08 julio 2026

Reseña: Naturaleza muerta, de Emilio Bueso.



No siempre irse a vivir al campo escapando de la locura de la ciudad es una buena idea...

             Emilio Bueso (Castellón, España, 1974) es un escritor contemporáneo que sabe sortear con soltura géneros como el terror, las distopías o la ciencia ficción. Es ampliamente conocido en el medio español por narrar historias que sumergen al lector en ambientes de pesadilla, crear personajes creíbles o historias atrapantes. Cuenta con obras como Extraños eones, de 2014; Ahora intenta dormir, de 2015; o su trilogía de Los Ojos Bizcos del Sol, compuesta por Transcrepuscular (2017), Antisolar (2018) y Subsolar (2020). Reconociendo su filiación lovecraftiana, si así se puede adjetivar, en este caso nos presenta una novela escrita en primera persona de una mujer que ha tocado fondo en su vida y un poco de horrores tentaculares.

            A partir de ahora voy a hacer unos destripes por lo que si es tu intención leer la novela es necesario decir que llegues hasta acá. Hecho el correspondiente disclaimer continúo.

Claudia, una mujer fuerte, pero con serias debilidades y recién divorciada, enfrenta sus cuarenta años con serios problemas debido a la fibromialgia, consumos problemáticos, y algunos desarreglos en su vida. Harta de la vida urbana y todos sus pesares, liquida los ahorros en la compra de una finca en lo que entiendo son las marismas de Valencia, España. Cabe aclarar que no tiene un plan B. De inmediato surge la pregunta: ¿Qué puede salir mal?

            Con una psiquis débil producto del consumo excesivo de psicofármacos y un incipiente proceso de abstinencia, Claudia recurre a la finca, lo que el autor denomina una alquería, razón por la cual, de este lado del océano, tuve que recurrir al diccionario para saber de qué se trata (“Casa de labor, con finca agrícola, típica del Levante peninsular”), para hallar paz y salud, vamos, una cura para todas sus neuras por vía de la vida al aire libre y de forma natural. Sin embargo, a lo largo de la obra vamos a acompañar a esta “Clau”, una ingeniera bastante práctica, pero poco dada a las relaciones públicas, introducirse en un submundo que, al principio, parece idílico, pero que de a poco comienza a conocer a sus vecinos para descubrir que no son tan santos como parecen.

            Para colmo de males el gato que habita en la finca, Mao, el macho alfa de una colonia de gatos casi salvajes, o asilvestrados, destinados a controlar los ratones de campo, comienza a hablarle y a introducirla en las grandes verdades que rodean el lugar. Por otro lado, Alexa, la IA de su teléfono móvil, que a veces se le empaca, y un hermano a la distancia, son sus únicas anclas a la racionalidad.

            Así con su carácter complejo, propio de un sapo de otro pozo y una delibera abstinencia de psicofármacos, comienza a chocar con las reglas preestablecidas de la comunidad. Pese a ello logra hacer una amiga un tanto bizarra, pero eso no va a durar mucho. Lo que sí ganará serán enemigos, en particular un ruso todo tatuado que parece ser el líder de una pandilla de freaks rurales.

           Hablando de freaks, el desfile de raras avis creada por Bueso es más que interesante: por un lado, tenemos a Fermín, que es el típico vecino metido, el chusma. También está el musculoso que produce miel pero que no tiene nada en la cabeza. Mara, una mujer que se mofa de su obesidad mórbida y que sobrevive cuidando de un padre que parece estar senil, atentos a esto, y de la traducción de lenguas eslavas, pero también de la producción de licores y fumando marihuana. Por otro lado, está el conspiracionista, que juega a comparar las marismas y sus fuegos fatuos de las marismas con la explosión de Tunguska, a principios del siglo XX.

            Y por supuesto el antagonista de Clau, el ruso Serguéi, que parece ser un mafioso ruso de poca monta y tatuajes delictivos pero que, entre otras cosas, también se presenta ante la comunidad con aires de místico religioso.

            Este último ha llenado su casa de tecnología para controlar el vecindario, planta extraños espantapájaros en las fincas vecinas y arrea, como ya comenté, a un grupo de freaks de la pequeña comunidad.

            Pronto Claudia va a chocar con este hombre y su troupe, a la vez que comenzará a develar el misterio de la muerte del anterior propietario de la finca. Es en este momento donde el horror lovecraftiano hace su aparición con la presencia de sueños húmedos con un pez barroso, un siluro, que a la postre será el ser todopoderoso que guía a Serguéi en un extraño culto dedicado a un gusano que abre las profundidades de la tierra.

            Con una rapidez trepidante, pasando largamente la mitad de la novela, todo se precipita conjugándose el horror lovecraftiano, fenómenos meteorológicos, eventos físicos, un libro misterioso (que el ruso declama a Claudia) y varios giros impresionantes en los personajes.

            El clímax se alcanza con una gran tormenta, que parece estar escrita en un libro sagrado que Serguéi quiere recuperar de las manos de Clau y que amenaza con hacer estallar la zona merced a la presencia del metano reservado en las marismas.

 

“… hay muchos lugares como este en el mundo, desde siempre; agujeros a los que nos marchamos los juguetes rotos del sistema para vivir una vida de mierda en vez de matarnos compitiendo con los demás”.

 

            Eso no es todo, el ruso ha emplazado a Claudia (“Clau” en valenciano, y catalán, significa llave o clave) para que viva o muerta sea ella quien cierre el gran cambio que se avecina.

            Si bien los capítulos son breves, lo que le da velocidad a la trama relatando un día o noche en particular, a mí me costó, en algunos momentos, llevar adelante la lectura en primera persona de una mujer con bastante léxico local, sin embargo, luego de la presentación de los personajes y el planteamiento del conflicto la novela, como dije, gana velocidad a medida que avanza la obra.

Finalmente Claudia, con la ayuda de una musculosa vigiladora privada, se despacha a buena parte de los acólitos del ruso, y al ruso mismo en un dos por tres y a posteriori, en lo que parece un sueño, algo recurrente en la novela, que se me da bastante anticlimático, se produce un viaje físico a otra región del mundo y un nuevo comenzar, un poco como Serguéi, a conseguir seguidores de la secta del gran pez pese a la renuencia en un primer momento de Clau.

            El epílogo, debo reconocer, me descoloca un poco, pero no por ello debo negar que no pude dejar de leerla de un tirón. Podrá no gustar a algunos, pero si hay algo que conceder a Emilio Bueso es que no te dejará indiferente con esta obra. Muy recomendable.

Reseña originalmente publicada en Revista Tántalo Nro, 1 (https://revistatantalo.com/)




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