En 1846, Fiódor Dostoievski publicó El doble, una de sus primeras novelas que, paradójicamente, contó con dos versiones, dado que en 1866 decidió reescribirla frente a las críticas negativas que tuvo la versión anterior. En ella se relata la progresiva desintegración psicológica del protagonista, Yákov Goliadkin, un retraído funcionario del Zar Nicolás I que enfrenta la aparición de un hombre idéntico a sí mismo, un doble, que comenzará a ocupar su lugar primero en la jerarquía burocrática y luego en la sociedad.
¿Puede enseñarnos algo un personaje de mediados del siglo XIX respecto a
los problemas que enfrentamos con nuestra existencia digital? ¿Es posible jugar
con la idea de que algunos de los conflictos que se suscitan
entre el «yo real», el Goliadkin mayor, y el «yo digital», el Goliadkin menor,
marcan un paralelo familiar para nosotros?
En
este sentido, la obra de Dostoievski parece casi profética. Para ello, debemos
detenernos en las consecuencias no deseadas de una modernidad que nos ha
enfrentado a una existencia digital en la que el ser humano es reducido a mera
información y obligado a la producción permanente, al decir de Byung-Chul Han,
de tal manera que, tanto en la vida real como en el mundo digital, nos vemos finalmente
arrojados a enfrentar un «yo real» en una competencia desigual ante un «yo
digital» perfeccionado o más pulido.
En
El doble este enfrentamiento lleva a
Goliadkin a una espiral descendente de locura, ya que le resulta imposible estar
a la altura de su doble. ¿Y no suena esto muy parecido al desdoblamiento de
nuestra personalidad en las redes sociales? Veamos. En este primer cuarto del
siglo XXI, una de las premisas fundamentales es que cada uno debe crear su
imagen «ideal» en los entornos virtuales. En Volverse público, Boris Groys advierte que convertirse o
autodiseñarse como una «obra» de esta naturaleza no solo provoca placer, sino
también la preocupación de quedar sujeto de una manera radical a la mirada del
otro. En ese sentido, hoy todos somos una obra (de arte) en las redes sociales.
Si
buscamos otro paralelismo con el pobre Goliadkin, este también va a librar una
batalla perdida de antemano contra su doble, mejor adaptado o más cercano a un
ideario de perfección. En un pasaje de la novela, por ejemplo, el doble acaba
apropiándose de un trabajo realizado por Goliadkin y aquel recibe los elogios frente
a todos. Entonces el original cae en el ridículo al intentar explicar la jugada
del doble. Sin embargo, este finge inocencia, se ríe y da palmaditas amistosas
manipulando así las apariencias. En otra oportunidad, el doble se acerca al
original y lo humilla ante sus camaradas, le toca el vientre, le habla en tono
burlón, lo trata como a un loco. Así, con esos mínimos pero calculados gestos,
va minando la posición social del Goliadkin original.
De
esta forma, Dostoievski logra expresar a la perfección que el talento emocional
y la capacidad para entender cómo funciona el mundo social del Goliadkin
duplicado triunfan ante la rigidez emocional o las escasas armas sociales del Goliadkin
original. En consonancia con esto, la construcción del «yo virtual» actual,
producto de la exposición mediática, no produce más que personas artificiales
pasadas por varios filtros, tanto estéticos como ideológicos, a través de la
creación de narrativas públicas que no suelen condecirse con el «yo real».
Ingresar
a Instagram, como en otras
redes sociales, se transforma así en la experiencia de visitar un «valle
inquietante», al decir de Agustín Berti en Imagen
comdicional: Cálculo y percepción, dado que, en definitiva, en el mundo
digital nuestros dobles aparecen performatizados, cubiertos por una pátina de
belleza o pureza, y, en definitiva, más perfectos frente a las fallas y
ansiedades del «yo real», que trabaja para su doble en busca de validación en likes y seguidores.
Bajo
esta premisa, vamos a ver a Goliadkin sufrir un serio conflicto de identidad,
dado que enfrenta un rival mejor que él, lo que a la postre le generará un
problema de autojustificación. Frente a su incapacidad para moverse en la sociedad,
su doble mostrará una adaptación social plena que va a contradecir al original.
Y esto lo arrastrará a una pérdida progresiva de su identidad y del control
sobre sí mismo, hasta sentirse «borrado».
Al igual que en nuestra existencia digital, la identidad que enfrenta Goliadkin se presenta bien estilizada y construida a la medida de
un «yo virtual» situado en el medio de su jerarquía social. ¿Y acaso no es este
el mismo principio de las identidades construidas para una «red social» en
busca de una distinción en la vida
pública online? Esto no solamente protege nuestros cuerpos biológicos, al decir
de Groys, sino que nos permite dar paso al nacimiento de otro ser que será,
básicamente, solo para ser objeto de contemplación. Lo que, según Éric Sadin en
La era del individuo tirano, nos lleva
a un nuevo estado de naturaleza basado en la subjetividad de cada cual, que conduce
a su vez a la autosuficiencia y el alejamiento del prójimo.
El
impacto en la psicología individual o colectiva de estos procesos es relevante,
por eso Goliadkin enferma cuando su doble se presenta en sociedad haciéndole
trapisondas y dejándolo mal parado, de igual manera que, en nuestro caso, un
doble en la sociedad digital muestra mejores atributos sociales y adquiere
mayor éxito. En la novela, el doble va robando el lugar del original en el
mundo, un mundo que todavía es analógico y concreto.
Entre
todas las peripecias que sufre Goliadkin trasladadas a nuestro presente, la
deshumanización, la ansiedad y la fragilidad psicológica, entre otras, son las
consecuencias de la ventaja que da, en algunos casos, el anonimato o la simple
y llana suplantación, que en la novela utiliza el doble para obtener ventajas
frente al personaje real. Esto no hace otra cosa que redundar en la pérdida de
control sobre el «yo virtual» y en la consecuente fragmentación del yo.
Así
veremos a un Goliadkin timorato y carente de recursos de adaptabilidad social
frente a su doble, un ser que goza de todos ellos para triunfar en su entorno. ¿No
se parece demasiado, en nuestro caso, al ejercicio cotidiano de mostramos con una
imagen de nosotros mismos «mejorada» para el mundo virtual?
Pero,
¿qué sucede cuando ese «yo real» no puede estar a la altura del «yo virtual»?
Es el momento en que comenzamos a generar ansiedades por la búsqueda de esos likes y seguidores: el «yo digital»
entra así en una constante re-edición de su vida, en lo que es una producción
permanente y sin descanso de una identidad estilizada y que funciona como un
segundo yo. En el caso de Goliadkin, este tratará por todos sus medios de
ponerse a la altura de su doble, pero como ya lo adelanté, su batalla estará
perdida de antemano. Entonces, ¿Cómo enfrentar la perfección de nuestro perfil
público y salir indemnes?
Esa
similitud insuficiente de seres parecidos a nosotros en las redes no es más que
lo que sufre Goliadkin al enfrentar a su doble 2.0 sin los atributos de este.
Dostoievski, fiel al psicologismo que confiere a sus personajes, acaba en El
doble con la vida de un hombre totalmente desplazado, engullido por ese
otro, por su doble victorioso. De esta forma, acabamos todos en lo que
podríamos denominar el «valle inquietante», poblado de seres sumamente
parecidos a nosotros pero más perfectos, más pulidos, más presentables y
destacados que el «yo real».
A
modo de conclusión, llegarán preguntas a modo de reflexiones. ¿Y si no somos
más que desconocidos para nosotros mismos? ¿Y si al vernos frente a ese espejo
que es el mundo digital tampoco logramos reconocernos? ¿No hay un temor a ser
quienes realmente somos? Y, quizás mucho peor, ¿Cuánto miedo nos provoca lo que
queremos pero no nos atrevemos a ser?
Artículo originalmente publicado en: Revista Tántalo Nro. 2 (https://revistatantalo.com/)





























