07 marzo 2026

Kentukis, o la transformación de la intimidad. Felipe Bochatay.

 


 

                          (Imagen: https://www.penguinlibros.com/ar/ciencia-ficcion/165345-libro-kentukis-9789877690248)


Géneros: Ciencia Ficción. Novela Psicológica.

Editorial: Penguin Random House.

Idioma: Español.

Año de publicación: 2018.

Páginas: 221.

 

En tiempos de therians (por lo efímero de las modas tal vez sea más preciso decir «momentos») y otras modernidades desbocadas, Kentukis, que ya tiene unos años, parece tan cercana como antigua a la vez.

Publicada en 2018, se me antoja ubicada en un mundo casi pre IA, pre pandemia COVID, y quizás apenas gobernada por los smartphones y toda esa parafernalia de aplicaciones que hoy manejan a su antojo al ser humano.

           Lo que en un principio se pensaba como una herramienta para acercar a las personas, hoy los smartphones y las redes sociales son vistas como un factor ambiguo, en el mejor de los casos, que alejan a la vez que acercan de una manera mucho más líquida y liviana a las personas. Es que las consecuencias no deseadas de la modernidad, denominadas por sociólogos como Giddens, Bauman, Beck o Luhmann, como «efectos colaterales perversos», incluyen la producción de riesgos incalculables, la destrucción ecológica, la fragmentación social y la incertidumbre existencial. Esta «modernidad desbocada» sustituye la tradición por una vigilancia constante, un desanclaje de las relaciones sociales y la «colonización del futuro».

          Al decir de Giddens, la globalización trajo aparejada procesos de desanclajes y reanclajes en espacios y tiempos concretos que modificaron, y homogeneizaron, las prácticas y relaciones locales con las globales en lo que él denomina la «transformación de la intimidad». Así las relaciones sociales se van a ver reestruturadas en contextos en que los individuos se nutren de mecanismos donde este tipo de relaciones se extienden más allá de los vínculos locales para llevarlas hacia nuevos contextos de presencialidad mediados por el tiempo y en particular por el espacio.

          Precisamente de eso trata la novela de Samantha Schweblin (Buenos Aires, 1978). La escritora argentina, radicada en Berlín, nos trae una obra que considero a la vez luminosa y triste, de una realidad anticipativa en todo caso, de un presente tan desanclado del viejo y sólido mundo pre internet en el que el  tándem voyerismo-exhibicionismo quedaba reducido a cuatro sórdidas paredes.

           En Kentukis la autora nos habla de una sociedad quebrada por la soledad y atravesada por los nuevos dispositivos electrónicos, chupetes que calman la ansiedad de este mundo que no se comprende. Con un poco de esfuerzo podemos decir que es una novela de ciencia ficción, si queremos encajarla en los arbitrarios corsés, los dichosos catálogos de los géneros literarios. Más allá de eso, la novela está ambientada en un presente no tan lejano al nuestro, tal vez un poquito alterno, pero no lo suficiente para pensarla como una ucronía y menos una distopía.

            La estructura de la novela es bastante simple, tan simple como los muñecos Kentukis, en un abanico de historias, que al final de la novela se cierran en forma independiente, pero siempre con un sabor amargo, nos habla de esa fragmentación social que se va a ver reflejada a lo largo de las historias. Vamos, que en definitiva no son otra cosa que la incertidumbre existencial que provoca esta modernidad de riesgos incalculables.


      (Imagen: https://eternacadencia.com.ar/blog/samanta-schweblin-ldquo-siempre-estoy-con-la-cabeza-puesta-en-el-cuento-  rdquo-?srsltid=AfmBOoqXDWvlOTEhe4L8cgfr2bN66siO0cuJ5-dNpqoITx7GjLBQgnB8)


Por este camino escogido por la autora Kentukis es una novela coral. Los personajes no se tocan, cada uno tiene su propia historia que, si bien se entrelazan con personas de otras latitudes, cada una es tan solitaria como su reverso, o como las otras historias paralelas. Hasta en esto se nota la soledad que nos quiere transmitir Schweblin.

           Así podremos seguir distintas líneas argumentales en todo caso, tan tristes como patéticas algunas. A saber: el caso de Alina, una chica argentina que vive en un pueblo de México con su novio Sven, un artista conceptual que la engaña y descuida mientras el Kentuki es disputado por ambos en forma velada; o Emilia, una señora mayor que padece la ausencia de su hijo, pero que le regala un código para que sea un Kentuki conejo derivando a un casa en Alemania con una pareja extraña que llega a acosarla por su negligencia tecnológica bañada de buenas intenciones.

También tenemos las historia de Enzo, un ausente padre italiano que por complacer a su ex mujer, con la que enfrenta una disputa judicial por la tenencia de su hijo, compra un Kentuki topo del cual se obsesiona; o Marvin, un niño que quema los ahorros de la madre y que solo quiere ser libre para así conocer lo que es la nieve; o Grigor, que aprovechándose de un vericueto legal planea ganar dinero lucrando con los códigos de Kentukis al mejor postor, pero que descubre lo más macabro del ser humano a través de uno de esos peluches.

Entonces, bajo qué premisa se sostiene la novela. Las redes sociales gobiernan nuestras vidas y la salida al mercado de un juguete, que más que eso es un dispositivo electrónico, denominado Kentuki, que permite el acceso a la vida de otras personas por dos vías. Se puede ser «amo» o «mascota». De esta forma, al comprar uno de estos muñecos con ruedas y cámaras de video (hay opciones: oso panda, dragón, conejo, topo y cuervo), uno puede ser amo de un Kentuki y por lo tanto tener a ese aparato circulando por la casa, lo que permite que un extraño acceda a la exposición de la vida del «amo» o se puede «vivir», en el sentido de ser mascota de un «amo» y experimentar el sumun del voyerismo, dado que el controlador del peluche es una persona elegida al azar en cualquier parte del mundo.


Con ello se expresa el paroxismo de los extremos de la tecnología: el anonimato, y todos sus peligros relatados con contundencia por Schweblin, de las redes como una consecuencia no deseada de esta modernidad producto de este híper industrialismo de tercera generación que ha creado un entorno artificial generalizado e ha instalado la idea de vivir en «un solo mundo» y cada vez más chico.

Por ello digo que es tan actual la temática, porque tal vez no tomemos dimensión de todo lo que hacemos en las redes sociales y con nuestros teléfonos todos los días de nuestra vida, asesinando nuestra vida privada.

Finalmente veremos un triste final en casi todas las historias pues, como sucede ahora, un Kentuki es un dispositivo electrónico como cualquier otro que termina provocando agobio, desilusión y malestar, porque las relaciones que ayuda a establecer suelen ser tóxicas, mediadas por veladas intenciones gracias al anonimato o a la falta de sensibilidad que nos han provocado la sobreexposición en las redes sociales.

Para colmo de males, y con buenas intenciones, a veces acabamos en la misma retórica: los dispositivos electrónicos son neutros, como siempre nos han hecho creer desde Silicon Valley, y toda la monstruosidad no está dada más que por los seres humanos que actúan como agentes y vehículos de esos peligros. No es otra cosa que nuestra «inseguridad ontológica de usuario» al depositar nuestra confianza en sistemas socio-técnicos de los cuales tenemos, vale decirlo, un conocimiento vago.

En resumen, la novela plantea un «existir para otros», sin que ese otro importe quien es, lo importante es que «sea alguien». Quizás por eso la autora, con una escritura llana y un tanto plana, nos traslada el juicio moral de sus actores hacia el lector, pues ella se encarga de describir los hechos que no son más que la exposición del alma humana, su desesperación por la soledad, la falta de esperanzas o la imposibilidad de mantener relaciones humanas sanas y duraderas; es en definitiva la búsqueda incesante de ese pulgar para arriba que tanto bien nos hace, esa búsqueda permanente de aprobación y de reconocimiento.

Finalmente, a modo de conclusión, podemos decir que Schweblin utiliza los Kentukis, la tecnología en definitiva como sistema experto, como excusa para narrar y explorar temas filosóficos en los que la experiencia humana es mediada por la soledad. Y eso es lo que tiene de inquietante la novela. Más allá de las inseguridades físicas, una anciana que se siente amenazada desde otro continente, un personaje anónimo que llama por teléfono, etc., la autora nos habla de los miedos humanos, los vínculos precarios mediados por las tecnologías, la desesperación o la tristeza de este mundo que se entiende cada vez menos como consecuencia de estas relaciones sociales restructuradas.

Premiada y elogiada por la crítica, Premio Mandarache 2020 (El premio Mandarache de Jóvenes Lectores fue elegido por votación de 6 mil jóvenes de entre 12 y 30 años), la revista The New York Times, en su edición en español, incluyó a Kentukis como una de las 10 mejores novelas del 2018; además fue finalista del Man Booker International Prize, finalista también de los premios Kelvin 505 del año 2019, es una novela de lectura ágil por lo fragmentada, pese a la profundidad de los temas que aborda más allá de los simpáticos e inocentes peluches con ruedas.

Kentukis, o la transformación de la intimidad. Felipe Bochatay.

                              (Imagen: https://www.penguinlibros.com/ar/ciencia-ficcion/165345-libro-kentukis-9789877690248) Géneros: Ci...