A partir de ahora voy a hacer unos
destripes por lo que si es tu intención leer la novela es necesario decir que
llegues hasta acá. Hecho el correspondiente disclaimer continúo.
Claudia,
una mujer fuerte, pero con serias debilidades y recién divorciada, enfrenta sus
cuarenta años con serios problemas debido a la fibromialgia, consumos
problemáticos, y algunos desarreglos en su vida. Harta de la vida urbana y todos
sus pesares, liquida los ahorros en la compra de una finca en lo que entiendo
son las marismas de Valencia, España. Cabe aclarar que no tiene un plan B. De
inmediato surge la pregunta: ¿Qué puede salir mal?
Con una psiquis débil producto del
consumo excesivo de psicofármacos y un incipiente proceso de abstinencia, Claudia
recurre a la finca, lo que el autor denomina una alquería, razón por la cual,
de este lado del océano, tuve que recurrir al diccionario para saber de qué se
trata (“Casa de labor, con finca agrícola, típica del Levante peninsular”), para
hallar paz y salud, vamos, una cura para todas sus neuras por vía de la vida al
aire libre y de forma natural. Sin embargo, a lo largo de la obra vamos a
acompañar a esta “Clau”, una ingeniera bastante práctica, pero poco dada a las
relaciones públicas, introducirse en un submundo que, al principio, parece
idílico, pero que de a poco comienza a conocer a sus vecinos para descubrir que
no son tan santos como parecen.
Para colmo de males el gato que
habita en la finca, Mao, el macho alfa de una colonia de gatos casi salvajes, o
asilvestrados, destinados a controlar los ratones de campo, comienza a hablarle
y a introducirla en las grandes verdades que rodean el lugar. Por otro lado,
Alexa, la IA de su teléfono móvil, que a veces se le empaca, y un hermano a la
distancia, son sus únicas anclas a la racionalidad.
Así con su carácter complejo, propio
de un sapo de otro pozo y una delibera abstinencia de psicofármacos, comienza a
chocar con las reglas preestablecidas de la comunidad. Pese a ello logra hacer
una amiga un tanto bizarra, pero eso no va a durar mucho. Lo que sí ganará
serán enemigos, en particular un ruso todo tatuado que parece ser el líder de
una pandilla de freaks rurales.
Hablando de freaks, el desfile de raras
avis creada por Bueso es más que interesante: por un lado, tenemos a Fermín,
que es el típico vecino metido, el chusma. También está el musculoso que
produce miel pero que no tiene nada en la cabeza. Mara, una mujer que se mofa
de su obesidad mórbida y que sobrevive cuidando de un padre que parece estar
senil, atentos a esto, y de la traducción de lenguas eslavas, pero también de
la producción de licores y fumando marihuana. Por otro lado, está el
conspiracionista, que juega a comparar las marismas y sus fuegos fatuos de las
marismas con la explosión de Tunguska, a principios del siglo XX.
Y por supuesto el antagonista de
Clau, el ruso Serguéi, que parece ser un mafioso ruso de poca monta y tatuajes
delictivos pero que, entre otras cosas, también se presenta ante la comunidad
con aires de místico religioso.
Este último ha llenado su casa de
tecnología para controlar el vecindario, planta extraños espantapájaros en las
fincas vecinas y arrea, como ya comenté, a un grupo de freaks de la pequeña comunidad.
Pronto Claudia va a chocar con este
hombre y su troupe, a la vez que comenzará a develar el misterio de la muerte
del anterior propietario de la finca. Es en este momento donde el horror
lovecraftiano hace su aparición con la presencia de sueños húmedos con un pez
barroso, un siluro, que a la postre será el ser todopoderoso que guía a Serguéi
en un extraño culto dedicado a un gusano que abre las profundidades de la
tierra.
Con una rapidez trepidante, pasando
largamente la mitad de la novela, todo se precipita conjugándose el horror
lovecraftiano, fenómenos meteorológicos, eventos físicos, un libro misterioso (que
el ruso declama a Claudia) y varios giros impresionantes en los personajes.
El clímax se alcanza con una gran
tormenta, que parece estar escrita en un libro sagrado que Serguéi quiere
recuperar de las manos de Clau y que amenaza con hacer estallar la zona merced
a la presencia del metano reservado en las marismas.
“… hay muchos lugares como
este en el mundo, desde siempre; agujeros a los que nos marchamos los juguetes
rotos del sistema para vivir una vida de mierda en vez de matarnos compitiendo
con los demás”.
Eso no es todo, el ruso ha emplazado
a Claudia (“Clau” en valenciano, y catalán, significa llave o clave) para que
viva o muerta sea ella quien cierre el gran cambio que se avecina.
Si bien los capítulos son breves, lo
que le da velocidad a la trama relatando un día o noche en particular, a mí me
costó, en algunos momentos, llevar adelante la lectura en primera persona de
una mujer con bastante léxico local, sin embargo, luego de la presentación de
los personajes y el planteamiento del conflicto la novela, como dije, gana
velocidad a medida que avanza la obra.
Finalmente
Claudia, con la ayuda de una musculosa vigiladora privada, se despacha a buena
parte de los acólitos del ruso, y al ruso mismo en un dos por tres y a
posteriori, en lo que parece un sueño, algo recurrente en la novela, que se me
da bastante anticlimático, se produce un viaje físico a otra región del mundo y
un nuevo comenzar, un poco como Serguéi, a conseguir seguidores de la secta del
gran pez pese a la renuencia en un primer momento de Clau.
El epílogo, debo reconocer, me
descoloca un poco, pero no por ello debo negar que no pude dejar de leerla de
un tirón. Podrá no gustar a algunos, pero si hay algo que conceder a Emilio
Bueso es que no te dejará indiferente con esta obra. Muy recomendable.
Reseña originalmente publicada en Revista Tántalo Nro, 1 (https://revistatantalo.com/)




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