22 octubre 2026

Hologramas, fotografía y cine en la temprana ciencia ficción latinoamericana.


Mucho se ha dicho que la ciencia ficción latinoamericana es más literaria que científica, que no abunda en explicaciones técnicas, como sí lo ha hecho parte de la literatura anglosajona, a la que se ha denominado ciencia ficción dura. Al momento de comenzar con este texto, me vi tentado a titularlo: «¿Es esto seudociencia ficción dura latinoamericana?».

Veamos.

La fotografía y el cine, con sus famosos veinticuatro fotogramas por segundo que crean la ilusión de movimiento en la pantalla, dieron a los escritores que abordaremos material de inspiración para sus creaciones literarias. Estos se permitieron jugar con la imaginación tecnológica que posibilitaba la época, con la imagen tanto fija como en movimiento y, por qué no, con la idea del holograma, así como con la de réplicas cuasiperfectas y espectros robados de la pantalla, como personas que se confunden con las imágenes. Todo podía pasar por la mente de estos autores, muchos años antes de The Purple Rose of Cairo (1985) o Last Action Hero (1993).

El culmen de esta temática, la de la tecnología de la imagen, estará dado por La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares [1], publicada en 1940. Considerada una de las grandes obras de la ciencia ficción latinoamericana, rompió las fronteras de su continente para llegar a lectores de todo el mundo, traducida incontables veces. La novela presenta una isla que sumerge al personaje principal en una realidad virtual, en una tecno-distopía creada por Morel.

Sin embargo, justo es hacer un recorrido histórico por algunos autores que trataron esta temática. La importancia de la fotografía y el cine en la obra de Quiroga es patente en los relatos que abordaremos, dado que abunda en el cliché de la actriz bonita, de ojos sensuales, que enamora hasta el punto de ser idealizada, como sucede en Miss Dorothy Phillips, mi esposa. Aunque también vale la pena traer a colación dos relatos, El retrato y La cámara oscura, en los que la imagen fotográfica, desde distintos ángulos, juega un papel fundamental en la trama.

Por otro lado, en la nouvelle El Dr. Kulmann, publicada en 1926 por el español Ramón Junoy (1875-1951), radicado en Costa Rica, se crean hologramas para reconstruir el pasado y resolver crímenes.

Ramón Junoy fue un médico y sacerdote católico que se radicó en Costa Rica luego de pasar por Ecuador. A todas luces, esta es una producción enmarcada en la ciencia ficción más clásica, aunque de corte filosófico y con una estructura propia del género policial. Se trata de su segunda novela.

La idea ya la he visto en alguna película de los años setenta del siglo pasado. A través de la última imagen que queda grabada en la víctima se puede esclarecer quién fue su matador o, mejor dicho, qué fue lo que observó antes de perecer. Esto se logra por medio de un escaneo del cerebro que opera como una máquina fotográfica capaz de capturar esa imagen retenida en él. Es, en definitiva, un sintetizador de imágenes.

Como se puede esperar en este tipo de relatos, no se ahonda demasiado en las cualidades técnicas ni en las teorías científicas, por lo que esta nouvelle está alejada de la ciencia ficción dura, pero se inscribe en la vertiente más literaria de la ciencia ficción latinoamericana.

En definitiva, el Dr. Kulmann, junto a su fiel ladero, se propone resolver un crimen que tendrá interesantes derivaciones policiales.

Por su parte, Horacio Quiroga (1878-1937), de quien ya comentamos algo [2], merece un amplio párrafo aparte. Se conocen cerca de trescientos cuentos y relatos suyos, no todos publicados en medios argentinos. Tras una vida intensa, acabó suicidándose en 1937.


De las obras que acá nos interesan podemos decir que son relatos cortos que ahondan en personajes con mentes atormentadas o enfermas, que sufren por amor y tienen como trasfondo un artilugio tecnológico que sirve de sustento a la narración.

Se trata de una tecnología casi mágica, que permite a los actores de cine revivir cada vez que se proyecta una de sus películas o cobrar venganza desde el telón en el que se proyecta su imagen.

(Horacio Quiroga)


El cine en la obra de Quiroga

Los cambios urbanos que se producían en las grandes ciudades latinoamericanas de principios del siglo XX sirvieron de disparadores para la creación literaria. En el caso de Horacio Quiroga, los novísimos medios masivos de comunicación, como la radio y el cine, generaron una honda impresión. En particular, el cine, del que fue un fanático de las películas de la época, lo llevó a escribir una gran cantidad de notas y críticas cinematográficas entre 1918 y 1930.

Miss Dorothy Phillips, mi esposa es una declaración de intenciones al establecer el canon de belleza de la época y las pretensiones estéticas a la hora de elegir una mujer para casarse.


Para Quiroga, en estos cuentos hay más vida que imagen en esas mujeres femme fatale que vuelven locos a hombres de bien o los transforman en amantes desbocados, dominados por deseos irreprimibles.

Con ello parece querer decir que los mundos del cine y de la vida real tienen puntos de contacto en los que, como en la teoría de cuerdas, cuando se tocan permiten que algo pase al otro lado. Lo que para unos sería la propia interacción entre espectador y filme, en Quiroga es una fantasía que no siempre termina bien: fantasmas que circulan entre ambos mundos, humanos que quedan atrapados, enloquecen y se suicidan. Algo tan propio de los años treinta del siglo pasado.

En El puritano (Más allá, 1935), los actores muertos de Hollywood se dan cita, cual fantasmas penitentes, en reuniones intangibles. Son seres bucólicos que aceptan esa realidad cuando las luces de los estudios se apagan. Sin embargo, una mujer, actriz de carrera meteórica que se ha suicidado, no puede hallar la paz:

 «... Ella vivía a medias, sufría con fidelidad la pasión de sus personajes. Cuando nuestros films se exhibían, nosotros, como ya he advertido, desaparecíamos de la tertulia...».


 Entonces sufre por un amante imposible: el puritano, que ha dejado de ir a verla al cine.

 «... Somos un instante; tal vez imperecedero, pero un solo instante espectral. El film y la proyección que nos han privado del sueño eterno nos cierran el mundo, fuera de la pantalla, a cualquier otro interés».

 En El vampiro (Más allá, 1935) encontramos características similares. Un amante del cine se dedica a tratar de traer a la vida a una actriz por la que ha perdido la cabeza, pero ella se dedica a vampirizarlo, a quitarle su energía vital día a día, sin que él pueda hacer nada. Dice el cuento:

 «... Encerrarse en las tinieblas como una placa sensible ante los ojos y contemplarla hasta imprimir en ella los rasgos de una mujer amada...».

 En esta oportunidad, la explicación de tal fenómeno la aportan los rayos X, que acá se denominan rayos N1. Con tales rayos se pueden producir ciertos fenómenos ópticos hasta llegar a generar un ser vivo por medio de emanaciones visuales:

 «... si la retina impresionada por la ardiente contemplación de un retrato puede influir sobre una placa sensible al punto de obtener un “doble” de ese retrato, del mismo modo las fuerzas vivas del alma pueden, bajo la excitación de tales rayos emocionales, producir, si no “crear”, una imagen en un circuito visual y tangible...».

 El espectro resultante, una bella actriz de Hollywood, es descubierto por el amigo del protagonista, que ve la situación desde otra perspectiva y le advierte:

 «¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle!».

Pero ya es tarde.

En El espectro (El desierto, 1924), vemos cómo se cumple esa lógica de espectador y filme, dos mundos que se tocan. En este caso, se trata de un actor fallecido que no aprueba la relación amorosa de su esposa con su mejor amigo.


Los amantes intentan reprimir sus deseos después de la muerte del actor, pero las pasiones los arrastran al contacto físico y también al morbo de ver la última película estrenada póstumamente.

 «... ¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado?».

 El actor despechado y traicionado, en cada exhibición del filme, logra enloquecer a los amantes, que no pueden dejar de ir a ver la película. Finalmente, terminan perdiendo la razón ante lo que creen que es el espectro cinematográfico del actor muerto, capaz de verlos desde la sala del cine. Esto los lleva a la locura y al posterior suicidio.

 

«... ¡Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros! ... Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los espectros fotográficos...».

 Otro escritor que trató el tema de la imagen en movimiento como elemento central de una creación artística fue Clemente Palma [3] (1872-1942), con su novela XYZ (1935), una novela grotesca, según la define él mismo, que ya hemos tratado en otra oportunidad.

Solo podemos agregar que, en este caso, el uso de la clonación por medio de la energía nuclear, o algo parecido, sirve para que el personaje principal, Rolland Poe, se haga con una isla, al mejor estilo del Dr. Moreau. Pero, en vez de engendros, acumula, a modo de harén, a las más bellas mujeres de Hollywood y coloca a Rodolfo Valentino como cuidador de sus actrices.

Estos homúnculos, de corta vida, serán la perdición del personaje principal. Otra vez asistimos al tópico del hombre ilustrado, científico y de bien que pierde la cabeza por una bella mujer, o varias, en este caso.                                                                                                                                  (Clemente Palma)

Sin dudas, esta obra también podría calificarse como una que aborda el tema del doble: un doble que surge de una alquimia tecnologizada al servicio de algo tan banal como los deseos carnales y el entretenimiento, pero que se sirve de la incipiente ciencia nuclear para tales objetivos.

Por último, tenemos la obra de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel, ese objeto artificial, según lo define el gran Borges en su prólogo a la novela. En ella, un hombre prófugo de la justicia persigue en una isla a su Faustine, un espectro cinematográfico, un ser etéreo, una entelequia tecno-distópica... Pero eso será en otra entrega.

 

Texto original publicado en: https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03142.htm

 Notas

[1] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03089.htm

[2] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op03112.htm

[3] https://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op02982.htm

11 octubre 2026

Tres mesas hacia lo desconocido: una visita a RecoRol

 

Desde aproximadamente 2016, RecoRol convoca mensualmente en la Biblioteca Popular General Manuel Obligado de Reconquista a una comunidad de aficionados a los juegos de rol. En su edición especial de Halloween, la ciencia ficción, el horror lovecraftiano y la fantasía volvieron a encontrarse alrededor de una mesa.

El sábado 10 de octubre, la Biblioteca Popular General Manuel Obligado de Reconquista fue escenario de una nueva edición de RecoRol, el encuentro lúdico que reúne a aficionados a los juegos de rol, de mesa y de cartas coleccionables durante una tarde gris, ideal para pasar unas horas en un evento al que llegué cargado de interrogantes.

La convocatoria, ambientada esta vez en el espíritu de Halloween, ofrecía una oportunidad para acercarse a una comunidad que, aunque quizá no siempre ocupe el centro de la escena cultural, tiene mucho para contar.


Había por lo menos veinticinco jóvenes, de entre dieciséis y veinticinco años aproximadamente. De un lado de la sala, tres mesas de rol concentraban buena parte de la actividad, cada una con su propio universo y sus particulares invitaciones a la aventura. Del otro, varias mesas repletas de cartas completaban la escena.

Una de las mesas de rol se orientaba hacia la ciencia ficción y la locura: Mothership. Otra se internaba en los territorios del horror lovecraftiano: Cthulhu Dark, donde la razón humana se enfrenta a fuerzas que la exceden. La tercera se inclinaba hacia la fantasía: Numenera, ese territorio poblado de criaturas, hazañas y mundos que obedecen a leyes diferentes de las nuestras. En definitiva, tres mesas, tres maneras de imaginar lo desconocido.

La distribución tenía algo de pequeña cartografía de la ficción especulativa. La ciencia ficción proponía mirar hacia otros futuros; el universo lovecraftiano, asomarse a los abismos de lo incomprensible; la fantasía, habitar realidades donde lo imposible forma parte de lo cotidiano. Sin necesidad de grandes escenarios ni efectos especiales, cada mesa constituía una puerta de entrada a otra realidad, poblada de planillas, dados de muchos colores, personajes ensimismados en sus roles, algunos participantes ataviados con disfraces, mates, galletitas y lápices de colores. Todos, además, tenían la mejor predisposición para despejar mis dudas cuando me acercaba a interrumpirlos.

Pero RecoRol tiene una historia que excede esta convocatoria particular. En conversación con Nicolás Quarín, uno de los responsables de la organización, me enteré de que el encuentro se realiza mensualmente en la biblioteca desde aproximadamente 2016, con la interrupción de la pandemia. Casi diez años de continuidad constituyen un dato significativo para una iniciativa cultural de estas características, sostenida en el tiempo alrededor de una afición que todavía suele ocupar un lugar marginal en las agendas culturales tradicionales.



Según Nicolás, la respuesta del público sigue siendo positiva. Además, Reconquista cuenta con una particularidad: RecoRol es uno de los pocos espacios del interior donde se organizan encuentros de este tipo. La persistencia de la convocatoria demuestra que existe una comunidad interesada en los juegos de rol y que, cuando se le ofrece un lugar de reunión, esa comunidad responde. También pone de relieve la importancia de la buena predisposición de la biblioteca, que abre sus puertas un sábado para hacer posible el encuentro.

La experiencia más interesante de la visita, sin embargo, no estuvo solamente en las partidas. También apareció en las conversaciones. La predisposición de los jóvenes al diálogo fue excelente. Hubo interés, intercambio de ideas y una disposición genuina a compartir conocimientos y escuchar al interlocutor. No se trataba simplemente de observar desde afuera una afición ajena, sino de acercarse a personas dispuestas a explicar lo que hacen, compartir sus intereses y participar de una conversación abierta.

Ese aspecto merece destacarse. A veces, cuando se habla de las nuevas generaciones, se recurre con demasiada facilidad a los lugares comunes: el aislamiento, la falta de diálogo, el encierro detrás de las pantallas de los celulares. Sin embargo, la experiencia de RecoRol me permitió observar otra escena: jóvenes reunidos alrededor de una actividad compartida, conversando sobre sus intereses y construyendo un espacio en el que el conocimiento circula en ambas direcciones.

Porque jugar al rol exige algo más que conocer reglas. Requiere escuchar, tomar decisiones, negociar con los demás, interpretar situaciones y aceptar que una historia puede desviarse de los planes iniciales. En una de las mesas, justo cuando llegué, uno de los chicos estaba a punto de morir en el vacío del espacio exterior. Sin embargo, todos reíamos.

El azar interviene, por supuesto, pero también lo hacen la imaginación y la capacidad de construir colectivamente. Una partida es, en cierto sentido, una narración que nadie controla por completo.

No es casual que estos géneros encuentren un lugar natural en los juegos de rol. Todos comparten una misma inquietud: ¿qué sucede cuando abandonamos, aunque sea por un rato, las certezas de nuestro mundo?

Quizás por eso estos encuentros tengan un interés que excede el entretenimiento. En ellos hay una dimensión social, una forma de aprendizaje y una experiencia narrativa que se construye entre varias personas. Sentarse a una mesa, escuchar a los demás y participar de una historia común adquiere un valor particular en una época en la que tantas interacciones parecen reducirse a mensajes breves y respuestas automáticas.



RecoRol ofrece precisamente eso: un espacio para encontrarse, compartir una pasión y descubrir que la imaginación no tiene por qué ser una actividad solitaria. Los dados, las cartas y los personajes son los instrumentos visibles; detrás de ellos hay conversaciones, complicidades y una comunidad que se construye partida tras partida.

Me fui con la impresión de que allí había algo más que un grupo de aficionados reunidos para pasar una tarde. Había jóvenes con intereses definidos, ganas de compartirlos y una disposición al diálogo que desarma algunos prejuicios demasiado extendidos. Y había también una iniciativa que, después de años de encuentros mensuales, sigue convocando a quienes encuentran en el juego una forma de reunirse y crear.

Al final, quizá toda buena partida de rol comience de la misma manera: alguien propone un mundo, los demás aceptan la invitación y, a partir de ahí, nadie sabe exactamente qué va a suceder. En RecoRol, al menos por unas horas, esa incertidumbre se convierte en una virtud. Y los mundos imaginarios, lejos de alejarnos de los demás, pueden ser justamente aquello que nos reúne.

07 octubre 2026

La séptima víctima, o la deportivización de la violencia.

 


A esta altura de la vida ya estamos todos de acuerdo, más o menos, acerca de que podemos entender por distopía básicamente como a una sociedad ficticia indeseable que ocasiona la alienación del ser humano. De inmediato nos vienen a la mente obras fundantes del género como 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz o Nosotros, entre muchas otras.

Estas obras, clásicas hoy, no han hecho otra cosa que reflejar los miedos que las sociedades, a partir del siglo XX, han sabido sufrir en nuestra cada vez más compleja sociedad. En términos generales han reflejado el miedo a los totalitarismos extremos, el dominio total del ser humano, el desarrollo de tecnologías difíciles de controlar, las catástrofes nucleares, los colapsos civilizatorios, sean biológicos o cibernéticos, o en definitiva, de la manera que prefiramos matarnos.

Sin embargo, un elemento rector de estas obras de la ciencia-ficción distópica es la reiterada idea de que el totalitarismo de turno debe controlar a su grupo humano por los medios que tenga a su alcance y uno de esos medios es la regulación de la violencia humana ya sea a través del control de la mente, el direccionamiento del pensamiento, los deportes o las falsas noticias.

La ciencia-ficción puesta a opinar sobre el deporte ha tenido una visión más bien negativa. Así podemos ver en 1984 cómo el personaje principal debe hacer ejercicio obligadamente frente al televisor, que controla su vida privada, cada vez que despierta o, en Rollerball, donde vemos cómo una sociedad híper violenta canaliza ese estado a través de disputas a muerte televisadas para las grandes masas reprimidas.

Es decir, la violencia es reglada para canalizarla y, en ese sentido, es la deportivización de la violencia que podemos ubicar casi como un subgénero literario. Ejemplos abundan, algo similar vamos a encontrar en La carrera de la muerte del año 2000, o Los juegos del hambre, por solo mencionar algunas obras al azar.

En abril de 1953, en la revista Galaxy Science Fiction, se publica el cuento La séptima víctima, de Robert Sheckley (Estados Unidos. 1928-2005). Este escritor apareció en la escena literaria norteamericana allá por el año 1952 en la revista Imagination y desde sus comienzos se caracterizó por el tono inteligente e imaginativo de sus relatos, a la par que cargados de un humor muy peculiar.

Esta obra se ubica entre lo que los críticos consideran su mejor etapa, la que corre de 1952 a finales de la década. Por ello parece ser un experto en estas lides de correr por tu vida, ya que por otro lado también ha participado en filmes de la talla de Freejack, de 1992 o Dead Run, de 1967.

En este breve relato nos encontramos con una sociedad capitalista que ha sobrevivido a la cuarta o sexta guerra mundial, no lo saben bien, pero lo que sí saben es que el control de la violencia de los hombres fue canalizada por la MCE, el Ministerio de la Catarsis Emocional.

A través de esta oficina han encontrado la manera de acabar con las guerras, dada la imperiosa necesidad de una paz duradera, permanente, y a la par obedecía a una razón puramente práctica, pues el mundo estaba al borde de la aniquilación. Una de las sentencias más interesantes en el relato es el que hace referencia a que:


“...aquellos que establecieron la paz se vieron obligados... a tener en cuenta el postulado según el cual una fracción importante de la humanidad es movida por la violencia. Los hombres no son seres celestiales. Tampoco son monstruos infernales. Sencillamente, son seres humanos que manifiestan un elevado grado de agresividad, de combatividad…”

La trama del relato es sencilla, para canalizar la violencia se crea este Ministerio que será el encargado de gestionar la violencia humana desde un punto de vista casi deportivo, una cacería humana urbana que solo acaba con la muerte de los participantes dejado a solo uno con vida.

Quien resulta sorteado como asesino debe matar a quien ha sido asignado como su víctima, pero esta víctima puede defenderse y asesinar a su perseguidor. Quien sobreviva debe invertir su rol en la próxima contienda. Así quien se cargue a diez víctimas, y por consiguiente a diez victimarios, podrá ingresar en el selecto grupo de El club de los diez.

Este grupo está rodeado de lujos y privilegios que los coloca en la cima de la sociedad y por ende es esta cacería una forma de ascenso social para los menos beneficiados. Capitalismo puro y duro que considera que la competencia, el amor a la lucha, el valor frente al adversario, son valores positivos y una idea que deja pasmado:


“...el gusto por la violencia estaba unido a la ingeniosidad, a la adaptabilidad, al dinamismo humano...”

El relato fue llevado al cine, aunque no de una forma tan cruda, en 1965 por Elio Petri y protagonizado por Marcello Mastroianni y Ursula Andress. Si bien el film tiene algunas diferencias con el cuento, esta mantiene su espíritu.

El filme transcurre en un hoy no tan lejano año 2079 después de la Tercera Guerra Mundial. La trama se mantiene en líneas generales con el relato de Robert Sheckley, es decir, las personas deben luchar por su vida en una cacería humana urbana.


The 10th Victim no deja de ser una obra distópica que critica abiertamente la política de los años 60 del siglo pasado.

Por otro lado, cabe acotar que el relato tiene un giro inesperado pero previsible que lo cierra dignamente en lo que podría ser una influencia en Sheckley del creciente rol de la mujer en la sociedad de segunda mitad del siglo XX, aunque para el personaje principal el hecho de que una mujer participe en estas competencias era algo ya de por sí muy poco femenino.

Unas pequeñas obras de la distopía sesentera que nos dice que la guerra había dejado de ser un problema colectivo para serlo ahora individual y, si es televisado, como en el caso del film, mucho mejor.

Artículo originalmente publicado en:

👉 https://www.ciencia-ficcion.com/varios/firmas/f20240114m.htm

17 agosto 2026

El hombre que ya no puede estar solo y consigo mismo. Felipe Bochatay.

 



«Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo, solos, en una habitación». 
Blaise Pascal.


Hace unos años tomé la decisión de desayunar sin ver tele ni escuchar radio. Sin embargo, de un tiempo a la fecha esos momentos de la mañana me enfrentan a una dura prueba: qué hacer mientras bebo un café. ¿Solo beber el café? Es imposible. Durante esos minutos me enfrento a una carencia de distracción que mi cuerpo pide constantemente. Mis dedos tamborilean sobre el pocillo sin saber bien qué hacer.

Blaise Pascal, autor de la frase que encabeza este ensayo, fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XVII. Supo combinar la investigación científica con una profunda reflexión acerca de la condición humana. Eran épocas en las que, intuyo, la gente disponía de tiempo para sentarse a solas a mirar el techo y meditar, posiblemente porque en ese tiempo las obligaciones diarias de las redes sociales y el scroll infinito no los perjudicaban.

En su obra Pensamientos, a la que pertenece la frase, Pascal abordó, desde un punto de vista filosófico, algunas cuestiones esenciales tales como la fragilidad del ser humano, el sufrimiento o la búsqueda permanente y constante de distracción que lo aleje de un pensamiento profundo.

Por cierto, pocas frases de la historia de la filosofía han envejecido tan bien como esta observación. Escrita hace cuatrocientos años, mucho antes de la electricidad, que Internet y los smartphones, parece describir con precisión una escena cotidiana de nuestro tiempo: alguien que espera unos segundos en una fila, viaja en un ascensor o permanece sentado en un banco. Antes de que el silencio alcance a desplegarse colosal y ominoso, la mano busca automáticamente el teléfono. A menudo lo percibo, concedan diez segundos de silencio a dos personas que conversan y vean qué sucede. Surge una especie de horror vacui, no a los espacios vacíos sino al silencio o al reposo prolongado; un miedo atroz y la necesidad de escapar de la urgencia por unos minutos y, en definitiva, a quedarse a solas con uno mismo. Piénsese también en los niños, que se declaran en perpetuo estado de aburrimiento al minuto exacto de verse despojados de una pantalla.

Quizá el mayor acierto de Pascal consista en haber comprendido que el problema era interior, que es el ruido que nace de dentro del hombre el que nos da terror. Por eso buscamos incesantemente distracciones, el ruido de afuera, supongo que para escapar de nosotros mismos. Y es que hay una pregunta que atraviesa la historia del pensamiento occidental y que, sin embargo, parece haber adquirido una urgencia particular en nuestro tiempo: ¿qué sucede con el ser humano cuando pierde la capacidad de habitar su propia interioridad, de encontrarse a solas consigo mismo y sus pensamientos?

            No se trata de una cuestión psicológica de manual ni de una invitación mística a la introspección. Se trata mejor de la sospecha de que la civilización moderna, en su incesante impulso hacia la acción, la técnica y la productividad, ha ido vaciando ese espacio interior desde el cual el hombre piensa, duda, contempla y otorga sentido a su existencia.

A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI tuvimos, y tenemos, pensadores que, separados en todo caso por tradiciones filosóficas muy diferentes, convergen con sorpresa en este diagnóstico.

Emil Cioran, Ernesto Sábato y Byung-Chul Han, solo por citar algunos que he leído, describen, cada uno desde su propio horizonte, el mismo proceso que podríamos resumir en «empobrecimiento espiritual». Sus respuestas difieren porque ubican sus causas en remotos páramos. Sin embargo, estos tres parecen advertir que el hombre contemporáneo vive cada vez más hacia afuera y menos hacia adentro. Quizá ese sea el verdadero drama de la modernidad.

   Por ejemplo, en La caída en el tiempo, ensayo publicado en 1964, Emil Cioran construye, desde lo más potente del nihilismo, una de las críticas más penetrantes y demoledoras de la condición moderna. El hombre civilizado ha caído en el tiempo, dice. Esta es la tragedia de nuestra existencia. El ser humano, incapaz de detenerse y sometido al deseo, tanto como al tiempo y a la acción, aparece como un ser gobernado por una hiperactividad manifiesta. De esta forma trabaja, organiza, transforma el mundo, produce ideas, tecnologías, revoluciones y sistemas filosóficos con tal de no soportar el vacío. Toda su existencia parece orientada hacia la acción frente a la incapacidad para soportar el vacío.

Cioran sospecha que esa actividad permanente expresa un puro miedo al silencio, pues de ese modo el hombre moderno se enfrenta consigo mismo; de hecho, necesita hacer porque no soporta ser. La acción constituye una forma de evasión y en última instancia, su anestesia. El trabajo, la política, la historia e incluso el progreso son estrategias para evitar el encuentro con una conciencia que descubre su propia fragilidad.

Esta idea posee una profundidad que excede cualquier crítica social. Para Cioran, el problema no nace con la Revolución Industrial, ni con el capitalismo. Es mucho más antiguo. Comienza con aquello que interpreta como la verdadera caída del hombre: el surgimiento de la conciencia cuando fuimos expulsados del Paraíso.

Pero esta elección de la conciencia Cioran la ubica en un plano metafísico, en un hipotético estado de naturaleza, más precisamente al reinterpretar el relato bíblico del Génesis y la expulsión del paraíso.

Mientras el animal vive reconciliado con el instante, el hombre habita el tiempo dado que recordamos, proyectamos y tememos. Desde ese momento quedamos condenados a buscar fuera de nosotros lo que ya no encontramos dentro. La hiperactividad de nuestra era acaba siendo el síntoma de esa herida antigua y metafísica.

Una década antes que Cioran formulara esta idea, el argentino Ernesto Sábato, en Hombres y engranajes (1951), advierte que la civilización técnica ha comenzado a transformar al hombre según el modelo de la máquina dando lugar a que los criterios propios de la técnica —eficiencia, velocidad, rendimiento, utilidad— terminan colonizando la totalidad de la experiencia humana.

Sábato percibió que el individuo comenzaba a definirse por su función antes que por su misterio. Poco a poco desaparecían la contemplación, la lentitud, el ocio creador. Todo debía justificarse por su utilidad y así el hombre dejó de ser un fin para convertirse en un instrumento.

En este punto, Sábato establece un puente extraordinario entre Cioran y Han. Comparte con el primero la preocupación por la pérdida del mundo interior y anticipa en el segundo la crítica a una civilización organizada alrededor del rendimiento y el tecnologicismo. Sin embargo, introduce un elemento profundamente humanista. A diferencia de Cioran, que contempla la tragedia con un pesimismo casi absoluto y no en vano es el nihilista del siglo XX por excelencia, Sábato todavía cree posible rescatar ciertos espacios de resistencia.

No debemos olvidar que su última obra literaria, publicada a sus 89 años, es precisamente La resistencia (2000), un testamento espiritual y una advertencia urgente sobre los peligros que acechan a la condición humana en esta sociedad moderna, o mejor dicho, posmoderna o de la modernidad tardía, según el sociólogo al que se adhiera. Para Sábato el arte, la literatura, el amor, la solidaridad y la imaginación conservan la capacidad de recordar que el hombre nunca puede reducirse a una función económica.

Más de medio siglo después, Byung-Chul Han parece describir el desenlace de un proceso que Sábato ya comenzaba a vislumbrar y poner de manifiesto, no en vano fue el prototipo de científico candidato al Nobel argentino. En La sociedad del cansancio (2010), el filósofo coreano sostiene que la lógica del neoliberalismo ha transformado radicalmente la relación del individuo consigo mismo. Ya no vivimos bajo una sociedad disciplinaria, organizada alrededor de prohibiciones y órdenes externas. Ahora cada sujeto se convierte en empresario de sí mismo, con ello quiero decir que el individuo cree actuar libremente cuando en realidad reproduce voluntariamente las exigencias del sistema. Estas exigencias le exigen una mejora constante, aprender nuevas habilidades, permanecer disponible, responder inmediatamente, cuidar su imagen, optimizar su cuerpo y convertir cada aspecto de su vida en un proyecto productivo que debe ser sometido al escrutinio fatal del likeo.

Incluso el descanso adquiere una función económica. La consecuencia inmediata no es únicamente el agotamiento físico, se refleja también en una forma inédita de vaciamiento interior, pues, regresando a la breve anécdota del comienzo, el sujeto contemporáneo rara vez permanece consigo mismo. Cada instante libre es inmediatamente ocupado, y debe ser ocupado, por una notificación, una pantalla, una tarea pendiente, un momento productivo, es decir, nuevas oportunidades de optimización.

Resulta tentador pensar que estos autores obedecen a una misma línea de pensamiento. Pueden tener contactos, no hay nada de malo en ello; lo cierto es que los traje porque abordan, desde distintos ángulos, el mismo problema o fenómeno: la pérdida de la interioridad o el miedo al silencio.

Existe una escena cotidiana que probablemente ninguno de los tres filósofos llegó a observar exactamente en la forma actual, pero que todos habrían comprendido de inmediato. A saber: una persona espera el ascensor durante veinte segundos y, en lugar de permanecer simplemente allí, extrae el teléfono móvil y revisa compulsivamente cualquier contenido disponible dentro de lo que es ese scroleo infinito. Lo importante es evitar esos pocos segundos de vacío. Ese gesto resume buena parte de nuestra época. El tiempo sin estímulos produce inquietud y la soledad se experimenta como una carencia, una carencia de productividad.

A esa persona atacada de «ansiedad», el mal del siglo XXI, Pascal le habría advertido que toda la desgracia humana provenía de no saber permanecer tranquilo en una habitación. Cioran habría agregado que esa incapacidad surgió con el nacimiento de la conciencia y Sábato habría observado cómo la técnica la convierte en hábito social y, por su parte, Han hubiera referido que el teléfono inteligente perfeccionó ese mecanismo hasta volverlo casi invisible (y nos hemos pasado de largo por los pensamientos de Foucault y la biopolítica).

Quizá el concepto que mejor une a estos pensadores sea la contemplación. Recuperar una relación distinta con el tiempo más allá de que, si nos apoyamos en Cioran, ya hemos sido expulsados del Paraíso, y sobre la leche derramada no se puede llorar, pero también es cierto que recuperar la demora o el considerar que tenemos derecho a estar aburridos son las formas de resistencia que Han refiere. Lo difícil es decírselo a nuestros hijos.

Vivimos en una época que multiplica las posibilidades de comunicación y, sin embargo, empobrece sigilosamente el diálogo interior, pese a la avalancha de gurúes y nuevas religiones y filosofías de vida que nos bombardean desde las redes. Nunca habíamos tenido tantos medios para expresarnos y quizá nunca habíamos encontrado tan pocas ocasiones para escucharnos.

La productividad se ha convertido en una virtud moral. Estar ocupado equivale a ser importante. En ese contexto, la interioridad aparece casi como un lujo improductivo.

Y acaso la forma más silenciosa de resistencia consista en recuperar aquello que la civilización del rendimiento considera inútil: el tiempo para pensar, para leer sin apuro (leer y no publicar que se ha leído), para contemplar (y no para postear fotos de lo contemplado), para amar (y no para hacer saber al mundo cuánto amamos a tal o cual), para crear (y no para convertirnos en obra de arte en las redes) y, sobre todo, para permanecer a solas con uno mismo sin sentir la necesidad inmediata de escapar o de publicar lo pensado o la transición mental.

Porque es allí, en ese espacio cada vez más raro y más frágil, donde todavía puede comenzar el verdadero conocimiento del hombre, en ese café a solas y sin miedo al silencio.

Hologramas, fotografía y cine en la temprana ciencia ficción latinoamericana.

Mucho se ha dicho que la ciencia ficción latinoamericana es más literaria que científica, que no abunda en explicaciones técnicas, como sí l...