Géneros: Ciencia
Ficción. Novela Psicológica.
Editorial:
Penguin Random House.
Idioma: Español.
Año de
publicación: 2018.
Páginas: 221.
En tiempos de therians
(por lo efímero de las modas tal vez sea más preciso decir «momentos») y otras
modernidades desbocadas, Kentukis, que ya tiene unos años, parece tan cercana
como antigua a la vez.
Publicada
en 2018, se me antoja ubicada en un mundo casi pre IA, pre pandemia COVID, y quizás
apenas gobernada por los smartphones
y toda esa parafernalia de aplicaciones que hoy manejan a su antojo al ser
humano.
Lo que en un principio se pensaba
como una herramienta para acercar a las personas, hoy los smartphones y las redes sociales son vistas como un factor ambiguo,
en el mejor de los casos, que alejan a la vez que acercan de una manera mucho
más líquida y liviana a las personas. Es que las consecuencias no deseadas de
la modernidad, denominadas por sociólogos como Giddens, Bauman, Beck o Luhmann,
como «efectos colaterales perversos», incluyen la producción de riesgos
incalculables, la destrucción ecológica, la fragmentación social y la
incertidumbre existencial. Esta «modernidad desbocada» sustituye la tradición
por una vigilancia constante, un desanclaje de las relaciones sociales y la «colonización
del futuro».
Al decir de Giddens, la globalización trajo aparejada procesos de desanclajes y reanclajes en espacios y tiempos concretos que modificaron, y homogeneizaron, las prácticas y relaciones locales con las globales en lo que él denomina la «transformación de la intimidad». Así las relaciones sociales se van a ver reestruturadas en contextos en que los individuos se nutren de mecanismos donde este tipo de relaciones se extienden más allá de los vínculos locales para llevarlas hacia nuevos contextos de presencialidad mediados por el tiempo y en particular por el espacio.
Precisamente
de eso trata la novela de Samantha Schweblin (Buenos Aires, 1978). La
escritora argentina, radicada en Berlín, nos trae una obra que considero a la
vez luminosa y triste, de una realidad anticipativa en todo caso, de un
presente tan desanclado del viejo y sólido mundo pre internet en el que el tándem voyerismo-exhibicionismo quedaba
reducido a cuatro sórdidas paredes.
En Kentukis la autora nos habla de
una sociedad quebrada por la soledad y atravesada por los nuevos dispositivos
electrónicos, chupetes que calman la ansiedad de este mundo que no se
comprende. Con un poco de esfuerzo podemos decir que es una novela de ciencia
ficción, si queremos encajarla en los arbitrarios corsés, los dichosos catálogos
de los géneros literarios. Más allá de eso, la novela está ambientada en un
presente no tan lejano al nuestro, tal vez un poquito alterno, pero no lo
suficiente para pensarla como una ucronía y menos una distopía.
La estructura de la novela es
bastante simple, tan simple como los muñecos Kentukis, en un abanico de
historias, que al final de la novela se cierran en forma independiente, pero
siempre con un sabor amargo, nos habla de esa fragmentación social que se va a
ver reflejada a lo largo de las historias. Vamos, que en definitiva no son otra
cosa que la incertidumbre existencial que provoca esta modernidad de riesgos
incalculables.
Por
este camino escogido por la autora Kentukis es una novela coral. Los personajes
no se tocan, cada uno tiene su propia historia que, si bien se entrelazan con
personas de otras latitudes, cada una es tan solitaria como su reverso, o como
las otras historias paralelas. Hasta en esto se nota la soledad que nos quiere
transmitir Schweblin.
Así podremos seguir distintas líneas
argumentales en todo caso, tan tristes como patéticas algunas. A saber: el caso
de Alina, una chica argentina que vive en un pueblo de México con su novio
Sven, un artista conceptual que la engaña y descuida mientras el Kentuki es
disputado por ambos en forma velada; o Emilia, una señora mayor que padece la
ausencia de su hijo, pero que le regala un código para que sea un Kentuki
conejo derivando a un casa en Alemania con una pareja extraña que llega a
acosarla por su negligencia tecnológica bañada de buenas intenciones.
También
tenemos las historia de Enzo, un ausente padre italiano que por complacer a su
ex mujer, con la que enfrenta una disputa judicial por la tenencia de su hijo,
compra un Kentuki topo del cual se obsesiona; o Marvin, un niño que quema los
ahorros de la madre y que solo quiere ser libre para así conocer lo que es la
nieve; o Grigor, que aprovechándose de un vericueto legal planea ganar dinero
lucrando con los códigos de Kentukis al mejor postor, pero que descubre lo más
macabro del ser humano a través de uno de esos peluches.
Entonces,
bajo qué premisa se sostiene la novela. Las redes sociales gobiernan nuestras
vidas y la salida al mercado de un juguete, que más que eso es un dispositivo
electrónico, denominado Kentuki, que permite el acceso a la vida de otras
personas por dos vías. Se puede ser «amo» o «mascota». De esta forma, al
comprar uno de estos muñecos con ruedas y cámaras de video (hay opciones: oso
panda, dragón, conejo, topo y cuervo), uno puede ser amo de un Kentuki y por lo
tanto tener a ese aparato circulando por la casa, lo que permite que un extraño
acceda a la exposición de la vida del «amo» o se puede «vivir», en el sentido
de ser mascota de un «amo» y experimentar el sumun del voyerismo, dado que el
controlador del peluche es una persona elegida al azar en cualquier parte del
mundo.
Con
ello se expresa el paroxismo de los extremos de la tecnología: el anonimato, y
todos sus peligros relatados con contundencia por Schweblin, de las redes como
una consecuencia no deseada de esta modernidad producto de este híper
industrialismo de tercera generación que ha creado un entorno artificial
generalizado e ha instalado la idea de vivir en «un solo mundo» y cada vez más
chico.
Por
ello digo que es tan actual la temática, porque tal vez no tomemos dimensión de
todo lo que hacemos en las redes sociales y con nuestros teléfonos todos los
días de nuestra vida, asesinando nuestra vida privada.
Finalmente
veremos un triste final en casi todas las historias pues, como sucede ahora, un
Kentuki es un dispositivo electrónico como cualquier otro que termina
provocando agobio, desilusión y malestar, porque las relaciones que ayuda a
establecer suelen ser tóxicas, mediadas por veladas intenciones gracias al
anonimato o a la falta de sensibilidad que nos han provocado la sobreexposición
en las redes sociales.
Para
colmo de males, y con buenas intenciones, a veces acabamos en la misma
retórica: los dispositivos electrónicos son neutros, como siempre nos han hecho
creer desde Silicon Valley, y toda la monstruosidad no está dada más que por
los seres humanos que actúan como agentes y vehículos de esos peligros. No es
otra cosa que nuestra «inseguridad ontológica de usuario»
al depositar nuestra confianza en sistemas socio-técnicos de los cuales
tenemos, vale decirlo, un conocimiento vago.
En resumen, la
novela plantea un «existir para otros», sin que ese otro importe quien es, lo importante es
que «sea alguien». Quizás por eso la autora, con una
escritura llana y un tanto plana, nos traslada el juicio moral de sus actores
hacia el lector, pues ella se encarga de describir los hechos que no son más
que la exposición del alma humana, su desesperación por la soledad, la falta de
esperanzas o la imposibilidad de mantener relaciones humanas sanas y duraderas;
es en definitiva la búsqueda incesante de ese pulgar para arriba que tanto bien
nos hace, esa búsqueda permanente de aprobación y de reconocimiento.
Finalmente,
a modo de conclusión, podemos decir que Schweblin utiliza los Kentukis, la
tecnología en definitiva como sistema experto, como excusa para narrar y
explorar temas filosóficos en los que la experiencia humana es mediada por la soledad.
Y eso es lo que tiene de inquietante la novela. Más allá de las inseguridades
físicas, una anciana que se siente amenazada desde otro continente, un
personaje anónimo que llama por teléfono, etc., la autora nos habla de los
miedos humanos, los vínculos precarios mediados por las tecnologías, la
desesperación o la tristeza de este mundo que se entiende cada vez menos como
consecuencia de estas relaciones sociales restructuradas.
Premiada
y elogiada por la crítica, Premio Mandarache 2020 (El premio Mandarache de Jóvenes Lectores fue elegido por
votación de 6 mil jóvenes de entre 12 y 30 años), la revista The New York Times, en su edición en
español, incluyó a Kentukis como una
de las 10 mejores novelas del 2018; además fue finalista del Man Booker International Prize,
finalista también de los premios Kelvin
505 del año 2019, es una novela
de lectura ágil por lo fragmentada, pese a la profundidad de los temas que
aborda más allá de los simpáticos e inocentes peluches
con ruedas.



No hay comentarios:
Publicar un comentario