«Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo, solos, en una habitación».
Hace unos años tomé la decisión de desayunar sin ver tele ni escuchar
radio. Sin embargo, de un tiempo a la fecha esos momentos de la mañana me
enfrentan a una dura prueba: qué hacer mientras bebo un café. ¿Solo beber el
café? Es imposible. Durante esos minutos me enfrento a una carencia de
distracción que mi cuerpo pide constantemente. Mis dedos tamborilean sobre el
pocillo sin saber bien qué hacer.
Blaise Pascal, autor de la frase que encabeza este ensayo, fue uno
de los pensadores más influyentes del siglo XVII. Supo combinar la
investigación científica con una profunda reflexión acerca de la condición
humana. Eran épocas en las que, intuyo, la gente disponía de tiempo para
sentarse a solas a mirar el techo y meditar, posiblemente porque en ese tiempo las
obligaciones diarias de las redes sociales y el scroll infinito no los
perjudicaban.
En su obra Pensamientos,
a la que pertenece la frase, Pascal abordó, desde un punto de vista filosófico,
algunas cuestiones esenciales tales como la fragilidad del ser humano, el
sufrimiento o la búsqueda permanente y constante de distracción que lo aleje de
un pensamiento profundo.
Por cierto, pocas frases de
la historia de la filosofía han envejecido tan bien como esta observación.
Escrita hace cuatrocientos años, mucho antes de la electricidad, que Internet y
los smartphones, parece describir con
precisión una escena cotidiana de nuestro tiempo: alguien que espera unos
segundos en una fila, viaja en un ascensor o permanece sentado en un banco.
Antes de que el silencio alcance a desplegarse colosal y ominoso, la mano busca
automáticamente el teléfono. A menudo lo percibo, concedan diez segundos de
silencio a dos personas que conversan y vean qué sucede. Surge una especie de horror vacui, no a los espacios vacíos
sino al silencio o al reposo prolongado; un miedo atroz y la necesidad
de escapar de la urgencia por unos minutos y, en definitiva, a quedarse a solas
con uno mismo. Piénsese también en los
niños, que se declaran en perpetuo estado de aburrimiento al minuto exacto de
verse despojados de una pantalla.
Quizá el mayor acierto de
Pascal consista en haber comprendido que el problema era interior, que es el
ruido que nace de dentro del hombre el que nos da terror. Por eso buscamos
incesantemente distracciones, el ruido de afuera, supongo que para escapar de
nosotros mismos. Y es que hay una pregunta que atraviesa la historia del
pensamiento occidental y que, sin embargo, parece haber adquirido una urgencia
particular en nuestro tiempo: ¿qué sucede con el ser humano cuando pierde la
capacidad de habitar su propia interioridad, de encontrarse a solas consigo
mismo y sus pensamientos?
No
se trata de una cuestión psicológica de manual ni de una invitación mística a
la introspección. Se trata mejor de la sospecha de que la civilización moderna,
en su incesante impulso hacia la acción, la técnica y la productividad, ha ido
vaciando ese espacio interior desde el cual el hombre piensa, duda, contempla y
otorga sentido a su existencia.
A lo largo del siglo XX y
lo que llevamos del XXI tuvimos, y tenemos, pensadores que, separados en todo
caso por tradiciones filosóficas muy diferentes, convergen con sorpresa en este
diagnóstico.
Emil Cioran, Ernesto Sábato y Byung-Chul Han, solo por citar algunos que he leído, describen, cada uno desde su propio horizonte, el mismo proceso que podríamos resumir en «empobrecimiento espiritual». Sus respuestas difieren porque ubican sus causas en remotos páramos. Sin embargo, estos tres parecen advertir que el hombre contemporáneo vive cada vez más hacia afuera y menos hacia adentro. Quizá ese sea el verdadero drama de la modernidad.
Cioran sospecha que esa
actividad permanente expresa un puro miedo al silencio, pues de ese modo el
hombre moderno se enfrenta consigo mismo; de hecho, necesita hacer porque no
soporta ser. La acción constituye una forma de evasión y en última instancia, su
anestesia. El trabajo, la política, la historia e incluso el progreso son
estrategias para evitar el encuentro con una conciencia que descubre su propia
fragilidad.
Esta idea posee una
profundidad que excede cualquier crítica social. Para Cioran, el problema no
nace con la Revolución Industrial, ni con el capitalismo. Es mucho más antiguo.
Comienza con aquello que interpreta como la verdadera caída del hombre: el
surgimiento de la conciencia cuando fuimos expulsados del Paraíso.
Pero esta elección de la
conciencia Cioran la ubica en un plano metafísico, en un hipotético estado de
naturaleza, más precisamente al reinterpretar el relato bíblico del Génesis y
la expulsión del paraíso.
Mientras el animal vive
reconciliado con el instante, el hombre habita el tiempo dado que recordamos,
proyectamos y tememos. Desde ese momento quedamos condenados a buscar fuera de
nosotros lo que ya no encontramos dentro. La hiperactividad de nuestra era
acaba siendo el síntoma de esa herida antigua y metafísica.
Una década antes que Cioran
formulara esta idea, el argentino Ernesto Sábato, en Hombres y engranajes (1951),
advierte que la civilización técnica ha comenzado a transformar al hombre según
el modelo de la máquina dando lugar a que los criterios propios de la técnica
—eficiencia, velocidad, rendimiento, utilidad— terminan colonizando la
totalidad de la experiencia humana.
Sábato percibió que el
individuo comenzaba a definirse por su función antes que por su misterio. Poco
a poco desaparecían la contemplación, la lentitud, el ocio creador. Todo debía
justificarse por su utilidad y así el hombre dejó de ser un fin para
convertirse en un instrumento.
En este punto, Sábato
establece un puente extraordinario entre Cioran y Han. Comparte con el primero
la preocupación por la pérdida del mundo interior y anticipa en el segundo la
crítica a una civilización organizada alrededor del rendimiento y el
tecnologicismo. Sin embargo, introduce un elemento profundamente humanista. A
diferencia de Cioran, que contempla la tragedia con un pesimismo casi absoluto
y no en vano es el nihilista del siglo XX por excelencia, Sábato todavía cree
posible rescatar ciertos espacios de resistencia.
No debemos olvidar que su
última obra literaria, publicada a sus 89 años, es precisamente La resistencia (2000), un testamento
espiritual y una advertencia urgente sobre los peligros que acechan a la
condición humana en esta sociedad moderna, o mejor dicho, posmoderna o de la
modernidad tardía, según el sociólogo al que se adhiera. Para Sábato el arte, la literatura, el amor, la solidaridad y la
imaginación conservan la capacidad de recordar que el hombre nunca puede
reducirse a una función económica.
Incluso el descanso
adquiere una función económica. La consecuencia inmediata no es únicamente el
agotamiento físico, se refleja también en una forma inédita de vaciamiento
interior, pues, regresando a la breve anécdota del comienzo, el sujeto
contemporáneo rara vez permanece consigo mismo. Cada instante libre es
inmediatamente ocupado, y debe ser ocupado, por una notificación, una pantalla,
una tarea pendiente, un momento productivo, es decir, nuevas oportunidades de
optimización.
Resulta tentador pensar que
estos autores obedecen a una misma línea de pensamiento. Pueden tener
contactos, no hay nada de malo en ello; lo cierto es que los traje porque
abordan, desde distintos ángulos, el mismo problema o fenómeno: la pérdida de
la interioridad o el miedo al silencio.
Existe una escena cotidiana
que probablemente ninguno de los tres filósofos llegó a observar exactamente en
la forma actual, pero que todos habrían comprendido de inmediato. A saber: una
persona espera el ascensor durante veinte segundos y, en lugar de permanecer
simplemente allí, extrae el teléfono móvil y revisa compulsivamente cualquier
contenido disponible dentro de lo que es ese scroleo infinito. Lo importante
es evitar esos pocos segundos de vacío. Ese gesto resume buena parte de nuestra
época. El tiempo sin estímulos produce inquietud y la soledad se experimenta
como una carencia, una carencia de productividad.
A esa persona atacada de
«ansiedad», el mal del siglo XXI, Pascal le habría advertido que toda la
desgracia humana provenía de no saber permanecer tranquilo en una habitación.
Cioran habría agregado que esa incapacidad surgió con el nacimiento de la
conciencia y Sábato habría observado cómo la técnica la convierte en hábito
social y, por su parte, Han hubiera referido que el teléfono inteligente
perfeccionó ese mecanismo hasta volverlo casi invisible (y nos hemos pasado de
largo por los pensamientos de Foucault y la biopolítica).
Quizá el concepto que mejor
une a estos pensadores sea la contemplación. Recuperar una relación distinta
con el tiempo más allá de que, si nos apoyamos en Cioran, ya hemos sido
expulsados del Paraíso, y sobre la leche derramada no se puede llorar, pero
también es cierto que recuperar la demora o el considerar que tenemos derecho a
estar aburridos son las formas de resistencia que Han refiere. Lo difícil es
decírselo a nuestros hijos.
Vivimos en una época que
multiplica las posibilidades de comunicación y, sin embargo, empobrece
sigilosamente el diálogo interior, pese a la avalancha de gurúes y nuevas
religiones y filosofías de vida que nos bombardean desde las redes. Nunca
habíamos tenido tantos medios para expresarnos y quizá nunca habíamos
encontrado tan pocas ocasiones para escucharnos.
La productividad se ha
convertido en una virtud moral. Estar ocupado equivale a ser importante. En ese
contexto, la interioridad aparece casi como un lujo improductivo.
Y acaso la forma más
silenciosa de resistencia consista en recuperar aquello que la civilización del
rendimiento considera inútil: el tiempo para pensar, para leer sin apuro (leer
y no publicar que se ha leído), para contemplar (y no para postear fotos de lo
contemplado), para amar (y no para hacer saber al mundo cuánto amamos a tal o
cual), para crear (y no para convertirnos en obra de arte en las redes) y,
sobre todo, para permanecer a solas con uno mismo sin sentir la necesidad
inmediata de escapar o de publicar lo pensado o la transición mental.
Porque es allí, en ese
espacio cada vez más raro y más frágil, donde todavía puede comenzar el
verdadero conocimiento del hombre, en ese café a solas y sin miedo al silencio.







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