantalla, como personas que se confunden con las imágenes. Todo podía pasar por la mente de estos autores, muchos años antes de The Purple Rose of Cairo (1985) o Last Action Hero (1993).
El culmen de esta temática, la de la tecnología de la imagen, estará dado por La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares [1], publicada en 1940. Considerada una de las grandes obras de la ciencia ficción latinoamericana, rompió las fronteras de su continente para llegar a lectores de todo el mundo, traducida incontables veces. La novela presenta una isla que sumerge al personaje principal en una realidad virtual, en una tecno-distopía creada por Morel.
Sin embargo, justo es hacer un recorrido histórico por algunos autores que trataron esta temática. La importancia de la fotografía y el cine en la obra de Quiroga es patente en los relatos que abordaremos, dado que abunda en el cliché de la actriz bonita, de ojos sensuales, que enamora hasta el punto de ser idealizada, como sucede en Miss Dorothy Phillips, mi esposa. Aunque también vale la pena traer a colación dos relatos, El retrato y La cámara oscura, en los que la imagen fotográfica, desde distintos ángulos, juega un papel fundamental en la trama.
Por otro lado, en la nouvelle El Dr. Kulmann, publicada en 1926 por el español Ramón Junoy (1875-1951), radicado en Costa Rica, se crean hologramas para reconstruir el pasado y resolver crímenes.
Ramón Junoy fue un médico y sacerdote católico que se radicó en Costa Rica luego de pasar por Ecuador. A todas luces, esta es una producción enmarcada en la ciencia ficción más clásica, aunque de corte filosófico y con una estructura propia del género policial. Se trata de su segunda novela.
La idea ya la he visto en alguna película de los años setenta del siglo pasado. A través de la última imagen que queda grabada en la víctima se puede esclarecer quién fue su matador o, mejor dicho, qué fue lo que observó antes de perecer. Esto se logra por medio de un escaneo del cerebro que opera como una máquina fotográfica capaz de capturar esa imagen retenida en él. Es, en definitiva, un sintetizador de imágenes.
Como se puede esperar en este tipo de relatos, no se ahonda demasiado en las cualidades técnicas ni en las teorías científicas, por lo que esta nouvelle está alejada de la ciencia ficción dura, pero se inscribe en la vertiente más literaria de la ciencia ficción latinoamericana.
En definitiva, el Dr. Kulmann, junto a su fiel ladero, se propone resolver un crimen que tendrá interesantes derivaciones policiales.
Por su parte, Horacio Quiroga (1878-1937), de quien ya comentamos algo [2], merece un amplio párrafo aparte. Se conocen cerca de trescientos cuentos y relatos suyos, no todos publicados en medios argentinos. Tras una vida intensa, acabó suicidándose en 1937.
De las obras que acá nos interesan podemos decir que son relatos cortos que ahondan en personajes con mentes atormentadas o enfermas, que sufren por amor y tienen como trasfondo un artilugio tecnológico que sirve de sustento a la narración.
Se trata de una tecnología casi mágica, que permite a los actores de cine revivir cada vez que se proyecta una de sus películas o cobrar venganza desde el telón en el que se proyecta su imagen.
(Horacio Quiroga)
El cine en la obra de Quiroga
Los cambios urbanos que se producían en las grandes ciudades latinoamericanas de principios del siglo XX sirvieron de disparadores para la creación literaria. En el caso de Horacio Quiroga, los novísimos medios masivos de comunicación, como la radio y el cine, generaron una honda impresión. En particular, el cine, del que fue un fanático de las películas de la época, lo llevó a escribir una gran cantidad de notas y críticas cinematográficas entre 1918 y 1930.
Miss Dorothy Phillips, mi esposa es una declaración de intenciones al establecer el canon de belleza de la época y las pretensiones estéticas a la hora de elegir una mujer para casarse.
Para Quiroga, en estos cuentos hay más vida que imagen en esas mujeres femme fatale que vuelven locos a hombres de bien o los transforman en amantes desbocados, dominados por deseos irreprimibles.
Con ello parece querer decir que los mundos del cine y de la vida real tienen puntos de contacto en los que, como en la teoría de cuerdas, cuando se tocan permiten que algo pase al otro lado. Lo que para unos sería la propia interacción entre espectador y filme, en Quiroga es una fantasía que no siempre termina bien: fantasmas que circulan entre ambos mundos, humanos que quedan atrapados, enloquecen y se suicidan. Algo tan propio de los años treinta del siglo pasado.
En El puritano (Más allá, 1935), los actores muertos de Hollywood se dan cita, cual fantasmas penitentes, en reuniones intangibles. Son seres bucólicos que aceptan esa realidad cuando las luces de los estudios se apagan. Sin embargo, una mujer, actriz de carrera meteórica que se ha suicidado, no puede hallar la paz:
«... Ella vivía a medias, sufría con fidelidad la pasión de sus personajes. Cuando nuestros films se exhibían, nosotros, como ya he advertido, desaparecíamos de la tertulia...».
Entonces sufre por un amante imposible: el puritano, que ha dejado de ir a verla al cine.
«... Somos un instante; tal vez imperecedero, pero un solo instante espectral. El film y la proyección que nos han privado del sueño eterno nos cierran el mundo, fuera de la pantalla, a cualquier otro interés».
En El vampiro (Más allá, 1935) encontramos características similares. Un amante del cine se dedica a tratar de traer a la vida a una actriz por la que ha perdido la cabeza, pero ella se dedica a vampirizarlo, a quitarle su energía vital día a día, sin que él pueda hacer nada. Dice el cuento:
«... Encerrarse en las tinieblas como una placa sensible ante los ojos y contemplarla hasta imprimir en ella los rasgos de una mujer amada...».
En esta oportunidad, la explicación de tal fenómeno la aportan los rayos X, que acá se denominan rayos N1. Con tales rayos se pueden producir ciertos fenómenos ópticos hasta llegar a generar un ser vivo por medio de emanaciones visuales:
«... si la retina impresionada por la ardiente contemplación de un retrato puede influir sobre una placa sensible al punto de obtener un “doble” de ese retrato, del mismo modo las fuerzas vivas del alma pueden, bajo la excitación de tales rayos emocionales, producir, si no “crear”, una imagen en un circuito visual y tangible...».
El espectro resultante, una bella actriz de Hollywood, es descubierto por el amigo del protagonista, que ve la situación desde otra perspectiva y le advierte:
«¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle!».
Pero ya es tarde.
En El espectro (El desierto, 1924), vemos cómo se cumple esa lógica de espectador y filme, dos mundos que se tocan. En este caso, se trata de un actor fallecido que no aprueba la relación amorosa de su esposa con su mejor amigo.
Los amantes intentan reprimir sus deseos después de la muerte del actor, pero las pasiones los arrastran al contacto físico y también al morbo de ver la última película estrenada póstumamente.
«... ¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado?».
El actor despechado y traicionado, en cada exhibición del filme, logra enloquecer a los amantes, que no pueden dejar de ir a ver la película. Finalmente, terminan perdiendo la razón ante lo que creen que es el espectro cinematográfico del actor muerto, capaz de verlos desde la sala del cine. Esto los lleva a la locura y al posterior suicidio.
«... ¡Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros! ... Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los espectros fotográficos...».
Otro escritor que trató el tema de la imagen en movimiento como elemento central de una creación artística fue Clemente Palma [3] (1872-1942), con su novela XYZ (1935), una novela grotesca, según la define él mismo, que ya hemos tratado en otra oportunidad.
Solo podemos agregar que, en este caso, el uso de la clonación por medio de la energía nuclear, o algo parecido, sirve para que el personaje principal, Rolland Poe, se haga con una isla, al mejor estilo del Dr. Moreau. Pero, en vez de engendros, acumula, a modo de harén, a las más bellas mujeres de Hollywood y coloca a Rodolfo Valentino como cuidador de sus actrices.
Estos homúnculos, de corta vida, serán la perdición del personaje principal. Otra vez asistimos al tópico del hombre ilustrado, científico y de bien que pierde la cabeza por una bella mujer, o varias, en este caso. (Clemente Palma)
Sin dudas, esta obra también podría calificarse como una que aborda el tema del doble: un doble que surge de una alquimia tecnologizada al servicio de algo tan banal como los deseos carnales y el entretenimiento, pero que se sirve de la incipiente ciencia nuclear para tales objetivos.
Por último, tenemos la obra de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel, ese objeto artificial, según lo define el gran Borges en su prólogo a la novela. En ella, un hombre prófugo de la justicia persigue en una isla a su Faustine, un espectro cinematográfico, un ser etéreo, una entelequia tecno-distópica... Pero eso será en otra entrega.
Texto original publicado en: https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03142.htm
Notas
[1] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03089.htm
[2] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03112.htm
[3] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op02982.htm


.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)










.jpg)


.jpeg)
.jpeg)






