A esta altura
de la vida ya estamos todos de acuerdo, más o menos, acerca de que podemos
entender por distopía básicamente como a una sociedad ficticia
indeseable que ocasiona la alienación del ser humano. De inmediato nos vienen a
la mente obras fundantes del género como 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz o
Nosotros, entre muchas otras.
Estas obras,
clásicas hoy, no han hecho otra cosa que reflejar los miedos que las
sociedades, a partir del siglo XX, han sabido sufrir en nuestra cada vez más
compleja sociedad. En términos generales han reflejado el miedo a los
totalitarismos extremos, el dominio total del ser humano, el desarrollo de
tecnologías difíciles de controlar, las catástrofes nucleares, los colapsos
civilizatorios, sean biológicos o cibernéticos, o en definitiva, de la manera
que prefiramos matarnos.
Sin embargo, un
elemento rector de estas obras de la ciencia-ficción distópica es la reiterada
idea de que el totalitarismo de turno debe controlar a su grupo humano por los
medios que tenga a su alcance y uno de esos medios es la regulación de la
violencia humana ya sea a través del control de la mente, el direccionamiento
del pensamiento, los deportes o las falsas noticias.
La
ciencia-ficción puesta a opinar sobre el deporte ha tenido una visión más bien
negativa. Así podemos ver en 1984 cómo el personaje principal debe hacer
ejercicio obligadamente frente al televisor, que controla su vida privada, cada
vez que despierta o, en Rollerball, donde vemos cómo una sociedad híper
violenta canaliza ese estado a través de disputas a muerte televisadas para las
grandes masas reprimidas.
Es decir, la
violencia es reglada para canalizarla y, en ese sentido, es la deportivización
de la violencia que podemos ubicar casi como un subgénero literario. Ejemplos
abundan, algo similar vamos a encontrar en La carrera de la muerte del año
2000, o Los juegos del hambre, por solo mencionar algunas obras al azar.
En abril de
1953, en la revista Galaxy Science Fiction, se publica el cuento La
séptima víctima, de Robert
Sheckley (Estados Unidos. 1928-2005). Este escritor apareció en la
escena literaria norteamericana allá por el año 1952 en la revista Imagination
y desde sus comienzos se caracterizó por el tono inteligente e imaginativo de
sus relatos, a la par que cargados de un humor muy peculiar.
Esta obra se
ubica entre lo que los críticos consideran su mejor etapa, la que corre de 1952
a finales de la década. Por ello parece ser un experto en estas lides de correr
por tu vida, ya que por otro lado también ha participado en filmes de la talla
de Freejack, de 1992 o Dead Run, de 1967.
En este breve
relato nos encontramos con una sociedad capitalista que ha sobrevivido a la
cuarta o sexta guerra mundial, no lo saben bien, pero lo que sí saben es que el
control de la violencia de los hombres fue canalizada por la MCE, el Ministerio
de la Catarsis Emocional.
A través de
esta oficina han encontrado la manera de acabar con las guerras, dada la
imperiosa necesidad de una paz duradera, permanente, y a la par obedecía a una
razón puramente práctica, pues el mundo estaba al borde de la aniquilación. Una
de las sentencias más interesantes en el relato es el que hace referencia a
que:
La trama del
relato es sencilla, para canalizar la violencia se crea este Ministerio que
será el encargado de gestionar la violencia humana desde un punto de vista casi
deportivo, una cacería humana urbana que solo acaba con la muerte de los
participantes dejado a solo uno con vida.
Quien resulta
sorteado como asesino debe matar a quien ha sido asignado como su víctima, pero
esta víctima puede defenderse y asesinar a su perseguidor. Quien sobreviva debe
invertir su rol en la próxima contienda. Así quien se cargue a diez víctimas, y
por consiguiente a diez victimarios, podrá ingresar en el selecto grupo de El
club de los diez.
Este grupo está rodeado de lujos y privilegios que los coloca en la cima de la sociedad y por ende es esta cacería una forma de ascenso social para los menos beneficiados. Capitalismo puro y duro que considera que la competencia, el amor a la lucha, el valor frente al adversario, son valores positivos y una idea que deja pasmado:
“...el gusto
por la violencia estaba unido a la ingeniosidad, a la adaptabilidad, al
dinamismo humano...”
El relato fue
llevado al cine, aunque no de una forma tan cruda, en 1965 por Elio Petri y protagonizado por Marcello Mastroianni y Ursula Andress. Si bien el film tiene
algunas diferencias con el cuento, esta mantiene su espíritu.
El filme transcurre en un hoy no tan lejano año 2079
después de la Tercera Guerra Mundial. La trama se mantiene en líneas generales
con el relato de Robert
Sheckley, es decir, las personas deben luchar por su vida en una
cacería humana urbana.
The 10th Victim no deja de ser una obra distópica que critica abiertamente la política de los años 60 del siglo pasado.
Por otro lado, cabe acotar que el
relato tiene un giro inesperado pero previsible que lo cierra dignamente en lo
que podría ser una influencia en Sheckley del creciente rol de la mujer en la
sociedad de segunda mitad del siglo XX, aunque para el personaje principal el
hecho de que una mujer participe en estas competencias era algo ya de por sí muy
poco femenino.
Unas pequeñas
obras de la distopía sesentera que nos dice que la guerra había dejado de ser
un problema colectivo para serlo ahora individual y, si es televisado, como en
el caso del film, mucho mejor.
Artículo originalmente publicado en:
👉 https://www.ciencia-ficcion.com/varios/firmas/f20240114m.htm

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