04 noviembre 2026

Rock y Jazz en La caza del carnero salvaje.

 



“Era también la época de grupos tales como los Doors, los Rolling Stones, los Byrds, los Deep Purple y los Moody Blues. La atmósfera daba la impresión de estar insidiosamente electrizada, hasta el punto de que hubiera bastado con dar un enérgico puntapié para que todo se viniera abajo en un santiamén”.

 

Cuesta comentar este libro de Murakami. Mientras avanzaba en la lectura la primera impresión que tuve fue la de un gran desconcierto por algunos diálogos que, además de inverosímiles, parecían sobrar o no llevar a ningún parte. Para colmo, luego de terminar la novela, me quedé con una extraña sensación de desasosiego en la boca, como si hubiera presenciado un filme en el que los personajes no son del todo creíbles o basado en un guion que adolece de inconsistencias, en definitiva, una de falta de entendimiento.

El final, alerta spoiler, es cuanto menos desconcertante, pero bueno, qué novela de Murakami no tiene algo de eso.

Esta es su tercera obra, publicada en 1982, y con ella conquistó el prestigioso premio Noma para autores noveles. En cierto sentido podemos decir que con esta obra es con la que salta al estrellato.

La caza del carnero es una novela independiente y auto conclusiva que puede leerse prescindiendo de sus obras anteriores. Hago esta referencia dado que acá se cierra la historia de este personaje sin nombre y su amigo el Rata, como así también de otro personaje, en este caso secundario como lo es Jay, un chino que regentea un bar al que el personaje sin nombre acude en las novelas anteriores a beber y sacar conclusiones existencialistas.

La Caza del carnero salvaje si bien termina con el Rata, sigue hacia adelante con las aventuras de este joven publicista que retorna unos años después a sus extrañas aventuras en lo que sería una secuela, Baila, baila, baila.

Algunas características

Como está escrita en una época pre internet los personajes matan el tiempo limpiando la casa, bebiendo, escuchando discos o simplemente disfrutando del tiempo ocioso en lugares destinados a ello. Esta es una característica de Murakami, todos sus personajes están inmersos en un universo que combina lo más profundo de la cultura japonesa dentro de un universo pop capitalista plagado de referencias a marcas y estilos de vida híper moderno.

Así nos encontraremos con que los personajes consumen vinos o cervezas de determinadas marcas, escuchan discos de música de la época, visten a la moda occidental, en definitiva, consumen compulsivamente cultura capitalista occidental a la par que lo profundo del Japón aflora con determinados personajes que ofician como telón de fondo en la trama.

Trama

La trama es muy fiel al estilo Murakami. En esta novela podemos ver los cimientos sólidos de este estilo muy propio de lo que algunos llaman realismo mágico y otros directamente fantasía. Las cosas suceden (léase para cualquiera de sus novelas) en un mundo ordinario, mecánico y rutinario. Sin embargo, un hecho o acontecimiento misterioso e ilógico rompe con la paz de lo rutinario y, sin darnos cuenta, entramos en un mundo muy similar al nuestro, pero con algunas pequeñas variantes, imperceptibles cambios de la realidad que son insostenibles en nuestro mundo.

Así veremos a un ignoto publicista, el narrador, que recibe una misteriosa carta (otro elemento pre internet) junto a una foto por parte de El Rata. La imagen es utilizada a pedido del amigo para una publicidad en una revista y este hecho desencadena un viaje a Hakkaido, una zona inhóspita del Japón para cazar al carnero salvaje, un carnero muy peculiar que es buscado por una organización cuasi secreta (otro de los tópicos de Murakami) y que le encomienda la tarea.

En la novela los personajes aparecen y desaparecen con absoluta normalidad, como la hermosa chica (otro tópico de Murakami) modelo de orejas y prostituta vip que le tiende una soga importante para su tarea. Así logra dar con el Dolphin Hotel para poder avanzar en la búsqueda hasta esa inhóspita zona montañosa del Japón profundo.

El viaje, que para nada es el viaje del héroe, termina con el encuentro de un fantasma, un hombre disfrazado de carnero como un osito de peluche tamaño humano, la ultraderecha presionando para que obtenga resultados rápidos, un chofer de limusinas que pone nombre a un gato y podría seguir con eventos inverosímiles que Murakami sabe ir incorporando finamente para que la suspensión de la credulidad por parte del lector sea completa. En mi caso recién al concluir el libro me puse a pensar en todos los eventos que hubieran hecho explotar una mente racional.

Es un pacto ficcional que el autor nunca rompe a través de la naturalización de lo maravilloso desde lo narrativo. Esa es su especialidad, pero cómo lo maldije en la lectura. Es que los hechos más insólitos son contados con una absoluta naturalidad, como si se tratara de hechos corrientes y, por ende, exenta de mayores explicaciones. Así, al creernos lo que nos cuenta Murakami, establecemos ese sólido contrato ficcional. Es en definitiva una novela de fácil lectura, pero de compleja interpretación.

 Cultura pop

Una de las características de las novelas de Murakami es la amplia referencia a la cultura pop, sus objetos y productos, en particular la norteamericana, algo que los japoneses le suelen criticar pero que ha hecho que sus novelas sean en cierto sentido universales.

A cada paso que dan los personajes estos se la pasan consumiendo productos con marcas occidentales, consumen ropa de marca, viajan en avión, las drogas son las de occidente.

La música que oyen los personajes de sus novelas suele ser el rock de la época o jazz, aunque en muchas oportunidades, y como elemento importante para la trama, se ha volcado también por la música clásica.

Asimismo, se la pasan cocinando o comiendo productos japoneses. Es a veces tan detallada la comida en sus novelas que podrían editarse libros con las recetas de las comidas que se preparan o compran los personajes de Murakami, un elemento al que recurre en otras novelas.

 

“La conocí en el otoño de 1969. Entonces yo tenía veinte años y ella diecisiete. Cerca de la universidad había una pequeña cafetería donde solía citarme con mis amigos. No era nada del otro mundo, pero los asiduos sabíamos que allí escucharíamos rock duro mientras bebíamos un café indescriptiblemente malo”.

 

Murakami ama el rock y el jazz y no evita colar esa música en sus obras. Así tenemos novelas que cuentan con un sound track más que interesante. En el caso concreto de esta novela vamos a toparnos con lo más popular del rock pop occidental de los '60 y los '70. Téngase presente que esta obra está ambientada en el Japón de fines de los años '70 del siglo pasado.

            Por citar tenemos a Johnny Rivers, que fue un cantante y músico de rock de los '60 y '70 en EEUU. Para algunos un genio que combinaba géneros antagónicos y para otros un tipo mediocre que se supo codear de buenos músicos. Lo cierto es que vendió más de 30 millones de discos. Supo influir a las generaciones posteriores en diversos ámbitos de la cultura popular al mezclar blues, folk y country en algo que se dio en llamar el White soul y luego el Go-Go Sound.


“Mi amiga retiró las latas vacías de cerveza y los vasos, y puso agua en la tetera. Mientras el agua se calentaba, se fue a escuchar unas casetes a la habitación de al lado. Era una serie de temas cantados por Johnny Rivers: «Midnight Special», seguido de «Roll over Beethoven» y «Secret Agent Man». Cuando el agua hirvió, echó el café, mientras cantaba a una con la cinta «Johnny B. Goode». Entretanto, yo leía el diario de la tarde. Era una escena de lo más familiar. De no ser por el dichoso carnero, me habría sentido la mar de feliz.

Hasta que se escuchó el característico chasquido del final de la cinta, permanecimos callados bebiendo café y masticando unas galletas”.

 

También encontramos a Boz Scaggs, que fue un músico y cantante norteamericano que tuvo su brillo entre los '70 y '80. Supo fusionar el jazz-rock con elementos del soul. Fue un cantante que supo combinar su voz seductora, la composición y la excelencia en la ejecución de la guitarra eléctrica. Tuvo una visión amplia de la música pasando del rock más duro al sonido de Filadelfia.

“Yo bebía silenciosamente mi cerveza. Por los altavoces del techo se oía la última canción de los Boz Scaggs. La gramola había pasado a la historia. La clientela del bar estaba compuesta en su mayoría por parejas de universitarios, pulcramente vestidos, que bebían sorbo a sorbo sus cócteles o sus whiskys con soda, en un ambiente de notable corrección. No había clientes con aspecto de ir a desplomarse borrachos, ni reinaba ese agrio tumulto tan característico de los fines de semana. Seguramente, todos los presentes se irían a casa tan tranquilos, se pondrían el pijama, se limpiarían con cuidado los dientes y se irían a la cama. Nada que objetar, sin duda. La pulcritud es una virtud muy loable. En el mundo, al igual que en aquel bar, las cosas no son nunca como deberían ser”.

 También aparece Bill Withers, que fue un músico y cantautor estadounidense famoso en las décadas del 70 y 80. Icono del soul, y el funk, nunca olvidó sus humildes orígenes y un temprano tartamudeo. Fue un caso raro, abandonó la música en forma profesional en 1985 estando en lo más alto de su carrera.


“Había oscurecido. Me atiborré los bolsillos del pantalón de monedas, tabaco y un encendedor, me puse las zapatillas de tenis y salí a la calle. Entré en la tasca del barrio, donde pedí un muslo de pollo y un panecillo. Mientras se hacía el pollo, oí el último disco de los Johnson Brothers y me bebí otra cerveza. Después de los Johnson Brothers la música cambió a un disco de Bill Withers, y mientras lo oía di cuenta del muslo de pollo. A continuación, y acompañado por los sones del Star Wars de Maynard Ferguson, me bebí un café. Me sentía como si no hubiera cenado”.

 

Por último, me permito citar a Benny Goodman, que fue un gran clarinetista y director de orquesta de jazz estadounidense. Conocido como El rey del swing, es, junto con Glenn Miller y Count Basie, el representante más popular de este estilo jazzístico e iniciador de la llamada era del swing. Tenía una facilidad increíble para la improvisación, pero su estrella se opacó luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

 

“Del cuarto trastero saqué una vieja guitarra, que logré afinar no sin esfuerzo. Probé unos rasgueos, interpretando viejas melodías. Luego me puse a practicar a los sones de «Air Mail Special», de Benny Goodman; y en éstas, se hizo mediodía. Así que eché mano al pan de producción casera, duro ya como una piedra, y cortando una gruesa loncha de jamón, me hice un bocadillo, que me tomé con una lata de cerveza.

Tras media hora más de rasguear la guitarra, se presentó el hombre carnero”.

 

Para las mentes inquietas me he aventurado en la creación de una play list con lo mejor de la música de La caza del carnero salvaje, una especie de sound track como si de un film se tratara:

https://open.spotify.com/playlist/6BaESlWINuKJevk3CIPz32?si=c6989e9cf5c64d71

Texto original publicado en: 

https://www.ciencia-ficcion.com/limites/lm0720.htm


26 octubre 2026

Bajo la superficie (Below)

La miniserie canadiense de Netflix, estrenada en octubre de 2026, recupera una tradición que siempre resulta bastante rendidora para el terror. En este caso, en una pequeña comunidad pesquera, aislada geográficamente y venida a menos, se esconde un secreto enterrado en el pasado.

En ese contexto, algo monstruoso emerge de las profundidades a lo largo de seis entretenidos episodios. La trama sigue el derrotero del pescador Calvin Penney (Josh Hartnett), su problemático hijo Wade (Charlie Heaton, de Stranger Things) y una científica, la Dra. Fonda (Mackenzie Davis). Juntos deben hacer frente a la presencia ominosa de un gigantesco témpano de hielo y a un calamar de aguas profundas, un cefalópodo gigantesco que asola las tierras de Terranova, Canadá.

Creada por Jesse McKeown para Netflix, la producción parte de una premisa clásica del género. En Snook's Arm, una pequeña localidad pesquera de Terranova, la aparición de una misteriosa criatura marina altera la vida de los habitantes. Calvin Penney deberá enfrentarse a la amenaza mientras intenta proteger a su familia y preservar una forma de vida que parece condenada a desaparecer ante empresarios inescrupulosos.

Pero el monstruo no es el único problema de Calvin. La misteriosa muerte de su padre, ocurrida décadas atrás, continúa proyectando su sombra sobre el presente. Así, el pasado familiar y la amenaza que acecha en el océano comienzan a confundirse.

Uno de los principales atractivos de la serie reside en su ambientación. Terranova, con sus comunidades pesqueras y su relación cotidiana con un mar tan necesario como peligroso, ofrece un escenario particularmente apropiado para el horror, muy cercano a William Hope Hodgson. El océano representa aquí una presencia que condiciona la existencia de los personajes y que, al mismo tiempo, permanece fuera de su control; los personajes parecen danzar al son de lo que dicta el agua. Así, la criatura se cargará a unos cuantos. En los relatos de monstruos, esta amenaza extraordinaria obliga a la comunidad a mirar hacia adentro, a preguntarse qué está haciendo mal y a develar conflictos internos que, en este caso, no son menores.

La miniserie apuesta por una combinación de misterio, drama familiar y terror de criaturas, apoyada en un escenario que favorece la atmósfera y en una premisa de resonancias clásicas. Su atractivo principal reside en recuperar una de las intuiciones más persistentes del género: la de que lo desconocido a veces estuvo allí desde el principio, aguardando bajo la superficie.

Mención aparte merece el témpano gigantesco varado en las costas del pueblo, que le otorga esa cuota de misterio ominoso que destaca por sobre el resto. Por lo demás, la historia presenta algunos personajes, la mayoría bastante planos y estereotipados, y situaciones muy habituales en estas producciones (clichés se le dice en mi barrio): un empresario local embarcado en un negocio millonario que se vale del fenómeno para llevar agua para su molino, unos militares de cartón, la científica de turno bastante nerd y otros más preocupados por el dinero. En esta oportunidad hay un científico que repite el rol de lidiar con fenómenos de las profundidades marítimas: Alexander Karim, quien ya interpretó a un científico en El quinto día, el thriller ecológico de 2023.

La crítica no ha sido lo suficientemente positiva. En Filmaffinity se la califica con un pobre 5,3/10 y en IMDb con un 6,3/10.

Por otro lado, la miniserie deja algunos cabos sueltos en los últimos minutos, pero según los productores no hay certeza de que vaya a haber una segunda temporada.

Mi valoración: Es una propuesta recomendable para quienes disfrutan del terror atmosférico, las comunidades aisladas y los misterios que mezclan lo sobrenatural con los conflictos familiares. Su principal atractivo está en el escenario y en la combinación de la amenaza monstruosa con el drama humano. Su desafío, como ocurre con muchas historias de este tipo, consiste en lograr que el misterio no termine siendo más interesante que su resolución ante algunos lugares comunes que suelen repetirse en estas series para consumo rápido.


22 octubre 2026

Hologramas, fotografía y cine en la temprana ciencia ficción latinoamericana.


Mucho se ha dicho que la ciencia ficción latinoamericana es más literaria que científica, que no abunda en explicaciones técnicas, como sí lo ha hecho parte de la literatura anglosajona, a la que se ha denominado ciencia ficción dura. Al momento de comenzar con este texto, me vi tentado a titularlo: «¿Es esto seudociencia ficción dura latinoamericana?».

Veamos.

La fotografía y el cine, con sus famosos veinticuatro fotogramas por segundo que crean la ilusión de movimiento en la pantalla, dieron a los escritores que abordaremos material de inspiración para sus creaciones literarias. Estos se permitieron jugar con la imaginación tecnológica que posibilitaba la época, con la imagen tanto fija como en movimiento y, por qué no, con la idea del holograma, así como con la de réplicas cuasiperfectas y espectros robados de la pantalla, como personas que se confunden con las imágenes. Todo podía pasar por la mente de estos autores, muchos años antes de The Purple Rose of Cairo (1985) o Last Action Hero (1993).

El culmen de esta temática, la de la tecnología de la imagen, estará dado por La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares [1], publicada en 1940. Considerada una de las grandes obras de la ciencia ficción latinoamericana, rompió las fronteras de su continente para llegar a lectores de todo el mundo, traducida incontables veces. La novela presenta una isla que sumerge al personaje principal en una realidad virtual, en una tecno-distopía creada por Morel.

Sin embargo, justo es hacer un recorrido histórico por algunos autores que trataron esta temática. La importancia de la fotografía y el cine en la obra de Quiroga es patente en los relatos que abordaremos, dado que abunda en el cliché de la actriz bonita, de ojos sensuales, que enamora hasta el punto de ser idealizada, como sucede en Miss Dorothy Phillips, mi esposa. Aunque también vale la pena traer a colación dos relatos, El retrato y La cámara oscura, en los que la imagen fotográfica, desde distintos ángulos, juega un papel fundamental en la trama.

Por otro lado, en la nouvelle El Dr. Kulmann, publicada en 1926 por el español Ramón Junoy (1875-1951), radicado en Costa Rica, se crean hologramas para reconstruir el pasado y resolver crímenes.

Ramón Junoy fue un médico y sacerdote católico que se radicó en Costa Rica luego de pasar por Ecuador. A todas luces, esta es una producción enmarcada en la ciencia ficción más clásica, aunque de corte filosófico y con una estructura propia del género policial. Se trata de su segunda novela.

La idea ya la he visto en alguna película de los años setenta del siglo pasado. A través de la última imagen que queda grabada en la víctima se puede esclarecer quién fue su matador o, mejor dicho, qué fue lo que observó antes de perecer. Esto se logra por medio de un escaneo del cerebro que opera como una máquina fotográfica capaz de capturar esa imagen retenida en él. Es, en definitiva, un sintetizador de imágenes.

Como se puede esperar en este tipo de relatos, no se ahonda demasiado en las cualidades técnicas ni en las teorías científicas, por lo que esta nouvelle está alejada de la ciencia ficción dura, pero se inscribe en la vertiente más literaria de la ciencia ficción latinoamericana.

En definitiva, el Dr. Kulmann, junto a su fiel ladero, se propone resolver un crimen que tendrá interesantes derivaciones policiales.

Por su parte, Horacio Quiroga (1878-1937), de quien ya comentamos algo [2], merece un amplio párrafo aparte. Se conocen cerca de trescientos cuentos y relatos suyos, no todos publicados en medios argentinos. Tras una vida intensa, acabó suicidándose en 1937.


De las obras que acá nos interesan podemos decir que son relatos cortos que ahondan en personajes con mentes atormentadas o enfermas, que sufren por amor y tienen como trasfondo un artilugio tecnológico que sirve de sustento a la narración.

Se trata de una tecnología casi mágica, que permite a los actores de cine revivir cada vez que se proyecta una de sus películas o cobrar venganza desde el telón en el que se proyecta su imagen.

(Horacio Quiroga)


El cine en la obra de Quiroga

Los cambios urbanos que se producían en las grandes ciudades latinoamericanas de principios del siglo XX sirvieron de disparadores para la creación literaria. En el caso de Horacio Quiroga, los novísimos medios masivos de comunicación, como la radio y el cine, generaron una honda impresión. En particular, el cine, del que fue un fanático de las películas de la época, lo llevó a escribir una gran cantidad de notas y críticas cinematográficas entre 1918 y 1930.

Miss Dorothy Phillips, mi esposa es una declaración de intenciones al establecer el canon de belleza de la época y las pretensiones estéticas a la hora de elegir una mujer para casarse.


Para Quiroga, en estos cuentos hay más vida que imagen en esas mujeres femme fatale que vuelven locos a hombres de bien o los transforman en amantes desbocados, dominados por deseos irreprimibles.

Con ello parece querer decir que los mundos del cine y de la vida real tienen puntos de contacto en los que, como en la teoría de cuerdas, cuando se tocan permiten que algo pase al otro lado. Lo que para unos sería la propia interacción entre espectador y filme, en Quiroga es una fantasía que no siempre termina bien: fantasmas que circulan entre ambos mundos, humanos que quedan atrapados, enloquecen y se suicidan. Algo tan propio de los años treinta del siglo pasado.

En El puritano (Más allá, 1935), los actores muertos de Hollywood se dan cita, cual fantasmas penitentes, en reuniones intangibles. Son seres bucólicos que aceptan esa realidad cuando las luces de los estudios se apagan. Sin embargo, una mujer, actriz de carrera meteórica que se ha suicidado, no puede hallar la paz:

 «... Ella vivía a medias, sufría con fidelidad la pasión de sus personajes. Cuando nuestros films se exhibían, nosotros, como ya he advertido, desaparecíamos de la tertulia...».


 Entonces sufre por un amante imposible: el puritano, que ha dejado de ir a verla al cine.

 «... Somos un instante; tal vez imperecedero, pero un solo instante espectral. El film y la proyección que nos han privado del sueño eterno nos cierran el mundo, fuera de la pantalla, a cualquier otro interés».

 En El vampiro (Más allá, 1935) encontramos características similares. Un amante del cine se dedica a tratar de traer a la vida a una actriz por la que ha perdido la cabeza, pero ella se dedica a vampirizarlo, a quitarle su energía vital día a día, sin que él pueda hacer nada. Dice el cuento:

 «... Encerrarse en las tinieblas como una placa sensible ante los ojos y contemplarla hasta imprimir en ella los rasgos de una mujer amada...».

 En esta oportunidad, la explicación de tal fenómeno la aportan los rayos X, que acá se denominan rayos N1. Con tales rayos se pueden producir ciertos fenómenos ópticos hasta llegar a generar un ser vivo por medio de emanaciones visuales:

 «... si la retina impresionada por la ardiente contemplación de un retrato puede influir sobre una placa sensible al punto de obtener un “doble” de ese retrato, del mismo modo las fuerzas vivas del alma pueden, bajo la excitación de tales rayos emocionales, producir, si no “crear”, una imagen en un circuito visual y tangible...».

 El espectro resultante, una bella actriz de Hollywood, es descubierto por el amigo del protagonista, que ve la situación desde otra perspectiva y le advierte:

 «¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle!».

Pero ya es tarde.

En El espectro (El desierto, 1924), vemos cómo se cumple esa lógica de espectador y filme, dos mundos que se tocan. En este caso, se trata de un actor fallecido que no aprueba la relación amorosa de su esposa con su mejor amigo.


Los amantes intentan reprimir sus deseos después de la muerte del actor, pero las pasiones los arrastran al contacto físico y también al morbo de ver la última película estrenada póstumamente.

 «... ¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado?».

 El actor despechado y traicionado, en cada exhibición del filme, logra enloquecer a los amantes, que no pueden dejar de ir a ver la película. Finalmente, terminan perdiendo la razón ante lo que creen que es el espectro cinematográfico del actor muerto, capaz de verlos desde la sala del cine. Esto los lleva a la locura y al posterior suicidio.

 

«... ¡Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros! ... Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los espectros fotográficos...».

 Otro escritor que trató el tema de la imagen en movimiento como elemento central de una creación artística fue Clemente Palma [3] (1872-1942), con su novela XYZ (1935), una novela grotesca, según la define él mismo, que ya hemos tratado en otra oportunidad.

Solo podemos agregar que, en este caso, el uso de la clonación por medio de la energía nuclear, o algo parecido, sirve para que el personaje principal, Rolland Poe, se haga con una isla, al mejor estilo del Dr. Moreau. Pero, en vez de engendros, acumula, a modo de harén, a las más bellas mujeres de Hollywood y coloca a Rodolfo Valentino como cuidador de sus actrices.

Estos homúnculos, de corta vida, serán la perdición del personaje principal. Otra vez asistimos al tópico del hombre ilustrado, científico y de bien que pierde la cabeza por una bella mujer, o varias, en este caso.                                                                                                                                  (Clemente Palma)

Sin dudas, esta obra también podría calificarse como una que aborda el tema del doble: un doble que surge de una alquimia tecnologizada al servicio de algo tan banal como los deseos carnales y el entretenimiento, pero que se sirve de la incipiente ciencia nuclear para tales objetivos.

Por último, tenemos la obra de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel, ese objeto artificial, según lo define el gran Borges en su prólogo a la novela. En ella, un hombre prófugo de la justicia persigue en una isla a su Faustine, un espectro cinematográfico, un ser etéreo, una entelequia tecno-distópica... Pero eso será en otra entrega.

 

Texto original publicado en: https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03142.htm

 Notas

[1] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03089.htm

[2] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03112.htm

[3] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op02982.htm

11 octubre 2026

Tres mesas hacia lo desconocido: una visita a RecoRol

 

Desde aproximadamente 2016, RecoRol convoca mensualmente en la Biblioteca Popular General Manuel Obligado de Reconquista a una comunidad de aficionados a los juegos de rol. En su edición especial de Halloween, la ciencia ficción, el horror lovecraftiano y la fantasía volvieron a encontrarse alrededor de una mesa.

El sábado 10 de octubre, la Biblioteca Popular General Manuel Obligado de Reconquista fue escenario de una nueva edición de RecoRol, el encuentro lúdico que reúne a aficionados a los juegos de rol, de mesa y de cartas coleccionables durante una tarde gris, ideal para pasar unas horas en un evento al que llegué cargado de interrogantes.

La convocatoria, ambientada esta vez en el espíritu de Halloween, ofrecía una oportunidad para acercarse a una comunidad que, aunque quizá no siempre ocupe el centro de la escena cultural, tiene mucho para contar.


Había por lo menos veinticinco jóvenes, de entre dieciséis y veinticinco años aproximadamente. De un lado de la sala, tres mesas de rol concentraban buena parte de la actividad, cada una con su propio universo y sus particulares invitaciones a la aventura. Del otro, varias mesas repletas de cartas completaban la escena.

Una de las mesas de rol se orientaba hacia la ciencia ficción y la locura: Mothership. Otra se internaba en los territorios del horror lovecraftiano: Cthulhu Dark, donde la razón humana se enfrenta a fuerzas que la exceden. La tercera se inclinaba hacia la fantasía: Numenera, ese territorio poblado de criaturas, hazañas y mundos que obedecen a leyes diferentes de las nuestras. En definitiva, tres mesas, tres maneras de imaginar lo desconocido.

La distribución tenía algo de pequeña cartografía de la ficción especulativa. La ciencia ficción proponía mirar hacia otros futuros; el universo lovecraftiano, asomarse a los abismos de lo incomprensible; la fantasía, habitar realidades donde lo imposible forma parte de lo cotidiano. Sin necesidad de grandes escenarios ni efectos especiales, cada mesa constituía una puerta de entrada a otra realidad, poblada de planillas, dados de muchos colores, personajes ensimismados en sus roles, algunos participantes ataviados con disfraces, mates, galletitas y lápices de colores. Todos, además, tenían la mejor predisposición para despejar mis dudas cuando me acercaba a interrumpirlos.

Pero RecoRol tiene una historia que excede esta convocatoria particular. En conversación con Nicolás Quarín, uno de los responsables de la organización, me enteré de que el encuentro se realiza mensualmente en la biblioteca desde aproximadamente 2016, con la interrupción de la pandemia. Casi diez años de continuidad constituyen un dato significativo para una iniciativa cultural de estas características, sostenida en el tiempo alrededor de una afición que todavía suele ocupar un lugar marginal en las agendas culturales tradicionales.



Según Nicolás, la respuesta del público sigue siendo positiva. Además, Reconquista cuenta con una particularidad: RecoRol es uno de los pocos espacios del interior donde se organizan encuentros de este tipo. La persistencia de la convocatoria demuestra que existe una comunidad interesada en los juegos de rol y que, cuando se le ofrece un lugar de reunión, esa comunidad responde. También pone de relieve la importancia de la buena predisposición de la biblioteca, que abre sus puertas un sábado para hacer posible el encuentro.

La experiencia más interesante de la visita, sin embargo, no estuvo solamente en las partidas. También apareció en las conversaciones. La predisposición de los jóvenes al diálogo fue excelente. Hubo interés, intercambio de ideas y una disposición genuina a compartir conocimientos y escuchar al interlocutor. No se trataba simplemente de observar desde afuera una afición ajena, sino de acercarse a personas dispuestas a explicar lo que hacen, compartir sus intereses y participar de una conversación abierta.

Ese aspecto merece destacarse. A veces, cuando se habla de las nuevas generaciones, se recurre con demasiada facilidad a los lugares comunes: el aislamiento, la falta de diálogo, el encierro detrás de las pantallas de los celulares. Sin embargo, la experiencia de RecoRol me permitió observar otra escena: jóvenes reunidos alrededor de una actividad compartida, conversando sobre sus intereses y construyendo un espacio en el que el conocimiento circula en ambas direcciones.

Porque jugar al rol exige algo más que conocer reglas. Requiere escuchar, tomar decisiones, negociar con los demás, interpretar situaciones y aceptar que una historia puede desviarse de los planes iniciales. En una de las mesas, justo cuando llegué, uno de los chicos estaba a punto de morir en el vacío del espacio exterior. Sin embargo, todos reíamos.

El azar interviene, por supuesto, pero también lo hacen la imaginación y la capacidad de construir colectivamente. Una partida es, en cierto sentido, una narración que nadie controla por completo.

No es casual que estos géneros encuentren un lugar natural en los juegos de rol. Todos comparten una misma inquietud: ¿qué sucede cuando abandonamos, aunque sea por un rato, las certezas de nuestro mundo?

Quizás por eso estos encuentros tengan un interés que excede el entretenimiento. En ellos hay una dimensión social, una forma de aprendizaje y una experiencia narrativa que se construye entre varias personas. Sentarse a una mesa, escuchar a los demás y participar de una historia común adquiere un valor particular en una época en la que tantas interacciones parecen reducirse a mensajes breves y respuestas automáticas.



RecoRol ofrece precisamente eso: un espacio para encontrarse, compartir una pasión y descubrir que la imaginación no tiene por qué ser una actividad solitaria. Los dados, las cartas y los personajes son los instrumentos visibles; detrás de ellos hay conversaciones, complicidades y una comunidad que se construye partida tras partida.

Me fui con la impresión de que allí había algo más que un grupo de aficionados reunidos para pasar una tarde. Había jóvenes con intereses definidos, ganas de compartirlos y una disposición al diálogo que desarma algunos prejuicios demasiado extendidos. Y había también una iniciativa que, después de años de encuentros mensuales, sigue convocando a quienes encuentran en el juego una forma de reunirse y crear.

Al final, quizá toda buena partida de rol comience de la misma manera: alguien propone un mundo, los demás aceptan la invitación y, a partir de ahí, nadie sabe exactamente qué va a suceder. En RecoRol, al menos por unas horas, esa incertidumbre se convierte en una virtud. Y los mundos imaginarios, lejos de alejarnos de los demás, pueden ser justamente aquello que nos reúne.

07 octubre 2026

La séptima víctima, o la deportivización de la violencia.

 


A esta altura de la vida ya estamos todos de acuerdo, más o menos, acerca de que podemos entender por distopía básicamente como a una sociedad ficticia indeseable que ocasiona la alienación del ser humano. De inmediato nos vienen a la mente obras fundantes del género como 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz o Nosotros, entre muchas otras.

Estas obras, clásicas hoy, no han hecho otra cosa que reflejar los miedos que las sociedades, a partir del siglo XX, han sabido sufrir en nuestra cada vez más compleja sociedad. En términos generales han reflejado el miedo a los totalitarismos extremos, el dominio total del ser humano, el desarrollo de tecnologías difíciles de controlar, las catástrofes nucleares, los colapsos civilizatorios, sean biológicos o cibernéticos, o en definitiva, de la manera que prefiramos matarnos.

Sin embargo, un elemento rector de estas obras de la ciencia-ficción distópica es la reiterada idea de que el totalitarismo de turno debe controlar a su grupo humano por los medios que tenga a su alcance y uno de esos medios es la regulación de la violencia humana ya sea a través del control de la mente, el direccionamiento del pensamiento, los deportes o las falsas noticias.

La ciencia-ficción puesta a opinar sobre el deporte ha tenido una visión más bien negativa. Así podemos ver en 1984 cómo el personaje principal debe hacer ejercicio obligadamente frente al televisor, que controla su vida privada, cada vez que despierta o, en Rollerball, donde vemos cómo una sociedad híper violenta canaliza ese estado a través de disputas a muerte televisadas para las grandes masas reprimidas.

Es decir, la violencia es reglada para canalizarla y, en ese sentido, es la deportivización de la violencia que podemos ubicar casi como un subgénero literario. Ejemplos abundan, algo similar vamos a encontrar en La carrera de la muerte del año 2000, o Los juegos del hambre, por solo mencionar algunas obras al azar.

En abril de 1953, en la revista Galaxy Science Fiction, se publica el cuento La séptima víctima, de Robert Sheckley (Estados Unidos. 1928-2005). Este escritor apareció en la escena literaria norteamericana allá por el año 1952 en la revista Imagination y desde sus comienzos se caracterizó por el tono inteligente e imaginativo de sus relatos, a la par que cargados de un humor muy peculiar.

Esta obra se ubica entre lo que los críticos consideran su mejor etapa, la que corre de 1952 a finales de la década. Por ello parece ser un experto en estas lides de correr por tu vida, ya que por otro lado también ha participado en filmes de la talla de Freejack, de 1992 o Dead Run, de 1967.

En este breve relato nos encontramos con una sociedad capitalista que ha sobrevivido a la cuarta o sexta guerra mundial, no lo saben bien, pero lo que sí saben es que el control de la violencia de los hombres fue canalizada por la MCE, el Ministerio de la Catarsis Emocional.

A través de esta oficina han encontrado la manera de acabar con las guerras, dada la imperiosa necesidad de una paz duradera, permanente, y a la par obedecía a una razón puramente práctica, pues el mundo estaba al borde de la aniquilación. Una de las sentencias más interesantes en el relato es el que hace referencia a que:


“...aquellos que establecieron la paz se vieron obligados... a tener en cuenta el postulado según el cual una fracción importante de la humanidad es movida por la violencia. Los hombres no son seres celestiales. Tampoco son monstruos infernales. Sencillamente, son seres humanos que manifiestan un elevado grado de agresividad, de combatividad…”

La trama del relato es sencilla, para canalizar la violencia se crea este Ministerio que será el encargado de gestionar la violencia humana desde un punto de vista casi deportivo, una cacería humana urbana que solo acaba con la muerte de los participantes dejado a solo uno con vida.

Quien resulta sorteado como asesino debe matar a quien ha sido asignado como su víctima, pero esta víctima puede defenderse y asesinar a su perseguidor. Quien sobreviva debe invertir su rol en la próxima contienda. Así quien se cargue a diez víctimas, y por consiguiente a diez victimarios, podrá ingresar en el selecto grupo de El club de los diez.

Este grupo está rodeado de lujos y privilegios que los coloca en la cima de la sociedad y por ende es esta cacería una forma de ascenso social para los menos beneficiados. Capitalismo puro y duro que considera que la competencia, el amor a la lucha, el valor frente al adversario, son valores positivos y una idea que deja pasmado:


“...el gusto por la violencia estaba unido a la ingeniosidad, a la adaptabilidad, al dinamismo humano...”

El relato fue llevado al cine, aunque no de una forma tan cruda, en 1965 por Elio Petri y protagonizado por Marcello Mastroianni y Ursula Andress. Si bien el film tiene algunas diferencias con el cuento, esta mantiene su espíritu.

El filme transcurre en un hoy no tan lejano año 2079 después de la Tercera Guerra Mundial. La trama se mantiene en líneas generales con el relato de Robert Sheckley, es decir, las personas deben luchar por su vida en una cacería humana urbana.


The 10th Victim no deja de ser una obra distópica que critica abiertamente la política de los años 60 del siglo pasado.

Por otro lado, cabe acotar que el relato tiene un giro inesperado pero previsible que lo cierra dignamente en lo que podría ser una influencia en Sheckley del creciente rol de la mujer en la sociedad de segunda mitad del siglo XX, aunque para el personaje principal el hecho de que una mujer participe en estas competencias era algo ya de por sí muy poco femenino.

Unas pequeñas obras de la distopía sesentera que nos dice que la guerra había dejado de ser un problema colectivo para serlo ahora individual y, si es televisado, como en el caso del film, mucho mejor.

Artículo originalmente publicado en:

👉 https://www.ciencia-ficcion.com/varios/firmas/f20240114m.htm

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