15 julio 2026

Los backrooms que habitan en nuestras casas. Felipe Bochatay.

 Hace unos días mi hija me mostró unas fotografías que había realizado. Guardó un misterioso silencio mientras esperaba mi reacción. El tono sepia dominaba las imágenes y había en ellas algo sospechosamente conocido, pero que concedían a los espacios fotografiados un aspecto lúgubre, casi ominoso.

                                                      (Imagen: Victoria Bochatay)

Sin esperar mi respuesta, sonrió impaciente y dijo: ¡Vivimos en backrooms!

Tardé unos segundos en comprender a qué se refería. Entonces advertí que no había fotografiado edificios abandonados ni oficinas vacías. Había retratado nuestra propia casa. No pude evitar una mueca de sorpresa. Entonces advertí algo que hasta ese momento me había pasado inadvertido: hay habitaciones de la casa a las que entramos cada vez menos.

Los ejemplos se pueden hallar en cualquier domicilio, a saber: el cuarto donde terminan los objetos que algún día «van a servir», el pasillo que conduce al lavadero, un garaje iluminado por un viejo tubo fluorescente o ese depósito cuya puerta permanece cerrada durante semanas. Son lugares perfectamente normales y, sin embargo, cuando los encontramos vacíos, producen una sensación difícil de explicar, y no es miedo exactamente. Más bien es la impresión de encontrarse ante un espacio extrañamente familiar y, al mismo tiempo, ajeno.

Quizá por eso el fenómeno de los backrooms encontró un terreno tan fértil en Internet. El término apareció en 2019, cuando un usuario de 4chan publicó la fotografía de una anodina oficina vacía y sugirió que, por un error de la realidad —el noclip[1] de los videojuegos—, era posible caer en un laberinto infinito compuesto por habitaciones idénticas. Bastó esa imagen para que miles de personas comenzaran a construir una de las mitologías digitales más interesantes de los últimos años.

Pero sería un error pensar que los backrooms nacieron ese día. Lo que nació fue el nombre. La sensación ya existía. La crítica italiana Valentina Tanni en Estéticas liminales, de Editorial Caja Negra, sostiene que Internet no inventa nuevos imaginarios, sino que reorganiza los que ya habitaban nuestra memoria. En Memestetica[2] explica que la cultura digital funciona como un inmenso archivo donde imágenes olvidadas reaparecen cargadas de significados diferentes. Los backrooms son exactamente eso. No nos inquietan porque sean extraordinarios, sino porque reconocemos esos espacios. Ya estuvimos allí alguna vez.

«… es razonable imaginar que la caída a los Backrooms se produce cuando nuestro vínculo con la realidad se afloja; cuando estamos disociados, fuera de eje, desconectado…»[3]

  (Imagen: Victoria Bochatay)

Todos conservamos el recuerdo de un edificio público casi vacío, como un centro comercial cerrado, de un hotel fuera de temporada, de una escuela durante las vacaciones o de un pasillo de oficinas donde solo se escuchaba el zumbido de los tubos fluorescentes. Son escenarios demasiado comunes para llamar la atención, pero justamente esa normalidad termina volviéndose perturbadora. Como si la arquitectura hubiera sobrevivido a quienes la habitaban.

Marc Augé llamó «no lugares»[4] a esos espacios de tránsito donde la identidad parece diluirse: aeropuertos, estaciones, centros comerciales. Los backrooms podrían entenderse como una versión extrema de esa intuición. Son lugares que perdieron incluso su función de tránsito. Permanecen allí, suspendidos, esperando a nadie.

Quizá la verdadera potencia de este fenómeno consista en habernos obligado a mirar de otra manera los espacios más anodinos de nuestra vida cotidiana. Durante siglos, el terror necesitó castillos, cementerios o casas embrujadas. Hoy alcanza con una habitación demasiado iluminada, un techo de placas acústicas, paredes amarillentas y el zumbido constante de un fluorescente.

Tal vez por eso una fotografía cualquiera termina convirtiéndose en un objeto cultural. No por la imagen en sí misma, sino porque miles de personas comienzan a reconocer en ella una experiencia que creían exclusivamente propia. La comunidad digital hace el resto: la comparte, la transforma y termina por resignificarla.

                                                            (Imagen: Victoria Bochatay)

Pero hay algo más inquietante. El horror contemporáneo ya no nace de lo desconocido, sino cuando descubrimos que lo inquietante siempre estuvo en casa, escondido en esos ambientes donde nunca ocurre nada. Lugares que atravesamos durante años sin prestarles atención hasta que, una tarde cualquiera, gracias a las fotografías de una niña curiosa, comprendemos que también ellos nos estaban observando.



[1] Noclip”: atravesar paredes sólidas por error, un fallo común en los videojuegos.

[2] Memestetica. Il settembre eterno dell'arte es un ensayo de la crítica de arte italiana Valentina Tanni publicado en 2020. El libro propone una idea muy sugerente: que Internet no es simplemente un nuevo medio de difusión de imágenes, sino un espacio donde las imágenes viven, mutan, se reproducen y adquieren nuevos significados mediante la participación colectiva.

[3] Valentina Tanni. Estéticas liminales. Editorial Caja Negra. Pág. 99. Buenos Aires. Argentina. 2026.

[4] Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad.
(Título original: Non-Lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité, 1992).

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